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3 DICIEMBRE 2016
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Israel y Palestina, la paz posible

Robi Ronza

Para romper la tregua, Benjamin Netanyahu no ha dudado en apuntar alto, al ordenar el asesinato del comandante militar de Hamás, Ahmed Said Khalil al-Jabari, en Gaza. Una orden que se ha obedecido eficazmente. Es fácil imaginar que antes de tomar una decisión así, Netanyahu habrá valorado todos los pros y contras, y entre estos últimos las posibles reacciones del mundo árabe. Y si ha tomado la decisión que ha tomado, significa que considera que tales posibles reacciones serían soportables. Lo cual es probablemente cierto a corto plazo, pero habrá que ver si sigue siendo cierto más adelante. Hamás ya no es la realidad sustancialmente asilada que era en tiempos del Egipto de Mubarak.

Hoy en El Cairo gobierna Mursi, que representa la historia y la cultura de los Hermanos Musulmanes, una historia y una cultura en la que Hamás también hunde sus raíces. No es casual que Mursi hay tomado de manera inmediata dos decisiones impensables en la época de Mubarak: por un lado, ha llamado a su embajador en Israel y ha convocado al embajador israelí en El Cairo; y por otro ha enviado de visita a Gaza a su primer ministro Hisham Qandil, haciendo entre otras cosas imposible, o al menos muy difícil (aunque sea durante el tiempo de la visita), posteriores ataques aéreos israelíes sobre el territorio.

Entretanto, se ha reanudado el lanzamiento de proyectiles "artesanales" desde Gaza sobre Israel, uno de los cuales ha causado una masacre familiar al caer sobre una vivienda, y otro ha caído en el mar, cerca de Tel Aviv, sin causar víctimas pero causando un temor considerable. De hecho, hasta el momento la gran ciudad israelí parecía estar fuera del alcance de los ataques. Los que lanzan estos proyectiles son enemigos de Israel sin ser objetivamente amigos del pueblo palestino. Se trata de armas que, como ha quedado patente, pueden causar dolor y muerte, aunque no tengan ningún criterio miliar. Y que terminan justificando reacciones israelíes que inevitablemente son mayores y más sangrientas. Hamás niega ser el responsable, pero incluso si así fuera, eso sería peor. Sería signo de que Hamás no puede controlar eficazmente el territorio que pretende dominar.

Más allá de esta crónica de guerra -que con sus idas y venidas dura ya décadas y podría prolongarse sine die, dejando tras de sí un sendero de lágrimas y sangre en ambas partes- es necesario no dejar de preguntarse qué podemos hacer para dar realmente un giro a esta situación. La respuesta no es fácil, pero existe. Se trata de dejar por fin atrás una política para Oriente Próximo y Medio basada de forma estéril en los equilibrios militares y apuntar sin embargo a los grandes proyectos de desarrollo compartido, gracias a los cuales la paz no sólo se hace deseable, sino también conveniente para todos los implicados.

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