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6 DICIEMBRE 2016
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Un nuevo escenario

Horacio Morel (Buenos Aires)

El primero de ellos fue el cacerolazo del 8 de Noviembre, popularizado como el "8N". Esta convocatoria cuasi-espontánea, lanzada a través de las redes sociales y amplificada mediante los medios de comunicación antioficialistas, logró largamente el objetivo que perseguía, el de reunir a más de un millón de manifestantes en diferentes ciudades del país y del exterior. La protesta mostró una diversidad disonante de matices sociales, culturales e ideológicos, aunque el acento común estuvo puesto en una genuina exteriorización de orgullo nacional y en las consignas de carácter cívico-institucional que formaban parte de la invitación al gesto público.

Sólo la hábil y oportunista maniobra mediática de dos canales de televisión adeptos al gobierno dieron pie a agresiones verbales y físicas de algunos participantes a la reunión central de Plaza de Mayo, que constituyeron hechos aislados, excepción a una manifestación pacífica y legítima, aunque aún desprovista de una inteligencia y conducción política como ya hemos comentado anteriormente desde estas Páginas.

De hecho, el oficialismo reaccionó ante la protesta con su habitual soberbia expresando que si los manifestantes no están conformes con el modelo de gobierno, pues que lo derroten en elecciones. El argumento kirchnerista encierra -al mismo tiempo- una mentira y una verdad: la primera, desacreditar toda expresión proveniente de la sociedad civil en la medida que no se encuentre articulada políticamente como si careciera de toda legitimidad; la segunda, que ciertamente toda iniciativa aún multitudinaria y pública corre el riesgo de agotarse en una visión "oenegeísta" de la sociedad si deserta voluntariamente de la acción propiamente política, esto es, de la participación cívica en los mecanismos constitucionales que definen la gestión del Estado.

El segundo hecho, inmediato a las manifestaciones del 8N, fue una declaración conjunta y pública de legisladores opositores de ambas cámaras parlamentarias que -haciéndose eco rápidamente del sentimiento popular expresado en las protestas- se comprometieron irrevocablemente a obstruir cualquier intento de reforma constitucional que habilite la reelección presidencial indefinida.

Aun cuando los legisladores de tal compromiso público -a excepción de los peronistas disidentes- carecen aparentemente de la vocación y la deliberación necesarias para cubrir la vacante que el descontento popular pone a su disposición, no deja de ser un dato insoslayable que ya difícilmente el oficialismo logre alcanzar la mayoría calificada que la Constitución exige para su reforma, excepto una victoria aplastante en las elecciones legislativas del año próximo, resultado altamente improbable si se tiene en cuenta el progresivo y constante deterioro de la imagen del gobierno. 

El tercer dato, es la huelga general convocada por tres de las cuatro centrales obreras más la Federación Agraria, que con alto grado de acatamiento se acaba de cumplir hace apenas unas horas.

La adhesión al paro obrero ha sido mayoritario, y además de haber unido a distintas centrales sindicales que hasta hace poco tiempo recelaban unas de otras, contó con el apoyo del campo, los estudiantes y una buena porción de las agrupaciones sociales y/o "piqueteras", las que se encargaron de asegurar la eficacia de la medida mediante el corte de accesos, rutas y calles. Esta cuestionable acción "colateral" vinculada a la huelga le dio pie al gobierno para expresar que no se trató de un paro de actividades, sino de un "piquetazo", amenazando a los líderes sindicales con querellas criminales. Pero de hecho se trató de una masiva huelga, la primera que el sindicalismo le hace al kirchnerismo, y también la primera que sufre un gobierno que se dice peronista desde 1997, época del expresidente Carlos Menem, autor de las medidas neoliberales emergentes del Consenso de Washington en la ya lejana década de los '90.

Si a lo ocurrido se le suma que la única central sindical que no participó de la medida de fuerza es la adepta al gobierno, nutrida de dirigentes que no le aseguran ninguna lealtad puesto que por otra parte no dejan de recibir desaires de parte de Cristina y sus ministros, la conclusión inequívoca es que día a día el gobierno camina a romper definitivamente con el movimiento obrero organizado, tradicional columna vertebral del peronismo, y a perder el principal sustento popular de su proyecto político.

Tres hechos que -por ahora- reconocen causas, motivaciones e intereses bien diferentes, pero que si llegan a conjugarse al modo de una alineación planetaria, podrían inaugurar una suerte de extenso adiós al kirchnerismo. Proceso de transición de largo aliento, puesto que deshacer la madeja que tejió el poder "K" en estos años no será tarea sencilla.

¿Quién capitalizará políticamente el descontento expresado en estos hechos? La oposición debe abandonar su postura "testimonial" para convertirse en opción de poder, y para ello, parecen mejor preparadas algunas figuras del riñón peronista anticristinista, y el justicialismo tendrá su enésima oportunidad de no defraudar a la sociedad argentina, materia pendiente.

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