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6 DICIEMBRE 2016
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Cuando el estado no es neutral

A.T.

Scola recordó que el edicto tiene un significado histórico porque representa el acta de nacimiento de la libertad religiosa y del estado laico. El cardenal también recordó el pasaje fundamental del Concilio Vaticano II que, con la declaración "Dignitatis humanae", sumó la libertad religiosa a los derechos inalienables de la persona. Notó que hoy el tema sigue teniendo mucha actualidad: un reciente estudio demuestra que entre 2000 y 2007 «fueron 123 los países en los que se verificó alguna forma de persecución religiosa y, desgraciadamente, el número está en constante aumento».

Al hablar sobre el nexo entre la libertad religiosa y la paz social, Scola indicó que, al contrario de lo que se podría pensar, los conflictos no disminuyen, sino aumentan, cuando el estado reduce «los márgenes de la diversidad religiosa». De hecho, entre más vínculos imponga el estado, más aumentan los contrastes religiosos, porque «imponer o prohibir por ley prácticas religiosas» provoca el aumento de «los resentimientos y frustraciones que después se manifiestan en el escenario público como conflictos».

La cuestión de la relación entre la libertad religiosa y la orientación del estado fue el tema sobre el que reflexionó más profundamente el cardenal. Scola recordó que la evolución de los estados democráticos-liberales cambió «el equilibrio sobre el que tradicionalmente se sostenía el poder político». Con este cambio desaparecieron algunas «estructuras antropológicas», reconocidas como «dimensiones constitutivas de la experiencia religiosa», como el nacimiento, el matrimonio, la procreación, la educación, la muerte. Se han ido «absolutizando en políticas de los procedimientos de decisión que tienden a autojustificarse de incondicionadamente».

El cardenal explicó que «el presupuesto teórico» de esta evolución nació con el modelo francés de "laicité" y se «basa en la idea de la indiferencia, definida como "neutralidad", de las instituciones estatales con respecto al fenómeno religioso». Una forma para favorecer, a primera vista, la libertad religiosa de todos, pero esta concepción «muy difundida en la cultura jurídica y política europea» ha terminado por convertirse en «un modelo hostil hacia el fenómeno religioso». Y hoy, añadió el arzobispo de Milán, «en las sociedades occidentales, y sobre todo europeas, las divisiones más profundas son las que hay entre la cultura secularista y el fenómeno religioso, y no -como se piensa a menudo erróneamente- entre los creyentes de diferentes religiones».

Al no reconocer este dato, «la justa y necesaria aconfesionalidad del estado ha acabado por disimular, bajo la idea de la "neutralidad", el apoyo del estado a una visión del mundo que se basa en la idea secular y sin Dios». El estado ha hecho suya una cultura específica, la secular, que «a través de la legislación se convierte en la cultura dominante» y termina por «ejercer un poder negativo en relación con las demás identidades, sobre todo con las religiosas».

«Bajo la apariencia de la neutralidad y objetividad de las leyes -explicó Scola- se cela y se difunde, por lo menos en los hechos, una cultura fuertemente connotada por una visión secularizada del hombre y del mundo, que no tiene apertura a la trascendencia». Si es el estado el que hace suya esta visión, se limita «inevitablemente la libertad religiosa». Según el cardenal hay que replantear la aconfesionalidad del estado, que no se debe interpretar como «alejamiento», sino que debe «abrir espacios en los que cada sujeto personal y social pueda aportar para la construcción del bien común».

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