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3 DICIEMBRE 2016
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El presente es Pasolini, no Croce

Massimo Borghesi

Lo cual no significa que la obra y el pensamiento de Croce no hayan sido de gran magnitud. El filósofo se sitúa en el centro de los puntos culminantes de la cultura italiana desde finales del XIX hasta 1945: el debate con el marxismo naciente en Italia, la crítica al positivismo, la valoración, positiva primero y crítica después, del fascismo. Sin embargo, hoy aparece como un pensador del pasado. La filosofía crociana nace en la síntesis entre historicismo e idealismo, entre relativismo histórico y absolutización de los valores de una época: la liberal burguesa de 1871-1914. Una época que comienza con la derrota de la revolución en la ciudad de París y con la caída del poder temporal de los Papas en 1870. En pensamiento crociano, escribe Del Noce, "vive con la impresión de dos caídas definitivas, la de la utopía revolucionaria y la del catolicismo. Ahora bien, la aceptación de ambas exclusiones, del pensamiento revolucionario y de la religión trascendente, caracteriza el pensamiento de Croce".

El periodo que va de 1870 a 1914 es el de la Europa felix, liberal, optimista, marcada por la idea del progreso infinito. Y aquí toma forma la filosofía crociana como teorización de la "edad de los instintos", donde ética, economía y política proceden de manera autónoma. En esa época, el neoidealismo, crociano y gentiliano, trata de asegurarse una "religiosidad" propia en contraste con el materialismo, positivista y naturalista, esclavo de lo útil y de los egoísmos individuales. Una religiosidad inmanente, humana, ajena a cualquier referencia al dogma o al Dios trascendente. El neoidealismo como religiosidad filosófica demostrará sin embargo todas sus limitaciones precisamente con la llegada del fascismo y los vientos de la Italia liberal.

A pesar del gran testimonio de libertad frente al régimen que dio el filósofo durante estos veinte años, permanece el hecho de que le acompañaba una "no concepción" del fascismo. Para Croce, el fascismo fue un "paréntesis", una crisis imprevista, la explosión de una irracionalidad vitalista y primordial. Un pensamiento que se justificaba en la historia y que confesaba, implícitamente, su impotencia frente a la imprevisibilidad de la historia. De otro modo, habría tenido que reconocer que el fascismo, cuyo promotor Benito Mussolini fue coronado por La Voz de Prezzolini, en el fondo no era ajeno a la cultura idealista. Frente a esto, sólo quedaba la opción moral de la libertad como signo de una distinción que no podía ser justificada teóricamente.

Con la caída del régimen, en 1943, se habló, para Croce, de un retorno a la religión caracterizado por su obra No podemos dejar de llamarnos "cristianos". En realidad no se trata de un verdadero enfoque religioso. La religiosidad de Croce sigue siendo la de siempre, inmanente y laica. En 1943, ante la catástrofe de la guerra, el retorno al cristianismo, declarado como "la mayor revolución de la humanidad", es el retorno a una herencia preciosa que se recupera en términos de civilización y cultura. Una herencia que, hegelianamente, es conservada e incluso superada en el gran cuadro de la cultura moderna.

De tal modo el pensamiento crociano, incluso interpelado por el fascismo y por la guerra, se mantuvo firme en el cuadro de la Europa "felix" de 1871-1914. Un cuadro que no tenía ni la actualidad de Marx ni la de Nietzsche. Como si no fuera capaz de interpretar la segunda posguerra, donde no sólo el cristianismo y el marxismo que ocupaban la escena, sino el propio historicismo, a partir de los años 70, empezó a teñirse de nihilismo. La herencia cristiana, que la "filosofía de los distintos" de algún modo presuponía, se había consumado. Pasolini, y no Croce, se convertía en nuestro intemporal presente.

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