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7 DICIEMBRE 2016
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¿Demasiado poco?

José Luis Restán

La cuestión retorna en La infancia de Jesús, cuando el Papa reflexiona sobre lo que el ángel anuncia a José en sueños: le dice que el niño que nacerá de su esposa, María, "salvará a su pueblo de los pecados". Por un lado resultaba una tarea incomprensible para un hombre, por grande que fuera, ya que estaba reservada al mismo Dios. Pero por otra parte, observa el Papa, esta definición de la misión del Mesías "podría también parecer decepcionante". A fin de cuentas, ayer como hoy, la mayoría identifica la salvación con una mejora de las condiciones político-sociales, con un cambio radical del escenario histórico. Así que la promesa que acompaña a Jesús (y que acompaña a la Iglesia en su ya largo recorrido) parece demasiado poco, y a la vez parece excesiva. Excesiva porque invade las prerrogativas de Dios, y frustrante porque parece no tener en cuenta las condiciones históricas concretas de sufrimiento e injusticia. El texto muestra a continuación cómo Jesús, a lo largo del Evangelio, quiere llamar la atención al hombre sobre el núcleo del mal que le aflige, para hacerle comprender que si no es curado en eso, incluso las cosas buenas que pueda proyectar o realizar no podrán tener consistencia y estarán tocadas por una terrible debilidad. Aquí habla la entera historia de la humanidad.   

De alguna manera Benedicto XVI ha retomado este nudo gordiano de su reflexión durante el discurso pronunciado a los pies de la estatua de la Inmaculada, en la romana Plaza de España. En primer lugar señalando con ironía que si fuese ahora cuando el ángel viniese a anunciar a María la misión que Dios le encomendaba, no encontraríamos traza de este acontecimiento en los periódicos del día siguiente. El momento decisivo de la historia estuvo rodeado, y no por casualidad, de un gran silencio. El obrar de Dios no puede reconocerse en el ruido y en la agitación "sino yendo a un nivel más profundo, donde las fuerzas no son de índole económica o política, sino morales y espirituales"

Según el Papa el mensaje de la Inmaculada es que la salvación del mundo no es obra del hombre (de la ciencia, de la tecnología, de la ideología) sino de la gracia Una palabra que resulta especialmente extraña, cuando no antipática, al hombre de nuestro tiempo, entregado a la ilusión de que él se salva a sí mismo no obstante todos sus trágicos fracasos. Por un lado el cinismo de quien conoce las mentiras de todo ideal (Malraux) y por otro la suficiencia considerar que puede alcanzar con un clic las galaxias lejanas lo mismo que cambiar la estructura de la sexualidad. La Gracia desmonta el cinismo y deja en evidencia la presunción de nuestra época. Gracia significa amor, pero no cualquier amor, uno que nace (imprevisto, desbordante) del propio Dios. Amor que se sale de las cuadrículas, amor que transforma y recrea. Pero ¿se puede encontrar hoy algo así? 

La multitud escucha al pontífice postrado ante la columna de María: "sólo el amor nos puede salvar de esta caída (la caída a los infiernos de este mundo) pero no un amor cualquiera, un amor que pueda introducir en los pulmones intoxicados nuevo oxígeno, aire limpio, energía nueva de vida". Bien decía Dante que María es como la revancha del género humano, porque su figura aparentemente endeble nos dice "que por mucho que pueda caer el hombre, nunca es demasiado abajo para el Dios que descendió hasta los infiernos; por mucho que nuestro corazón ande por mal camino, Dios es siempre "más grande que nuestro corazón".

A través de María, Dios ha introducido en el mundo de los hombres la Gracia hecha carne, Jesús. Cuando se acerca la Navidad es bueno recordar que la causa de este Jesús que festejamos parece estar siempre como en agonía... pero mientras los imperios y las ideologías se han ido derrumbando, "su gloria humilde y dispuesta a sufrir, la gloria de su amor, no ha desaparecido ni desaparecerá". ¿Nos seguirá pareciendo demasiado poco? 

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