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3 DICIEMBRE 2016
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Libertad religiosa: exigencia humana (I)

Francisco Medina

En una interesante reflexión jurídico-política, Nicholas Michel nos centra la cuestión de la libertad religiosa como un derecho humano fundamental, basado en la persona y su dignidad, formulado como algo básico a todos y del que se derivan numerosas implicaciones. El artículo está basado en un enfoque de derechos entroncado con una alusión implícita al derecho natural y su preexistencia al Estado. Esta formulación la entronca con la noción del bien común y de su protección por los poderes públicos. A mi juicio, me parece un planteamiento enriquecedor sobre el que dialogar sobre las implicaciones concretas de la libertad religiosa en nuestros días.

La libertad religiosa como algo preexistente al Estado

La configuración de la libertad religiosa, en efecto, no admite un enfoque exclusivamente jurídico de reconocimiento de derechos. Forma parte de la libertad inherente al hombre no sólo en cuanto a ser individual sino como ser social, que forma parte de una comunidad, englobada, a su vez, en una nación.  Esta concepción multidimensional (jurídica, política, institucional) viene a romper con esa separación rígida entre el hombre público y el hombre privado que un republicanismo ilustrado ha inundado en el pensamiento europeo. La realidad es que nos relacionamos y, al relacionarnos, mostramos lo que somos, salvo que hayamos interiorizado esa visión tan caricaturesca del "peligro de las identidades". A mi juicio, no se puede separar lo que somos de lo que vivimos Y, por tanto, como bien dice Michel, las creencias no pueden concebirse como mero hecho privado, en cuanto que implica y une a otros. Creer en algo o en Alguien no sólo es profesar una creencia en particular, supone también compartirla con otros cuando me involucro en la comunidad. En este sentido, me parece otro argumento a favor de la preexistencia de la libertad religiosa a la constitución del Estado. Antes que el Estado, existía la comunidad, cuya necesidad de cohesión y articulación ha originado un pacto social constitutivo de éste último, y no al revés.  En este aspecto, me parece interesante recalcar la importancia del ejercicio de la libertad religiosa como una de las expresiones del papel de la sociedad civil en la configuración del Estado y en la articulación de la convivencia.  Y es que, tal como sostiene Michel, se trata un bien de orden superior, que resalta una dimensión del ser humano (la espiritual) y permite, sin necesidad de pretensiones hegemónicas, poder compartir valores humanos con quienes no profesan o la dimensión religiosa del hombre con quienes profesan otras creencias...y ello, no sólo no divide (al contrario de lo que ideólogos de una visión "esquizofrénica" de lo público como Peces-Barba, Puente Ojea o Suárez Pertierra han sostenido siempre), sino que crea vínculos, y crea, junto a una visión humanista abierta, el marco de convivencia necesario. Por ello, me parece que la libertad religiosa es una moneda con dos caras: una, la dimensión pública del ejercicio del derecho a vivir la fe. La otra, la dimensión de responsabilidad en la construcción no sólo de la persona sino también de la comunidad.

El ejercicio de la libertad religiosa implica también responsabilidad

El ejercicio de toda libertad conlleva una responsabilidad, no sólo  conmigo mismo, sino en las relaciones que yo establezco con otros. Que la fe religiosa se convierta en un elemento constructor de las relaciones entre los ciudadanos implica entender bien qué implicaciones tiene el ejercicio de mi libertad: de antemano, que cuando yo ejerzo la libertad no necesariamente la ejerzo bien: y ello implica que, cuando yo dispongo de ella para hacer lo que me plazca, no estoy haciendo un uso adecuado, en cuanto me perjudico a mí mismo y perjudico a otros: me salto mi propia realidad de hombre (al convertir algún aspecto que quiero resaltar en reivindicación ideológica de hegemonía) y me salto la realidad del otro que con-vive conmigo. Y este otro no soy Yo, sino que es diferente a mí, y puede vivir lo mismo que yo... o no. La creencia que se expresa fruto de las preguntas que surgen al toparme con lo que veo sí es posibilidad de relación y diálogo con otros. Así, la fe religiosa no sólo es punto de encuentro con el que convivo, sino que es punto de partida para construir. Vivir la fe como motor que lleva a preguntarme por el sentido de lo que vivo implica renunciar a toda pretensión de articular un sistema y/o defensa de valores que no responda a la construcción de la comunidad: la tentativa de  adoptar un sistema de valores o creencias que busque tomar el poder ha sido una constante en nuestra Historia y ha ocasionado quiebras importantes en la convivencia. Es el límite de lo que se llama en Derecho el respeto al orden público, término un tanto ambiguo de por sí.

Mi libertad de creer (o no creer) también tiene otra exigencia: y es que ha de servir para construirme a mí y a la comunidad. Construirme a mí, en cuanto que mi experiencia del hecho religioso me hace valorar a otros, independientemente de su actitud ante las preguntas existenciales, y me lleva a luchar porque el otro pueda tener un espacio para poder defender y vivir su libertad, con lo que implica poner de manifiesto injusticias que pueda yo sufrir y valorar y dejarme corregir por aquellas acciones u omisiones cometidas con otros. Cuando no tengo miedo de dejarme cuestionar, vivo con libertad mi fe y dejo que otros se acerquen. Y contribuyo a consolidar y fortalecer la comunidad, pues al confrontarme en el diálogo (y no enfrentarme) con los demás,  puedo estar presente en los espacios públicos de una forma nueva, creativa y leal al buscar el bien común. Y esto es aplicable perfectamente a la realidad española: el modo cómo los cristianos estemos presentes en el ágora es harina de otro costal.

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