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3 DICIEMBRE 2016
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>¿Quién quiere un estallido social?

No por miedo sino por agradecimiento

Fernando de Haro

Verdú asegura que lo que sufrimos no es "una crisis financiera, ni económica, ni de Bretton Woods o de toda su parentela liberal. Esto es la crisis de la vida social y personal". Y con ella han vuelto cuatro cosas: el sentido de comunidad, el cuestionamiento de la autoridad, lo que él denomina el relato de Dios (silente) y un tema que era tabú desde hace 200 años, la muerte. Asegura el que fue jefe de opinión del diario de Prisa que "solo en las guerras o las inmediatas posguerras se ha conocido un efecto parecido al que ahora cunde por toda España o Grecia, Irlanda o Portugal".

Aunque el sociólogo da las gracias a Dios por este fortalecimiento de los vínculos sociales se le ve sorprendido de que no se haya producido un estallido y algo incómodo "por el cambio de sociedad en el que la penuria va carcomiendo el tejido conjuntivo de la colectividad. En adelante, pues, no habrá ya ciudad ni colectividad sino, como se va viendo, comunidad". ¿Acaso la ciudad no es comunidad? Su molestia crece cuando señala que hay programas de radio en los que se establece "una comunicación entre lo sobrante y la necesidad". ¿Perdura el sueño de una justicia social -siempre deseable- que haga innecesaria la caridad?

Vicente no acierta al señalar el origen de ese incremento del sentido de comunidad. Como él mismo señala en su libro La ausencia, las "utopías están evaporadas". Y en ese contexto es más fácil que la primera pulsión ante el drama y el sufrimiento, la de compartir la necesidad del otro, aparezca con más fuerza. Los sistemas de pensamiento del siglo XX siempre tenían una justificación para explicar al pobre como una categoría y no como alguien real. La necesidad siempre naufragaba ante el discurso. No es el miedo a lo que te pueda pasar lo primero que te impulsa a ayudar sino la com-pasión que en otras décadas estuvo mal considerada en nombre de las abstracciones. Y reconozcámoslo, también una cultura cristiana, que si a muchos no les permite reconocer a Dios como un Tú que se ha encarnado sí les lleva a la generosidad.

Lleva razón Verdú cuando dice que vuelve Dios y que muchos, en medio de la calamidad, identifican esta palabra con "un juez económico supremo y emperador del mundo que habría desencadenado su ira contra este delito (la avaricia) que, en su extremo, no sería sino una directa profanación del espejo divino. El espejo o la luna del dormitorio donde habita, día y noche, la silente figura de Dios". Estos días el Petit Palais de París acoge la exposición titulada Dios, modos de empleo. En este momento bajo la palabra Dios hay muchas concepciones de la divinidad que tienen poco que ver con la experiencia cristiana. Y aun dentro del cristianismo la idea de que Dios es, sobre todo, la fuente de un criterio moral está muy presente. No es su ira la que ha provocado esta crisis. El Dios que se ha hecho elocuente, precisamente a través de la caridad, no quiere el sacrificio de lo que Verdú llama "larvas reptantes apegadas al suelo como al borde empedernido de la sepultura". Es un Dios que recoge, acompaña y sostiene al hombre herido. 

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