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9 DICIEMBRE 2016
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La nueva laicidad de Benedicto XVI y Sarkozy

Romeo Astorri

En Francia está en vigor una ley de separación que, desde su aprobación en 1905, está considerada como un modelo para los países europeos y en su Constitución, en el artículo 1, se califica al Estado como laico (una calificación que, aparte de la Constitución francesa, sólo está presente en la turca). Se trata de dos cuestiones distintas. Sobre la primera, la de la separación, en la actualidad se ha llegado a un primer punto firme, mientras que sobre la segunda, la de la laicidad, al menos a mi parecer, todavía estamos al comienzo de una reflexión que permita dibujar una modalidad de actuación coherente con el carácter multicultural y multirreligioso de la democracia contemporánea.

Benedicto XVI ha afirmado claramente que "la iglesia francesa goza actualmente de un régimen de libertad y la desconfianza del pasado ha dado paso poco a poco a un diálogo sereno y positivo cada vez más consolidado", lo que subraya claramente la aceptación por parte de la iglesia del modelo separatista francés.

Más compleja se presenta, sin embargo, la cuestión de la laicidad. El témino laicidad define un principio que está en la base de los comportamientos del Estado en la tutela de la libertad religiosa de los ciudadanos, como es la no injerencia en cuestiones religiosas, la neutralidad frente a las diferentes opiniones que se dan en la sociedad. En definitiva, el Estado no debe asumir actitudes que, en una sociedad en la que está presente una pluralidad de convicciones filosóficas y religiosas, puedan violar el derecho a la libertad religiosa de los ciudadanos o el principio de igualdad entre ciudadanos de religiones distintas.

En el discurso de Benedicto XVI y del presidente Sarkozy la atención se centra en la necesidad de revisar no la noción sino el desarrollo concreto de los casos en que se articula, liberando a la laicidad de sus ataduras con la cultura del liberalismo europeo del siglo XIX. En su discurso de bienvenida, el presidente francés ha apelado a "una laicidad positiva. Una laicidad que respete, una laicidad que una, una laicidad que dialogue. Y no una laicidad que excluya ni que denuncie", mientras que el Papa ha subrayado la importancia de "insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso (...) y tomar una conciencia más clara de la función insustituible de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto a otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad".

No se trata de revindicar el reconocimiento de la primogenitura de una convicción particular filosófica o religiosa, como si de ella y sólo en ella se pudieran encontrar fundamento las respuestas a los problemas que el presidente Sarkozy define como típicos de una época "en que la duda y la doblegación sobre sí mismos ponen a nuestra democracia ante el desafío de responder a los problemas de nuestro tiempo, la laicidad positiva ofrece a nuestras conciencias la posibilidad de intercambiar opiniones, también sobre las creencias y los ritos, sobre el sentido que queremos dar a nuestra existencia, sobre la búsqueda de sentido".

El problema de la laicidad no puede presentarse hoy como el intento de seguir fieles a parámetros del siglo XIX, que nos llevarían a hipotizar sobre la relación entre el Estado y las religiones sobre la base de modelos que ya no son realistas porque parecen tener origen no en el respeto de la libertad religiosa sino sobre todo en el presupuesto típico de esa época según el cual la religión es un hecho privado. Como ha destacado con mucha sinceridad el propio Sarkozy, hoy nos enfrentamos a una situación dramáticamente distinta "porque hace 30 años ninguno de nuestros predecesores habría imaginado ni sospechado las cuestiones que hoy tenemos que afrontar. Y, créame, Santidad, que para un líder político es una gran responsabilidad articular este nuevo campo del conocimiento, de la democracia y del debate".

Si la laicidad del XIX iba unida sobre todo a cuestiones que principalmente concernían directamente a la libertad de culto, hoy la complejidad y lo indeterminado de lo religioso han ampliado enormemente la esfera de las interferencias entre lo religioso (o las convicciones filosóficas de un individuo) y la sociedad. Además, está el papel público, cada vez más fuerte, asumido por las religiones y, quizá en sentido negativo, la finalidad identitaria que parecen asumir las convicciones personales en las decisiones de la vida cotidiana (Benedicto XVI ha hablado, a propósito de los jóvenes, de los límites de un comunitarismo religioso condicionante).

La laicidad positiva, o sencillamente la laicidad, exige que el Estado se mida con el contexto social actual, asumiendo el diálogo con las religiones como recurso, más que como anomalías que corregir o directamente eliminar.

Romeo Astorri es director de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Católica de Piacenza

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