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9 DICIEMBRE 2016
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Amor

Juan Orellana

El argumento, inspirado en el suicidio de una tía de Haneke, cuenta los últimos años de la vida de los parisinos Georges (Jean-Louis Tringtignant ) y Anne (Emmanuelle Riva), un matrimonio de músicos octogenarios de reconocido prestigio y vasta cultura, la quintaesencia de la civilización europea ilustrada. Entre ellos aún existe un amor lleno de delicadeza. Tienen una hija casada que también se dedica a la música y a la que ven muy poco. Un día, Anne sufre una embolia, y queda paralizada de medio cuerpo. Comienza un proceso de degradación física y deterioro mental que pondrá a prueba a su enamorado esposo. Pero ella deja muy claro su deseo antes de demenciarse: "Así no tiene sentido vivir".

La película empieza sorprendiendo al espectador ingenuo, que llega a pensar que Haneke está irreconocible. Parece que se trata de un film sincero, auténtico, sobre la belleza del amor humano y sobre la grandeza tierna de la vejez; pero en el minuto 40 comprendemos que Haneke no ha cambiado, que nos esperaba a la vuelta de la esquina con su filosofía nietzscheana. La película está llena de rencor hacia la vida, una vida que Haneke sólo considera digna de ese nombre cuando se doblega a su proyecto. La vida sólo es vida para Haneke cuando excluye el misterio del dolor, la herida del sufrimiento. En cuanto aparece la radical contingencia del ser, tan evidente en la enfermedad y la vejez, en cuanto la vida reclama a gritos un significado, casi inevitablemente trascendente, Haneke impone la "solución final": una vida así debe ser eliminada, drásticamente. Todo menos dejar que el Misterio pueda conquistar un espacio propio, todo menos impedir que el hombre tenga la última palabra. La película tiene muchos momentos verdaderos, muchos, pero se envilecen al ser utilizados como envoltorios de una gran mentira. La mentira de contraponer el amor a la vida, la mentira de que el fin justifica los medios, la mentira de darle el poder absoluto a la propia subjetividad, la mentita de llamar amor al despotismo de quien se cree con razones para quitar la vida cuando esta no se rige por los propios criterios.

Haneke es fiel a sí mismo, a su mirada sobre el mundo y a su forma de entender el cine. Su nihilismo no es sincero, visceral e inmediato. Es un nihilismo de salón, estudiado, intelectualizado e ideologizado. Es el nihilismo de la Europa cansada de sí misma, aburrida de mirarse al espejo. Precisamente el nihilismo que encandila en los festivales del Viejo Continente, y que huele a fruto póstumo de un progresismo decapado, setentero, ya rancio por su falta de horizonte ideal. No juzgamos a los personajes, que ciertamente inspiran toda nuestra compasión; no aprobamos el homicidio, ni el suicidio, pero comprendemos el dolor exacerbado que nubla la razón; no es difícil perdonar a nuestro protagonista. Tampoco creemos que Haneke haya querido rodar un film sobre la eutanasia. Lo que ha hecho ha sido utilizar una situación humana trágica y conmovedora para volcar su propia mirada ideológica sobre la vida. Una mirada que nace, no de la negación del sentido, sino de la negación misma de su posibilidad. También Iñárritu en Biutiful se enfrenta a la enfermedad terminal y a la muerte, pero no siendo creyente, es honesto con la razón y deja abierta la puerta a lo ignoto, a un significado que esté más allá de nuestra miope mirada, de nuestro estrecho perímetro. Haneke no quiere ni oír hablar de eso, como ya ha demostrado en sus anteriores películas.

El acopio de reconocimientos que ha merecido este film deja claro que el triunfo cultural del marxismo en el siglo XX ha dejado paso en el nuevo siglo al triunfo del nihilismo. Europa, si aún existe más allá de una denominación geopolítica, se está haciendo la eutanasia.

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