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9 DICIEMBRE 2016
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Libertad religiosa: una forma creativa de contribuir al bien común

Francisco Medina

El hecho de que se tuviese que cerrar temporalmente la capilla en la Universidad de Barcelona, o el grotesco espectáculo de grupos de jóvenes exhibiéndose en la capilla del campus de Somosaguas dejan claro que una parte de la sociedad ya ha censurado toda posibilidad de contribuir al bien común, al optar por intentar excluir el hecho religioso de la vida social. La educación laica que han propugnado personajes como Peces Barba y otros empieza a dar amargos frutos.

Pero no conviene equivocarse: estos hechos no explican toda la realidad del hecho religioso en España. La realidad es que el proceso de abandono de la fe parece seguir continuando: si nos centramos sólo en los números, es claro que la presencia católica lleva las de perder. El nº de personas que se declara católico está en el 70%, pero el nº de los que practican (asisten a misa, participan en la vida de la Iglesia...) desciende cada vez más. Son casi un 60% los que no van casi nunca a misa los domingos. Simplificando, parece que nuestro catolicismo es más cultural de lo que, en principio, puede pensarse. Y eso que la JMJ mostró la fortaleza de una Iglesia Católica universal. Por otra parte, gestos como la Eucaristía de las Familias que se celebra todos los años en Madrid; o las concentraciones públicas contra el aborto, las medidas del gobierno a favor del matrimonio homosexual; o las celebraciones del Corpus en Madrid podrían hacernos pensar en una fuerte presencia católica capaz de hacerse notar y de tener influencia en la esfera pública. 

Y aquí es donde los católicos en España nos hemos equivocado: hemos dado por supuesto que el hecho de que décadas de un catolicismo cultural en la época del franquismo, donde la Iglesia tenía una presencia en todos los ámbitos de la vida social,  nos daría un fuerte sustrato para intervenir en la vida pública, confiando en que, de este modo, se nos iba a escuchar. Y nos topamos con que el contenido de las exigencias que todo hombre lleva ya no es evidente para el hombre de hoy. Nos centramos en la defensa de los valores, de la familia cristiana, de la vida...y hallamos una creciente indiferencia de una sociedad que no conoce el valor del vínculo, del sentido de la existencia o de la sorpresa frente a lo que la vida nos da.  La pregunta de ¿qué nos está pasando? parece estar cada vez más urgente de respuesta.

Una presencia nueva en nuestra sociedad

No creo estar muy desencaminado si afirmo que los propios católicos nos hemos encastillado en posiciones ideológicas y no hemos interiorizado lo que significa el ejercicio de nuestra libertad religiosa. Aun a riesgo de quedarme en la mera denuncia, pienso que hemos concebido el dar testimonio de nuestra fe como sinónimo de una defensa apologética en general, y nos hemos preocupado más por llenar las iglesias que a ser sal (algo que nuestros pastores han alentado). Insistimos en las viejas fórmulas de encuentros públicos, como la Misa de las Familias del pasado día 30, achacando la debilidad de nuestros lazos familiares y de comunidad siempre a factores externos; cuando la secularización producida ha alcanzado a también a nuestras familias (es fácil pensar en cuántos de nuestros  parientes, hermanos han abandonado la fe o se han separado de su marido o de su mujer). No acabamos de entender que la principal causa está en nuestra falta de certezas entre nosotros. Y es que también estamos imbuidos de la misma mentalidad que el resto de la gente.

Ejercer la libertad de ser cristianos en nuestra realidad implica vivirla primero dentro de nuestra comunidad y repensar nuestro modo de estar en la calle. La tendencia a un cierto pensamiento único dentro del asociacionismo católico, que, en el fondo, refleja una mentalidad estatalista consistente en que "el Estado proteja", "el Estado reconozca", "el Estado subvencione" un statu quo que hemos adquirido (lo cual no significa necesariamente que haya sido totalmente negativo) ha teñido de cierto tinte ideológico batallas que, hoy por hoy, tenemos perdidas. Y, por ende, no valoramos que los cristianos también tenemos mucho que decir en otras cuestiones que también son importantes para la sociedad (y que, en algunos aspectos, podríamos dialogar con movimientos surgidos dentro de la sociedad civil), como la corrupción política, la crisis económica, el paro...Por no hablar del ámbito de la cultura, donde nos falta valorar lo positivo que aportan otros que no viven lo mismo que nosotros, o de la política. En este último ámbito, resulta chocante que, a nivel eclesial, estemos apoyando iniciativas de corte "ideológico católico" y que, en el fondo, más que proponer, su único objetivo sea tomar el poder (lo que no nos distingue, en el fondo, del resto), y no apoyemos la presencia de católicos que no defiendan únicamente ciertos valores, sino que trabajen, desde el ámbito de los partidos, por la subsidiariedad y el bien común.

Vivir nuestra libertad religiosa de creer implicaría, además,  dejarse interpelar por quien está a mi lado y entablar una relación. Significaría que, además de nuestro derecho a ocupar el espacio público para afirmar un valor, nuestra forma de estar ha de contribuir a construirnos como pueblo y a fortalecer nuestra sociedad. Y forzoso es reconocer que no siempre el recurso a "la movilización de siempre" haya contribuido al bien común.

Una forma de romper el bucle sería empezar a vivir la subsidiariedad (asumir que somos protagonistas y que no podemos esperar a que ni desde el Estado ni desde la Iglesia nos lo den todo hecho) como un bien nuestro y custodiar el tesoro de la Tradición como algo vivo (en particular, el legado de Juan Pablo II, que es bien distinto deljuanpablismo externo en el que parece que hemos caído). En este sentido, nos urge mirar a Benedicto XVI: el modo cómo el ha propuesto la experiencia de la familia en el mensaje del día 30 en la Misa de las Familias es una auténtica provocación que contrasta con el recurso a las viejas fórmulas de las que aún estamos inmersos.  Estos tiempos son una oportunidad para volver al origen y abandonar la pretensión de un cristianismo de masas. Sería un error pensar que podemos cambiar la Historia sólo con nuestras propias fuerzas. Lo que realmente cambia el curso de la Historia es lo que cambia nuestro corazón. Esto es el reto que nos ha puesto delante el Papa con el Año de la Fe. La cuestión es si los católicos en España sabremos comprenderlo y testimoniarlo. Y, para esto, los viejos modelos ya no sirven.

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