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7 DICIEMBRE 2016
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Django desencadenado

Juan Orellana

Su escuela fue la calle, el cine popular, la cultura pulp. Pero lo más interesante es que cuando él ha tratado de emular en su cine los géneros de su adolescencia, no ha rodado meros homenajes, sino que ha hecho algo nuevo, diferente, original, atribuible a un nuevo sello autoral: la marca Tarantino. Una marca en la que muchos destacan su uso tan brutal como inofensivo de la violencia. Inofensivo porque tiene una función más cómica que dramática, y es tan exagerada y surrealista en su efluvio hemoglobínico, que está más cerca de un cómic de Mortadelo y Filemón, que de la violencia gore tan frecuente en mucho cine postmoderno.  En el caso que nos ocupa, el cineasta de Tennessee quería ofrecer su personal tributo al spaguetti western, y consigue una película que da mil vueltas a la mayoría de los spaguetti western de la historia.

En 1966 Sergio Corbucci estrenó Django, un spaguetti western protagonizado por Franco Nero, al que daba la réplica nuestro José Bódalo. El Ku Klus Klan tenía un gran protagonismo en el film. La película de Tarantino homenajea directamente a esta película, desde el nombre mismo del film, el diseño de los títulos de crédito, la presencia de Franco Nero y la irrupción del Ku Klus Klan, entre otros muchos elementos estéticos. El argumento arranca en Texas en 1858, y se centra en un caza-recompensas, el Dr. King Schultz (Christoph Waltz), que libera a un esclavo negro, Django (Jamie Foxx) para que le ayude a detener a unos forajidos; a cambio le promete colaboración para encontrar a su mujer, otra esclava negra, Broomhilda (Kerry Washington), que trabaja en la hacienda del magnate Clavin Candie (Leonardo DiCaprio). La historia en sí tiene fuerza, ya que muestra a dos hombres capaces del mayor sacrificio en aras uno del amor y otro de la amistad. Pero la seriedad dramática de este planteamiento está tejida con hilos de comedia inteligente y con la pasión de Tarantino por matar a sus personajes -incluido el que él mismo encarna- de la forma más pirotécnica y cromática posible. El resultado es un cóctel que obliga al espectador a reírse, a emocionarse, a sufrir,... todo ello sin parar y combinado, sobre un ritmo perfectamente medido, y coronado por unas excelentes interpretaciones (atención a Samuel L. Jackson). Al final queda la sensación de haber visto una película entretenida en el sentido más amplio de la palabra, fiel a su origen popular y poco intelectual, pero sí inteligente y lleno de buen cine. Una película absolutamente tarantiniana. 

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