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4 DICIEMBRE 2016
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'La pancarta sirve poco en política'

La revolución divertida (Editorial Debate) habla de mayo del 68. ¿Sigue marcando el 68 la política y la vida de la gente?

En los sesenta es cuando, de alguna manera, se conforma la cultura en la que vivimos hasta hoy. La televisión se populariza, aparece la música pop, ciertas filosofías orientalizantes ganan adeptos, la concepción del sexo se transforma en parte porque en 1960 se legaliza en Estados Unidos la píldora anticonceptiva, en el 68 unos estudiantes jóvenes y deslenguados crean una forma de protestar que es más mediática y cultural que propiamente política... Sí, el 68 sigue teniendo mucha vigencia, es en buena medida porque en respuesta a todos estos fenómenos que he mencionado se forman una nueva izquierda -menos ortodoxa- y una nueva derecha -más armada de valores morales.

¿Qué cambió y qué no cambio el 68?

Cambió la cultura: en los sesenta nació lo que hoy consideramos la cultura mediática, con grandes estrellas del pop convertidas en muchos casos en líderes ideológicos, una nueva obsesión por la juventud y la imagen, una especie de espíritu transgresor que, aunque no lo era tanto como parecía, impregnó casi todas las expresiones culturales. Lo que no cambió fue la política en el sentido institucional: a pesar de todas esas proclamas revolucionarias y esas nuevas filosofías políticas, los sistemas de los países democráticos -obviamente España era un caso distinto- siguieron prácticamente igual que estaban: los partidos, los parlamentos, la propiedad privada, el sistema judicial. Estados Unidos y Francia, por poner dos países en los que el 68 tuvo mucha importancia, tienen hoy culturas muy distintas de las anteriores a esa década, pero en cambio su sistema democrático es prácticamente el mismo que entonces.

¿Cuál es el origen de la cultura de la queja?

La política democrática es una cosa muy complicada, con muchos procedimientos y muchos límites legales. Es difícil cambiar las cosas, lleva mucho tiempo y uno tiene que meterse en el sistema y trabajar mucho dentro de él para conseguir lo que desea. Eso tiene cosas malas, pero también es bueno e impide bandazos drásticos y derivas autoritarias. A muchos de los que quisieron hacer la revolución en los sesenta les pareció que todo eso no eran garantías, sino un sistema inexpugnable, que ignoraba los deseos de la gente -algo de eso hay, por supuesto- y que por lo tanto había que ignorarlo, no entrar en él, ir por otros caminos. Sin embargo, lo que vieron es que desde esos otros ámbitos no conseguían cambiar las cosas, y su impulso político, por así decirlo, se convirtió en una gran queja, una queja que podía salir mucho por los medios y parecer muy legítima y muy grande, pero que no hallaba la manera de transformarse en cosas tangibles o de influir de verdad en los políticos. Creo que esto dura hasta hoy: mucha gente se queja con toda la razón, pero si todo se queda en el enfado y la pancarta, sirve de poco políticamente.

Usted conoce bien México, ¿qué está suponiendo la vuelta al poder del PRI?

Por el momento, sigue siendo una incógnita. En el pasado, el PRI fue un partido que no acabó de comprender bien la democracia y tuvo algunos impulsos autoritarios, se identificó a sí mismo con el Estado. Después de doce años en la oposición, la esperanza es que una nueva generación de priístas haya modernizado el partido, haya asimilado la separación entre partido y Estado, sea consciente de que igual que ahora tienen el poder, mañana lo pueden perder y eso no sería nada anómalo... Pero, honestamente, no sé si esta esperanza se cumplirá. Todavía no sabemos si se comportará como un partido reformista o uno con tics clientelistas. Pero en cualquier caso, el potencial que tiene ahora México, si hace bien las cosas, es inmenso.

¿Y cómo ve la transición en Venezuela?

Pase lo que pase con Chávez, la sociedad está muy dividida, el Estado -la burocracia, el ejército- en sí está enormemente politizado y parece indudable que a menos que haya un milagro, la situación económica va a empeorar y que sea quien sea el presidente tendrá que hacer recortes, una devaluación y tratar de controlar la inflación. De modo que no soy muy optimista, al menos en lo inmediato. El chavismo ha tenido legitimidad política -a fin de cuentas, una mayoría de venezolanos lo ha votado una y otra vez- pero el estado del país hoy, tanto institucional como económicamente, es malo.

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