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8 DICIEMBRE 2016
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Como un rayo en un cielo sereno

José Luis Restán
Basta un instante para escuchar y mirar, para dejar que la palabra de este Papa músico y teólogo entre en la mente y el corazón, para darte cuenta de la grandeza de su servicio hasta el último día. El pasado viernes ante ciento cincuenta seminaristas de Roma, su diócesis, Benedicto XVI abría su corazón de par en par. Quizás nos dejaba una especie de testamento, aunque seguro que a él no le gusta que hablemos así. Hablaba de Pedro, el rudo pescador de Galilea, “ese hombre lleno de pasión, de deseo del Reino de Dios”, ese hombre que sin embargo ha caído, ha pecado, y que a pesar de todo ha permanecido prendido a la mirada de Jesús. Y por eso, sólo por eso, se le encargó ser la piedra, el cimiento del edificio de la Iglesia. Casi le recorre a uno un escalofrío al pensar que el hombre Joseph Ratzinger era plenamente consciente de que ahora Pedro es precisamente él. Pedro que en su ancianidad va a ser llevado a donde no quiere.
 
Y así la mente brillante y el corazón sensible que los cardenales llamaron a guiar la nave hace poco menos de ocho años, ahora se encamina al silencio del claustro para sencillamente orar. Nada hay más útil ni más práctico que pueda hacer por la Iglesia, madre y esposa, ahora que siente escapar las fuerzas físicas y que experimenta la mordedura del cansancio también en el espíritu. Demasiado bien conoce las encrucijadas de esta hora, las claves de la cultura, la profundidad de la herida de este tiempo. Un tiempo para el que se requiere un vigor de cuerpo y de alma que él no teme confesar sencillamente que siente perder cada día.
 
Es muy posible que de este modo el Papa Ratzinger haya pensado ahorrar a la Iglesia la agonía de un periodo indefinido en el que difícilmente hubiese podido mantener el impulso necesario para la renovación eclesial y para la nueva evangelización, sus dos grandes pasiones de estos años. Nos deja un legado inmenso de obras y palabras, una doctrina comparable a la de los grandes Padres de los primeros siglos, una acción de gobierno que ha llevado rigor y transparencia a la osamenta de la Iglesia, depurando inercias y malas prácticas encastradas durante decenios. Y sobre todo nos deja su simpatía profunda por el corazón del hombre, por su búsqueda atormentada, por su nobleza nunca apagada. Nos deja su sonrisa de ternura comprensiva con males que él había desentrañado con precisión de cirujano, sin olvidar nunca que semejantes sombras nunca podrán ahogar totalmente la brújula del corazón humano que apunta al Infinito.
 
En la noche romana del pasado viernes nos explicaba que los cristianos somos siempre, en cierto modo, como extranjeros en el mundo: porque no nos asimilamos a la moda, al ambiente, a la cultura dominante en el mundo. Y sin embargo sabemos que el futuro es de Dios, y por tanto también nuestro. El árbol de la Iglesia no es un árbol moribundo, no debemos dejarnos impresionar por los profetas de desventuras: porque la Iglesia se renueva siempre de nuevo, siempre renace. No se trata del falso optimismo de quienes dicen: “no pasa nada, toda va bien”. No, él conoce bien las graves caídas que nos afligen y cuántas cosas (siempre demasiadas) no marchan bien en la Iglesia.
 
Pero mirando a los ojos de los futuros sacerdotes de la ciudad de los apóstoles Pedro y Pablo, Benedicto XVI ha querido recordarles que “si bien aquí o allá la Iglesia muere a causa de los pecados de los hombres, a causa de nuestra falta de fe, ella siempre nace de nuevo”. El futuro es realmente de Dios, qué clara y consciente es ésta certeza en el corazón del Papa: por eso la Iglesia no muere, porque pese a las miserias de sus miembros y a la hostilidad del mundo, lleva consigo la semilla de la vida eterna. Bien lo ha dicho el Cardenal Decano: “su palabra ha sido como un rayo en medio de un cielo sereno”. Así han sido estos años de pontificado, ¡tenemos tanto que agradecer!

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