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8 DICIEMBRE 2016
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Padre hasta el final

José Luis Restán

Finalmente no veremos la esperada encíclica sobre la fe. No hay tiempo material antes de que llegue la proclamación de la Sede Vacante a las 20h del viernes 28. Para entonces, como él mismo ha dicho, Joseph Ratzinger empezará a estar "escondido para el  mundo". Pero si bien se mira, Benedicto XVI nos viene ofreciendo desde primeros de octubre de 2012 una apretada síntesis de todo su magisterio, una especie de testamento espiritual que recoge las claves de ocho densos años de paternidad.

Todo empezó con aquella lección pronunciada sin papeles ante la Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización que dejó casi sin habla a los presentes en el aula. Con esa genialidad digna de un gran pintor repitió una especie de nueva introducción al cristianismo, en la que comenzaba por tomar nota de la condición del hombre contemporáneo. Porque Benedicto XVI no ha dicho nunca una palabra sobre la fe sin tener en el rabillo del ojo el corazón frustrado y sediento de los hombres y mujeres de esta época. Y curiosamente, en el Sancta Sanctorum de la Iglesia Católica se coló esa mañana a través de las palabras del Papa la pregunta inquietante de un mundo tan descreído como necesitado: ¿existe un Dios o no existe? Y en todo caso, ¿nos conoce, tiene algo que ver con nosotros?, ¿tiene poder en el mundo o no? ¿Por qué no se hace oír? Así que el Sínodo arrancó por donde el Papa teólogo y testigo quería: por las preguntas dramáticas de esta época, a cuyo encuentro tiene que salir la Iglesia una y otra vez.  

La primera constatación de Joseph Ratzinger es que si podemos responder a estas preguntas es porque ese Dios ha tomado la iniciativa, se ha dejado ver y tocar, se ha encontrado con algunos, les ha cambiado la vida y les ha enviado a anunciar el Evangelio a los confines del mundo. Es un dato esencial para todo su magisterio: el cristianismo no es una idea o un proyecto de vida, sino el encuentro con una Persona viva que nos transforma en profundidad, revelándonos nuestra verdadera identidad. Y esa transformación se da a través de la razón y la libertad humanas, dos palabras sin las que sería inexplicable el hombre, el teólogo y el papa.

En estos casi ocho años el Papa Benedicto se ha batido el cobre hasta la extenuación para mostrar que el Dios de Jesucristo es el único amigo verdadero de la felicidad del hombre. El único que responde hasta el fondo a su exigencia de sentido y el único que puede sostener su preciosa pero frágil libertad. Es el Dios que no nos quita nada sino que nos lo da todo. Y un primer don fundamental para los que lo han encontrado es reconocerse hermanos en el "nosotros de la Iglesia". Para el cristiano la genialidad no radica en un talento privado e individual sino en pertenecer al pueblo de Dios, al lugar donde su gracia recrea la vida haciendo surgir nuevos brotes en cada tiempo y lugar.  

La iniciativa siempre es de Dios, y por eso la liturgia y la oración han sido centro de toda su atención hasta el final. De hecho su último servicio será el de la plegaria constante por la Iglesia que tanto ha amado. Pero evidentemente cada persona es invitada a responder, y el Papa Ratzinger identifica esa respuesta con dos palabras: confessio y caritas. Ambas las ha propuesto una y otra vez en estos cuatro últimos meses. En primer lugar es preciso confesar la fe, narrarla ante el tribunal del mundo que nos interroga, ya sea con curiosidad o con malevolencia. Sería inútil eludir esta condición estructural de la fe, y el Papa lo explica con una especie de dulzura implacable. A los seminaristas romanos les explicó (en la vigilia de su clamoroso anuncio) que la dimensión del martirio es esencial a toda vocación cristiana. No por regusto morbosos sino porque el cristiano tiene sus raíces en el cielo y por tanto no se asimila a las modas, a las opiniones, a los poderes del mundo. Pertenece siempre a Otra cosa, y eso le hace tan atractivo como incómodo. Busca hacerse entender por todos, pero está dispuesto a ser rechazado y golpeado por amor a la verdad que anuncia.

Un aspecto de ese martirio es la condición de extranjero que en cierto modo todo cristiano porta consigo allí donde viva. Es una paradoja sobre la que se ha detenido mucho en estos días: somos elegidos, tenemos la perla preciosa, el secreto de la vida... y sin embargo vivimos dispersos, como extranjeros, sin una ciudad estable en este mundo. Es un asunto que conecta directamente con la misión: ¿de qué se trata? No de engrosar los números de nuestra cofradía (otra entre tantas) sino de permitir que a través nuestro, viendo y tocando nuestra humanidad transformada, otros puedan encontrar al Dios que responde a su sed. De esta forma el cristiano no busca jamás un poder que responda a la lógica del dominio y la fuerza: "La realeza de Jesús, su victoria, consiste en el testimonio de la verdad de un Dios que es amor y que quiere establecer un reino de justicia, de amor y de paz". Por eso la confessio tiene su forma estable en la caritas; la fe actúa mediante el amor, genera una comunidad que hace preguntarse a todos: pero esta vida, ¿de dónde procede?, ¿cómo se puede participar de ella?

Hay un paso final que no podemos dejar de mirar en estos meses trepidantes. La mirada de Joseph Ratzinger al camino de la Iglesia en la historia reciente. No en vano ha gastado todas sus energías en hacer palpable la "renovación en la continuidad", el modo en que la única Iglesia vive y se encarna en el tiempo. A los obispos que habían participado cincuenta años atrás en el Vaticano II les explicó que "aggiornamento" no significa ruptura con la tradición, sino que expresa la continua vitalidad de la Iglesia. No significa reducir la fe rebajándola a la moda de los tiempos sino, como hicieron los padres conciliares, "llevar el «hoy» que vivimos a la medida del acontecimiento cristiano, debemos llevar el «hoy» de nuestro tiempo al «hoy» de Dios".

La Iglesia, dijo a los seminaristas de Roma, es el árbol de Dios, y por eso no hay motivo para que nos dejemos impresionar por los truenos de dentro o de fuera. Y aunque el vendaval arranque las ramas secas y otras parezcan a punto de morir, el árbol siempre renace. Mientras los sabios del mundo peroraban sobre el cansancio del Papa, éste realizaba la afirmación más audaz que pueda imaginarse: "el futuro es nuestro... la Iglesia es el árbol de Dios que lleva consigo la eternidad". Sólo esta certeza explica adecuadamente el paso que ha dado Joseph Ratzinger, un paso que nos explica a todos de qué se trata: pase lo que pase "el futuro es realmente de Dios". Ésta es la gran y humilde certeza que nos ha comunicado hasta el final.

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