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11 DICIEMBRE 2016
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BENEDICTO XVI, lejos de los complejos y prejuicios

Miguel Ángel Iribarne, Buenos Aires

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva". Estas palabras, escritas por el papa Ratzinger en su encíclica liminar Deus caritas est, constituyen la cifra de su modo de abordar lo que el Cristianismo implica para la experiencia humana y el único modo concreto en que entiende la evangelización.

Podemos pensar que ellas iluminan el discurrir de un pensamiento que se ha desplegado diáfanamente desde que su autor se asomara al mundo teológico poco antes del Concilio hasta su servicio pontifical e incluso hasta el mismo acto con el que libremente ha querido ponerle fin.

Joseph Ratzinger es el hombre a través del cual el Papado, luego y en medio aún de las convulsiones de los tiempos, se ha dirigido a la cultura contemporánea sin complejos y con extraordinaria transparencia. Ya hace medio siglo percibió claramente que la sociedad mundial -por entonces in fieri- no podía ser abordada en su dramaticidad interior desde una perspectiva mimética, pero tampoco a partir de una mentalidad supuestamente "restauradora".

Aquella cultura había generado los bienes sin cuenta del desarrollo científico y tecnológico. Había creado las condiciones tecnoeconómicas para realizar de hecho la unidad de la familia humana. Pero se había negado a sí misma el despliegue total de la razón, prohibiéndole a ésta hacer las preguntas últimas referentes al destino. Se trataba de que la Iglesia profundizase en sus propias raíces, con una actitud similar a la de las primeras generaciones cristianas, para que volviese a ser interesante para el hombre de hoy y, quizás, comenzase a sanarlo de sus tentaciones nihilistas.

De esta capacidad de interpelación nacen todos sus juicios concretos. Desde su adhesión sin reservas mentales al concepto de "libertad religiosa" proclamado por el Concilio hasta su ecumenismo y su diálogo interreligioso a partir de la identidad católica, pasando por su afrontamiento franco al tema de la globalización y de la necesidad que plantea de una autoridad mundial capaz de gestionarla subsidiaria y solidariamente.

De esa misma capacidad proceden incluso actos que fueron sumariamente juzgados como "políticamente incorrectos"; tal el discurso de Ratisbona, por ejemplo. Cuando Benedicto XVI formula en esa oportunidad una clara condenación de la fuerza como instrumento de difusión religiosa afecta, sin duda, a corrientes que proliferan en el mundo islámico. Pero al mismo tiempo está proclamando definitivamente la incompatibilidad de la propia Iglesia con esos comportamientos que caracterizaron otros momentos de su historia. Está diciendo, en suma, que si las religiones son fuerzas motrices del "choque de civilizaciones" descripto por Huntington, el Catolicismo no deberá ser contado entre las mismas.

En los días inmediatos florecerán las especulaciones sobre los papabili, el rescate de oscuras profecías y las apuestas en las agencias londinenses. Más allá de todo ello nos interesa destacar que, quienquiera que fuese el sucesor del papa Ratzinger a partir del mes próximo, es a partir de esta nueva relación de la Iglesia con la cultura contemporánea -por él abordada- que se desenvolverá una nueva etapa, quizás vertiginosa pero sin duda fascinante, de la vida de la Iglesia.

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