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5 DICIEMBRE 2016
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>16:00. Martes 26. RENUNCIA BENEDICTO XVI

El mensaje de Benedicto XVI en la era de la globalización

Jorge Castro, Buenos Aires

El punto de partida del nuevo Papado de la Iglesia en la era de la globalización es inexorablemente el legado de Benedicto XVI como pensador católico de la sociedad mundial. Según Benedicto XVI, la tarea más apremiante del mundo de hoy, tras la crisis global 2008/2009, es la creación de una autoridad política mundial, como lo reclamó en su misiva al ex premier británico, Gordon Brown, entonces coordinador del G-20, y lo fundamentó en su encíclica Caritas in veritate.

Ratzinger señaló que "no hay fe sin conciencia histórica", y que una fe privada, ajena al desarrollo histórico, tiene todos los rasgos de la irracionalidad y de los saberes privados, pero no de la fe cristiana. El concepto fundamental de la fe cristiana es el de la Encarnación. La fe (lo absoluto) se hace Hombre, se encarna en la Historia, y la única historia que importa es la del presente. Por eso, la Iglesia debe dar el salto al presente, porque su voz aún proviene del pasado. Ratzinger advierte que la gobernabilidad del sistema global y un crecimiento sostenible e inclusivo, son dos caras de un mismo proceso histórico; y lo que está en discusión ahora es el fundamento -la razón de ser, el sentido- de ese proceso, que se confunde, hasta ser absorbido, por la emergencia de una sociedad mundial. Esta sociedad es una creación de la revolución de la técnica, su logro supremo.

Como tal es una fuerza extraordinariamente poderosa y creativa, pero anónima, objetiva, y endógenamente impulsada. Por eso se requiere establecer una autoridad política mundial, personalizada, legitimada, hondamente vinculada a lo más profundo de la condición humana, que es su trascendencia. "La verdad de la globalización -dice Ratzinger- no está en lo económico, ni en lo técnico, sino en la unidad de la familia humana"; y ésta es la verdad que hay que revelar, y sobre ella fundar la legitimidad de la nueva autoridad política mundial. Las dos civilizaciones decisivas de la nueva sociedad mundial son la estadounidense y la china. En ellas se juegan -y se definen- las bases trascendentes de la autoridad política mundial. Ratzinger es un admirador de la civilización norteamericana, fundada en la separación de la Iglesia y el Estado, pero con un sistema político de raíces hondamente religiosas en su legitimidad. La convergencia de ambas civilizaciones, como las del resto del mundo, se basa en los principios establecidos por Teilhard de Chardin: "Todo lo que asciende, converge (...) y lo que se unifica, en la medida en que lo hace, acentúa sus diferencias". Este es el contenido de la política en el siglo XXI. Atrás ha quedado la simple puja por el poder, de tipo instrumental, meramente técnica. Ahora la disputa es por valores, sobre todo los que fundamentan la convivencia en la nueva sociedad mundial.

El camino de la Iglesia en China está trazado. Lo hizo Matteo Ricci (1552-1610), el "jesuita absoluto", que mostró que la única forma de convertir, es convertirse; y por eso se transformó en uno de los grandes sabios confucianos en la Corte de la dinastía Ming. Este es el legado de Benedicto XVI/Joseph Ratzinger, uno de los grandes intelectuales del siglo, hombre de fe y racionalista profundo, y de las dos cosas, una.

Clarín

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