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2 DICIEMBRE 2016
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Réplica a Obama por Marco Rubio, senador por Florida

Ángel Satué

Recibió el encargo de su partido de pronunciar el pasado 12 de febrero de 2013 /// politicalticker.blogs.cnn.com/2013/02/12/full-text-marco-rubios-republican-response ///la réplica/// al discurso del 44º presidente americano, Barack Hussein Obama II, sobre el estado de la Unión. Todo un signo a la opinión pública sobre sus posibilidades de presidenciable. En su réplica tuvo como eje central la defensa de la clase media frente a la intervención desmedida del estado, y de la libertad económica.

Como anécdota, el Senador Rubio, abogado, que es visto tanto por los hispanos como los WASP como uno de ellos, en parte, gracias a que es bilingüe practicante, durante su discurso necesitó beber agua embotellada, en lo que ha sido tomado por los medios y las redes sociales -no son la misma cosa- como síntoma de debilidad e inexperiencia, que le restaría posibilidades de cara al próximo lance electoral de 2016. Sin embargo, para otros, resultó ser todo un síntoma de frescura.

"Buenas noches. Soy Marco Rubio. Me siento bendecido por servir al estado de la Florida en el Senado de los Estados Unidos". Así comenzó. No tardó en entrar en harina, y recordó que "Presidentes de ambos partidos -desde John F. Kennedy a Ronald Reagan- han reconocido que la fuente de prosperidad de la clase media americana ha sido nuestra economía de libre empresa". Ante este tipo de economía, contrapone el modelo económico de Obama, sustentado en un sistema fiscal expansivo, una economía más intervenida y controlada y, en definitiva, un mayor gasto público.

En este sentido, se preguntaba el Senador por la Florida, "¿la idea de que un gobierno gaste más es la mejor forma de ayudar a la clase media?".

Más gobierno para el Senador supone más incertidumbre en todos los aspectos de la vida, porque implica "más reglas y normas, y el desaliento para innovar, salir adelante, inspirar nuevas ideas, nuevos negocios y nuevos puestos de trabajo".

Cuando podríamos estar pensando en un libertario, más que en un político conservador, pasa a preguntarse por el papel legítimo para el gobierno, y a reconocer que lo tiene: "Tiene un papel crucial en protegernos, hacer cumplir las reglas y ofrecernos cierta seguridad frente los riesgos de la vida moderna. Pero ese papel lo limita nuestra Constitución. Y nuestro gobierno no puede cumplir su papel esencial cuándo ignora esos límites".

Sitúa el crecimiento económico como "la única forma legítima para ayudar a crecer la clase media, y que este no lo favorece mayores impuestos ni mayor gasto". Se mueve, sin duda, en un plano de bienestar y felicidad de tipo material. El Senador, a pesar de católico, queda fuertemente imbuido de un pensamiento protestante (casi calvinista) donde hacer dinero es garantía de independencia y autonomía del individuo, y a su vez motor de comunidad política - y, también, todo un síntoma de Salvación en la otra vida.

Planteó un crecimiento basado en la energía solar y del viento, pero sin renunciar a los recursos naturales con los que "Dios ha bendecido a nuestro país". Sólo nombró un país extranjero, China, en términos de competencia comercial, centrándose en recuperar capacidad industrial cedida a China en la última década, si bien esta medida ya la ha puesto en práctica Obama al instar a Google a producir en EE.UU. También, con Obama, estaba de acuerdo en "reducir los impuestos corporativos", y se refirió, a diferencia del Presidente, a "un sistema de inmigración legal que permita atraer a los mejores y más brillantes profesionales del mundo y asimilarlos a nuestra forma de vida", apostando por una integración de la pluralidad en un usos comunes, en el marco de una fronteras definidas y protegidas, se ve que no sólo físicas, sino también culturales. Situó el sistema educativo orientado al mercado de trabajo, garantía de autonomía y crecimiento económico de la clase media, de modo que "le dé a la gente las habilidades y conocimientos que necesitan para los trabajos de hoy y mañana". El sistema, según su pensamiento, debería ofrecer que "todos los padres, especialmente los padres de niños con necesidades especiales, la oportunidad de enviar a sus hijos a la escuela pública o privada de su elección".

Junto a estas medidas, del pensamiento clásico del Partido Republicano, asoció el drama de una elevadísima deuda nacional incompatible con una clase media vibrante. A lo largo de su discurso se dibuja el contorno del concepto de clase media, como aquella clase de gentes trabajadoras capaces de alcanzar progreso económico si y sólo si no tienen demasiadas interferencias del estado, ni siquiera de aquellas orientadas a dotarla de prestaciones y servicios sociales (que serían innecesarios pues la propia clase trabajadora sería capaz de suministrárselos por sus propios medios). Una búsqueda individualista por la no dependencia.

En cuanto a su política exterior ("el extranjero"), confirmó el papel preeminente de EE.UU. como la única superpotencia con poder global. No en vano Google, Microsoft, Coca Cola, y tantas otras son lo que son por la cantidad de divisiones militares, tecnología y, en última instancia, el convencimiento norteamericano de seguir siendo "indispensable(s) para realizar las metas de libertad, paz, prosperidad y la protección de los derechos humanos. El mundo es más estable porque los Estados Unidos es el país más poderoso. Pero no podemos seguir siendo la nación más poderosa, si no tenemos una economía sostenible". De nuevo, la economía.

Para conseguir un crecimiento económico capaz de crear la clase media norteamericana y hacerla capaz de seguir e intentar el sueño americano, nos dio la receta: "No tenemos que escoger entre un gobierno grande o las grandes empresas. En lugar de eso, necesitamos un gobierno limitado pero eficaz que permita a las pequeñas y nuevas empresas crear empleos para la clase media (...) No tenemos que escoger entre impuestos más altos o negarles a las personas la ayuda que necesitan del gobierno. En lugar de eso, vamos a permitir que la economía crezca para que estemos creando nuevos contribuyentes, en vez de nuevos impuestos, y para que nuestro gobierno pueda seguir ayudando a los que realmente necesitan ayuda".

Reconoció la verdad de la imposibilidad de que "el gobierno pueda (deba) resolver nuestros problemas", dejando ver que tal afirmación no implica una renuncia a un justo acompañamiento de la persona que sufre necesidad por parte de la comunidad (con expresa mención a sus padres). El Senador Rubio lo dice de manera sencilla porque se lo cree.

El peligro en nuestros días es una concepción estatalista del propio estado, y de sus funciones, que él advierte. Cree en un estado generador de condiciones de bienestar más que suministrador del mismo.

Cuando todo parecían recetas económicos, el Senador, realizó un juicio moral sobre los problemas económicos, y los conectó parcialmente "con la descomposición moral en nuestra sociedad", viendo "las respuestas a estos desafíos principalmente en nuestras familias y nuestras creencias, no en nuestros políticos". El político, apelando al pueblo, seguía diciendo: "Nuestra fortaleza nunca ha venido de la Casa Blanca o del Capitolio. Ha venido siempre de nuestro pueblo. Un pueblo unido por la idea americana de que, si uno tiene un sueño y está dispuesto a trabajar duro, nada debería ser imposible".

Terminó, por supuesto, con un Dios les bendiga, al Presidente, y también a EE.UU de América, pero antes puso una imagen en la opinión pública. La de un hijo siendo acariciado por la mirada de sus padres. Unos padres que aunque el hijo esté enfermo o sano, sea de una manera o de otra, desean una vida mejor para él. Y confirma que él no puede prometérsela a esos padres, y que tampoco un "gobierno más grande (no) puede hacer realidad esos sueños". Solo confiando en la libertad económica, aquello, para el señor Rubio, es posible.

Es evidente que habla de la libertad, esa que le es innata al hombre, anterior al propio hombre, de la que éste es mero custodio y usufructuario, y que se sustenta en la dignidad de la persona. Y porque es digna la persona, se debe respetar el ejercicio de su libertad. Y el estado, en sus intervenciones sobre la vida de los hombres, no habrá de olvidar que su máxima función, acaso la más importante, es ser garante de los derechos que preexisten al hombre, de su dignidad, y de su libertad, y su papel e intervención en la economía, la sociedad, la familia... nunca puede menoscabar lo anterior.

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