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7 DICIEMBRE 2016
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>18:00 Martes 26. RENUNCIA BENEDICTO XVI

Amigo de los que buscan

José Luis Restán

A Benedicto XVI le gusta citar a San Agustín cuando dice "que hay muchos fuera que parecen estar dentro y muchos dentro que parecen estar fuera". Me viene esto a la memoria al leer la magnífica columna de Juan Carlos Girauta hoy en ABC. Girauta es un intelectual agnóstico que reconoce el gran valor de este pontificado que ha ayudado tanto a abrir la razón moderna y a liberarla de legañas, prejuicios, autolimitaciones y censuras. Y además denuncia la fatua banalidad con la que muchos medios enfilan estas jornadas, emulando las fantasías enfermizas de Dan Brown y sus muchos secuaces, lamentando que estos días en lugar de recuperar el histórico diálogo entre Habermas y Ratzinger, muchos medios se dediquen a traficar con mercancía de cotilleo, y además de calidad infame.

¡Vaya! A Girauta no podrán acusarle de "oficialista". En realidad es un reflejo más (pero de gran valor) de un amplio agradecimiento que llega estos días desde las filas de eso que podemos llamar confusamente "el mundo laico". En España hemos disfrutado del homenaje al pontífice filósofo por parte de alguien tan distante de la Iglesia como Gabriel Albiac, o de la gratitud de Herman Tertsch por el coraje de Benedicto XVI (de Ratisbona en adelante). Pero allende nuestras fronteras un gran intelectual liberal como Marcello Pera ha dicho que "ahora seremos más pobres", un historiador como Ernesto Galli Della Logia ha reconocido que Benedicto XVI entre por la puerta grande de la historia. Y queda para el recuerdo la increíble amistad de Oriana Fallaci con el Papa Ratzinger... e incluso la confesada admiración de nuestro Francisco Umbral.

Benedicto XVI ha insistido estos años en la necesidad de reparar la gran incomprensión entre fe cristiana y razón europea, que se abrió paso, trágicamente, durante la Ilustración. Esa fue una de las grandes tareas del Concilio Vaticano II: recuperar un diálogo que nunca debió perderse ni por una ni por otra parte. Y eso, naturalmente, sin que las Iglesia pierda un milímetro de su identidad ni de su capacidad crítica respecto de cualquier cultura. Y en su inolvidable viaje a Santiago y a Barcelona, proclamó la necesidad de retomar ese diálogo, y puso a Gaudí como ejemplo para "superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza".

Esta apertura al corazón del hombre moderno, alejado de la tradición cristiana pero en búsqueda del sentido de la vida, es uno de los rasgos definitorios del pontificado que ahora termina, pero es además un legado inexcusable para que reciba la heredad de San Pedro. En su preciosa catequesis del 7 de noviembre nos apremiaba: "En esta peregrinación sintámonos hermanos de todos los hombres, compañeros de viaje también de quienes no creen, de quién está a la búsqueda, de quien se deja interrogar con sinceridad por el dinamismo del propio deseo de verdad y de bien".

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