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7 DICIEMBRE 2016
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>10:00 Jueves 28 RENUNCIA BENEDICTO XVI

Tú sabes que te quiero

José Luis Restán

"¡Benedicto es demasiado puro, demasiado inocente, demasiado santo!". Así se ha expresado el periodista Paul Badde en Die Welt tras la última gran lección del papa alemán. Reconozco mi simpatía inmediata por esta exclamación que nace del espectáculo que contemplamos ayer. Ciertamente en el caso de Joseph Ratzinger la pureza y la inocencia son el misterioso reverso de una inteligencia portentosa. Pero cuidado: sería un error atribuirlas a la mera genialidad personal. Sería una paradoja que exaltándole (finalmente, Dios mío, finalmente) traicionáramos lo que él mismo nos señala de manera incansable.

Decía la pequeña Teresa de Lisieux, la gran doctora: "Cuando soy caritativa, es Cristo quien obra en mí". Y el Papa Benedicto no ha cesado de repetirlo: es el Evangelio escuchado y acogido, es la gracia de Dios distribuida por la Iglesia lo que da fruto en la vida. En la suya ciertamente lo ha dado, y así resplandece ante un mundo que observa descolocado y conmovido.

Cuántas veces lo he visto suceder ante mis ojos de periodista estos años. Que la voz suave y fuerte del Papa acallaba la tormenta en cuanto se dejaba oír. Recuerdo las semanas previas al viaje que le llevaría a Inglaterra y Escocia. Pocas veces se ha visto una inquina semejante contra el Sucesor de Pedro: mofas, calumnias, vituperios, manifestaciones en la calle, basura contra el rostro del Vicario de Cristo. No era la legítima discrepancia, el debate razonado frente a las incómodas propuestas de la Iglesia: era un odio mezcla de resentimiento e ignorancia que amenazaba contaminar todo el clima social ante la visita. Pero llegó Benedicto y en cuanto su verdadero rostro y sus palabras ocuparon la escena la mar brava se calmó. Recuerdo que entonces titulé: "Se acabaron los esperpentos, ahora habla el Papa". Y aquella visita que parecía encanallada nos brindó algunas de las imágenes más bellas del pontificado, especialmente en la vigilia de Hyde Park, donde cien mil jóvenes oraron con velas encendidas mientras su pastor permanecía arrodillado frente a Jesús eucaristía.

Y lo mismo sucedió en Berlín, en Nueva York o en París. ¿Demasiado puro, demasiado inocente? ¡No demasiado!: simplemente cristiano, sencillamente conquistado por esa Luz que es a la vez verdad y belleza, razón y amor. Cautivado por un rostro presente al que ha seguido cada hora de su vida: "sí, Señor, tú sabes que te quiero"                             

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