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4 DICIEMBRE 2016
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A modo de Introducción

José Luis Restán

Querido Santo Padre:

Dentro de pocas horas ya no podré seguir llamándote así. Aún recuerdo aquella escena inicial en la que pedías a los cardenales que acababan de elegirte: "Vi prego, non mi lasciate solo" (os lo ruego, no me dejéis solo). Y creo sinceramente que el buen pueblo cristiano siempre ha estado junto a ti, gozando y sufriendo contigo. Como creo que la inmensa mayoría de tus colaboradores han querido servirte con sincero corazón, aunque a veces hayan sentido que volabas tan alto que era difícil seguirte. Y no me refiero a la altura de tu pensamiento prodigioso sino a la belleza transparente de tu testimonio cristiano. También yo, en el micrófono y con la pluma, he intentado estar cerca de tu infatigable presencia. A lo largo de los tres volúmenes de este Diario de un Pontificado he tratado de reflejar algo de la riqueza que has sembrado por el mundo a manos llenas, y he tratado de hacerla llegar a más y más gente, sencillamente para que les ayudase a vivir.

Porque como dijiste hace años el cristianismo es realmente el arte de vivir y es un arte que pocos como tú han sabido enseñar. Una vez, hablando del teólogo Erik Peterson, le aplicaste el versículo de la Carta a los Hebreos según el cual "no tenemos aquí una ciudad permanente sino que vamos en busca de la futura... Peterson se quedó durante toda su vida privado de una base segura y sin una patria cierta, en camino con la fe y por la fe, en la confianza de que en este estar en camino sin morada, estaba en casa de otra manera y se acercaba cada vez más a la liturgia celeste, que le había impresionado". Me ha venido a la mente este pasaje, entre los miles que han pasado bajo mis ojos estos años, porque tengo la sensación de que hablando de este teólogo de origen evangélico (del que te sentías tan cerca) hablabas en el fondo de tu propia vida. Lo veo más claro ahora, desde el anuncio de tu renuncia al Ministerio de Pedro.

En el fondo siempre has sido un poco "extranjero" en cada lugar. Lo fuiste en Alemania como teólogo, en el fragor de la batalla estudiantil. Lo fuiste como joven arzobispo de Munich porque rompías los esquemas de unos y de otros. Lo fuiste en Roma como Prefecto, siempre ajeno a cordadas, independiente de la lejía de los medios, desconcertante para los que confunden la Tradición con su acostumbrado esquema. Y lo has sido estos casi ocho años de pontificado apasionante. Desde luego que siempre has sabido que no tenemos aquí una morada permanente y vaya si lo has demostrado. Porque el cristiano no hunde sus raíces en la tierra, sino arriba, en el cielo.

En estos años me ha impresionado tu simpatía por cada hombre y mujer fuese cual fuese su situación. Siempre veías más allá de las apariencias, siempre detectabas esa grieta por la que se cuela la sed del Infinito, la búsqueda de un bien y una belleza cuyo nombre tantos desconocen. Quizás hayas sido el primer Papa, en muchos siglos, consciente de que hablaba a un mundo que en su mayor parte ya no era cristiano. Y es impresionante cómo le has hablado a ese mundo: en Ratisbona, en Nueva York, en Los Bernardinos de París, en el Bundestag... ¿Sería exagerado decir que hablabas como un nuevo Agustín o como un León Magno del siglo XXI? Creo que no.

Se lo dijiste a los seminaristas de Roma en ese último encuentro: la Iglesia es el árbol de Dios y por eso siempre tiene futuro. Un árbol sacudido por la tormenta, que pierde muchas ramas, que a veces parece morir a causa de los pecados de sus miembros, a causa de nuestra falta de fe. Y sin embargo siempre renace porque lleva consigo la simiente de la vida eterna. Sí, el Señor se cuidará de su Iglesia, yo estoy tranquilo. Pero siempre la cuida a través de las manos y el corazón de personas. Y aunque te repelen el halago y los aplausos déjame darte las gracias por la dicha de estos años. Se lo dijiste al colega Peter Seewald: hay veces que el Señor escoge a alguno de los suyos y hace historia.

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