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4 DICIEMBRE 2016
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>ELECCIÓN PAPA FRANCISCO

No somos dueños de los dones del Señor

Gianni Valente

En Buenos Aires algunos párrocos han tomado iniciativas para facilitar e incentivar a toda costa la celebración de nuevos bautizos. ¿Qué les empuja?


JORGE MARIO BERGOGLIO: La Conferencia del episcopado latinoamericano que se desarrolló en 2007 en Aparecida nos llamó a anunciar el Evangelio yendo a buscar a la gente, sin quedarnos sentados en la Curia o en la casa parroquial esperando que la gente venga a nosotros. En el antepenúltimo párrafo, el documento de Aparecida da un salto hacia atrás de treinta años y vuelve a la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI, que describía el «fervor apostólico» como «la dulce y confortadora alegría de evangelizar», de «proclamar con alegría la Buena Nueva conocida gracias a la misericordia del Señor». Pero esto no se expresa básicamente programando iniciativas o eventos extraordinarios. Precisamente la Evangelii nuntiandi repetía que «si su Hijo ha venido al mundo ha sido precisamente para revelarnos, mediante su
palabra y su vida, los caminos ordinarios de la salvación». Es lo ordinario lo que se puede hacer en clave misionera. El bautismo es paradigmático de esto. Creo que los párrocos de Buenos Aires se han movido con este espíritu.


¿Considera que la solicitud a la hora de facilitar el bautismo va ligada a situaciones particulares y locales, o es un criterio que se les puede sugerir a todos?


BERGOGLIO: La solicitud a la hora de favorecer de todos los modos posibles la administración del bautismo y de los demás sacramentos afecta a toda la Iglesia. Si la Iglesia sigue a su Señor, sale de sí misma, con valor y misericordia: no se queda encerrada en su autorreferencialidad. El Señor lleva a cabo un cambio en aquel que le es fiel, le hace levantar la mirada de sí mismo. Esta es la misión, este es el testimonio.

En el subsidio al bautismo preparado y distribuido por la diócesis de Buenos Aires se responde a las posibles críticas de quienes dicen que los sacramentos no han de baratearse y que hay que mantener firmes los requisitos exigidos de preparación y disposición. ¿Son críticas legítimas?


BERGOGLIO: No hay ningún tipo de barato. Los párrocos se atienen a las indicaciones de los obispos de la región pastoral de Buenos Aires, que respetan todas las condiciones que aparecen en el Código de Derecho canónico, según el criterio-base expresado en el último canon: la ley suprema es la salvación de las almas.


Según usted, ¿se justifican de algún modo los casos en los que se les niega el bautismo a los hijos orque los padres no viven en una situación matrimonial canónicamente en regla?


BERGOGLIO: Aquí esto sería como cerrar las puertas de la Iglesia. El niño no tiene ninguna responsabilidad del estado del matrimonio de sus padres. Y además, suele ocurrir que el bautismo de los niños se convierte también para los padres en un nuevo inicio. A menudo se hace una pequeña catequesis antes del bautismo, de más o menos una hora; luego una catequesis mistagógica durante la liturgia. Luego, los sacerdotes y los laicos van a visitar a estas familias, para seguir con ellos la pastoral posbautismal. Y con frecuencia ocurre que los padres, que no estaban casados por la iglesia, piden venir frente al altar para celebrar el sacramento del matrimonio.

 

A veces pasa que los ministros y los agentes pastorales adoptan una actitud casi de "dueños", como si estuviera en sus manos el poder conceder o no los sacramentos.


BERGOGLIO: Los sacramentos son gestos del Señor. No son prestaciones o territorios de conquista de curas u obispos. En nuestra nación, tan amplia, hay muchos pueblitos adonde es difícil llegar, por lo que el cura va una o dos veces al año. Pero la piedad popular siente que los niños han de bautizarse lo antes posible, y entonces en esos lugares hay siempre un laico o laica conocidos por todos como bautizadores, que bautizan a los niños cuando nacen, en espera de que vaya el cura. Cuando éste llega, le llevan a los niños para que los unja con el santo óleo, concluyéndose así la ceremonia. Cuando pienso en esto, me sorprende siempre la historia de esas comunidades cristianas de Japón que estuvieron sin sacerdotes durante más de
doscientos años. Cuando llegaron los misioneros los encontraron a todos bautizados, todos estaban casados regularmente por la Iglesia y todos sus difuntos habían sido enterrados cristianamente. Aquellos laicos habían recibido solamente el bautismo, y en virtud de su bautismo habían vivido también su misión apostólica.


Según algunos, sin adecuada conciencia y preparación el rito sacramental puede convertirse en cosa "mágica" o mecánica. ¿Qué piensa usted?


BERGOGLIO: Nadie piensa que no haya que hacerse catequesis. Preparar a los niños para la confirmación y la comunión. Pero siempre hay que mirar a nuestra gente tal como es, y ver qué es más necesario. Los sacramentos son para la vida de los hombres y las mujeres tal como son. Gente que puede que no sea de mucho hablar, pero que tienen un sensus fidei que comprende la realidad de los sacramentos con más claridad que muchos especialistas.


En su experiencia pastoral, ¿puede contar algún episodio que ponga de manifiesto este sensus fidei?


BERGOGLIO: Hace justo unos días bauticé a siete hijos de una mujer sola, una viuda pobre, que trabaja haciendo limpieza y que los había tenido de dos hombres diferentes. Yo la había conocido el año pasado en la fiesta de San Cayetano. Me había dicho: padre, estoy en pecado mortal, tengo siete hijos y nunca los he bautizado. Había llegado a esta situación porque no tenía dinero para que vinieran los padrinos que estaban lejos, o para pagar la fiesta, porque siempre tenía que trabajar... Le propuse que nos viéramos para hablar de ello. Nos hablamos por teléfono, vino a verme, me decía que nunca conseguía encontrar a todos los padrinos y juntarlos... Al final le dije: vamos a hacerlo con solo dos padrinos, que representarán a los otros. Así que vinieron todos y tras una pequeña catequesis los bauticé en la capilla del arzobispado. Después de la ceremonia hicimos un pequeño refresco. Una coca cola y bocadillos. Ella me dijo: padre, no me lo puedo creer, usted hace que me sienta importante... Yo le respondí: señora, yo no tengo nada que ver en esto, es Jesús quien hace que sea usted importante.

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