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9 DICIEMBRE 2016
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Custodio de la heredad de San Pedro

José Luis Restán

Como Benedicto XVI hace ocho años, tampoco el Papa Francisco ha querido detallar un programa de gobierno. Fijándose en la figura de San José, ha explicado que lo primero es estar a la escucha de lo que diga el Señor, estar disponible a sus proyectos y leer sus signos, porque "Dios no quiere una casa construida por el hombre sino la fidelidad a su Palabra, a su designio". También el Papa Ratzinger sorprendió al decir que no quería imponer sus ideas sino ponerse a la escucha, junto con toda la Iglesia, de lo que quisiera decir el Señor.

Partiendo de la liturgia del día el Papa Francisco ha reflexionado ante su pueblo sobre la tarea de custodiar encomendada a José, el siervo bueno y fiel, el hombre justo a quien Dios quiso poner al frente de su casa en Nazaret. Custodiar la creación, la obra de Dios, es una tarea en la que toda persona se sabe involucrada. Custodiar indica que no llevamos la iniciativa, que respondemos a un hecho que nos precede. Por eso quien custodia, en primer lugar obedece. Esa es la primera tarea del sucesor de San Pedro: obedecer a la iniciativa de Cristo, seguir la forma que Él ha dispuesto para salvar al mundo... aun cuando nuestra razón no abarca sus designios.

Custodiar es tarea para todos, ha dicho el papa Francisco, hablando desde el primer momento a un mundo en el que muchos no son cristianos. Pero enseguida se hace evidente que para llevar a cabo esta tarea, cada uno en su dimensión propia, hace falta una fuerza que venga de lo Alto: "Guardemos a Cristo en nuestra vida para guardar a todos, para salvaguardar la Creación". Custodiar es también una tarea confiada por Cristo resucitado al apóstol Pedro: custodiar el don de la fe en su pureza e integridad; custodiar la unidad de los creyentes; custodiar la dignidad de toda persona, especialmente de los más débiles, de los abandonados y los pobres. Y debe hacerlo con bondad, incluso con ternura, porque sólo así reflejará el corazón de un Dios que ha llegado a la "locura" de permitir que su Hijo muera en la cruz para salvar este pobre mundo. En todo esto Pedro no inventa, no diseña, no impone su plan. Pedro escucha, sigue y obedece, y sólo en esa medida puede levantar su voz ante unos y otros. Y así advirtió de que "en todas las épocas de la historia hay Herodes que traman planes de muerte", y pidió a los poderosos que pongan coto a los signos de destrucción y de muerte en la historia.

Sabemos ya, porque lo ha repetido hasta la saciedad, que Francisco entiende su ministerio indisolublemente unido a la cruz. Así fue para Pedro, así ha sido en adelante para sus sucesores. Jesús otorgó al pescador el encargo de confirmar en la fe, de atar y desatar. Pero su único poder es servir como Cristo que muere en la cruz. Sólo de ahí brota una misericordia que no es de este mundo, con una palabra que sólo es eco de la única Palabra que salva. El único bagaje de Pedro para emprender semejante tarea es el amor, confesado por tres veces con el trasfondo de su propia debilidad y traición. Francisco inicia su ministerio "para hacer brillar la estrella de la esperanza" en medio de tantos cúmulos de cielo gris. Así comienza un nuevo tramo de la historia de la Iglesia, con el eco de aquellas palabras que estuvieron en el origen de este nuevo capítulo: "la Iglesia sólo es de Dios y Él no permite que jamás se hunda".          

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