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4 DICIEMBRE 2016
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>Anticipo del libro Cristianos y Leones

Contra la cortina de silencio

Fernando de Haro

"Fernando, tu artículo tiene una errata". Mi amigo Lorenzo, redactor jefe de un periódico italiano en el que escribo me llama poco. Nos mantenemos en contacto a través del correo electrónico. Así que cuando vi su número en el móvil lo cogí pronto. Lorenzo es tímido y dio algunas vueltas hasta decirme que me había equivocado, que la cifra de 100.000 cristianos asesinados al año tenía que estar mal porque suponía una muerte cada cinco minutos. Los lectores ya le habían avisado. "No, Lorenzo, por desgracia, la cifra es correcta. Ni yo me he equivocado al escribirlo ni vosotros al publicarlo", le contesté. Hay estimaciones serias que elevan el número de asesinados de 100.000 a 130.000. Esos son los que pierden la vida. Hay otros 100 millones que sufren algún tipo de restricción de sus libertades por el mero hecho de estar bautizados.

El cristianismo es la religión más perseguida del planeta. No es que lo diga Benedicto XVI. Lo certifica una publicación tan laica como The Economist. El semanario, en un artículo titulado "Cristianos y leones" de finales de 2011 aseguraba que "la fe más seguida en el mundo está acumulando perseguidores. Incluso los no cristianos deberían preocuparse por ello. El cristianismo está creciendo casi al mismo ritmo que la humanidad misma: pero sus 2.200 millones de fieles no pueden contar con la seguridad de los números". En Siria los que dicen luchar por la primavera árabe y contra la tiranía los han convertido en objetivo de sus ataques. En Iraq se ha producido una auténtica limpieza étnica que ha provocado el exilio de más de 600.000 bautizados desde la guerra de 2003. En la India, el terror amarillo del hinduismo radical arrasa pueblos enteros. En Pakistán la Ley de la Blasfemia se usa para asesinarlos o para meterlos en prisiones en las que se pudren. En China los bautizados siguen siendo internados en campos de concentración peores que los que utilizaban los nazis o los soviéticos. En África el islamismo los ha puesto en el objetivo. Hay muchos en el mundo que todas las mañanas, al levantarse, tienen que elegir entre su fe y la posibilidad de perder la vida. No son historias que ocurrieran en tiempos del Imperio Romano. Esto sucede en el comienzo del siglo XXI. No son relatos edificantes, más o menos verídicos, para cautivar a almas cándidas. Este es un libro lleno de datos, de nombres, de información. Atreverse a leerlo es atreverse a romper la cortina de silencio que un Occidente biempensante ha extendido sobre un asunto que le parece desagradable, incómodo. Ese Occidente tan dispuesto a defender otras sacrosantas causas no quiere oír hablar de la libertad que les falta a los cristianos.

Lorenzo me había pedido que dedicara mis 60 líneas semanales a este asunto porque sabía que estaba metido de cabeza en el tema. Todo había empezado en Almería. En la costa, en un pueblo precioso que en un tiempo fue minero, pasaba algunos días de Navidad con mi familia. El 1 de enero de 2011, después de habernos acostado temprano, entramos en el único bar que había abierto para tomar un café. La televisión emitía las imágenes de una masacre en la ciudad egipcia de Alejandría. 21 cristianos habían sido asesinados mientras celebraban la entrada del nuevo año. "¡Pobres criaturas!", exclamó la persona que nos atendía con esa expresión tan llena de ternura que tiene el mejor andaluz. Las dos palabras se me quedaron en la memoria.

Yo había estado allí. A finales de los 80 había pasado un verano con un grupo de coptos. "Copto" es la palabra que se utiliza para designar a los cristianos egipcios. Había estado en sus casas, había visitado los monasterios del desierto, había rezado y me había divertido con ellos. Había conversado casi hasta despuntar el alba sobre cómo se vive en un país de mayoría musulmana, sobre sus deseos de un Egipto mejor. Me había tatuado, como ellos, una cruz en la muñeca. Y también había estado en Iraq, a mediados de los 90, para hacer una serie de reportajes sobre las consecuencias del embargo. Y había conocido de cerca la vida de los caldeos, los cristianos iraquíes que han protagonizado el más terrible éxodo de los últimos años. Yo había estado allí y yo contaba, en el informativo de televisión que dirigía y presentaba, casi todos las semanas, un nuevo ataque, un nuevo atentado que hacía correr su sangre. Pero, en cierto modo, me había acostumbrado.

"¡Pobres criaturas!". Aquella persona sencilla, que probablemente hubiera tenido dificultades para señalar en el mapa dónde se encuentra Alejandría o Bagdad, tuvo una verdadera compasión que a muchos de los que nos dedicamos a la información nos falta. Su reacción empezó a dar forma a una idea que estaba todavía brumosa. Días después un artículo del diario El País ayudó a concretarla. Bernard Levy es uno de los intelectuales más conocidos de Francia. Al filósofo, que siempre ha dicho ser agnóstico, le había pasado lo mismo que al camarero de Almería. Y se había puesto a escribir. "Este atentado -decía Levy refiriéndose a lo que había sucedido en Alejandría- es la culminación de una serie de ataques que, en Nigeria, Filipinas y otros lugares, han ensangrentado la noche de Navidad". "Benedicto XVI -explicaba Levy- tiene sobrados motivos para afirmar que actualmente los cristianos son el grupo religioso que sufre «la mayor persecución en el mundo»". El francés sostenía que cuando el mundo árabe prescindió de los judíos y de su memoria, se cometió un crimen irreparable. Lo mismo podía suceder con los cristianos, lo que sería una nueva pérdida total, una nueva ruina espiritual y moral, un nuevo desastre civilizatorio y cultural. El no creyente pedía una oración: "Hay que hablar. Hablar cuanto sea necesario. Dar fe. Indignarse. E incluso, los que pueden, rezar". Tres semanas después insistía: "¿Permiso para matar cuando se trata de los fieles del Papa alemán? ¿Permiso, en nombre de otra guerra de civilizaciones no menos odiosa que la primera para oprimir, humillar, torturar? Pues no. Hoy, hay que defender a los cristianos".

"¡Hay que hablar!". "¡Pobres criaturas!". Cuando el camarero y el filósofo están de acuerdo conviene hacerles caso. Había que ponerse a escribir para no acostumbrarse, para que muchos más pudieran saber lo que estaba pasando.

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