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8 DICIEMBRE 2016
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Curó a Gran Bretaña pero nos regaló la crisis

John Waters

Naturalmente no es plausible que una mujer llegara tan alto en el panorama de la política británica (la primera mujer y, hasta ahora, la única mujer, que ha llegado a tener tal poder y tal relevancia) y fuera más determinante que todos los hombres que la han sucedido. En el transcurso de los años ochenta (la década más turbulenta de todas), parecía que se hubiese inventado a sí misma como un personaje de cómic, esa "Dama de hierro", resuelta, imposible de derrumbar y nada dispuesta a revisar sus decisiones sobre cada cuestión; esa mujer que declaraba que no había ninguna alternativa a su propuesta.

Su determinación en perseguir su visión de las cosas, su filosofía (o como quiera llamársela ahora) parecía, a veces, favorecer el desastre dado su rechazo a adaptarse o corregir el particular menos importante de sus afirmaciones iniciales. Sobre diferentes tipos de cuestiones (las huelgas de hambre de los republicanos irlandeses, la guerra de las Malvinas, las huelgas de los mineros) a menudo parecía existir simplemente para repetir lo que ya había dicho: que no se daría una rendición a la tiranía, al terrorismo o al chantaje moral. Teniendo en cuenta que la política es el arte de lo posible, lo que implica procesos de negociación, a partir de su primera fase como Primer Ministro podía creerse que estas posiciones eran tácticas o retóricas. Pero tras una y otra situación, la señora Thatcher mostró que era seria. Y que no era una mujer de cambios de opinión. Gradualmente, lo que había parecido el comportamiento de una mujer áspera se transforma en algo más: una persona genuinamente resuelta, cuyas perspectivas en evolución se habían transformado en principios y no eran, por lo tanto, materia de negociación.

Estas reacciones de Margaret Thatcher hicieron que la inicial complacencia de las generaciones de izquierda emergentes, nacidas en la cultura de las revoluciones de los años sesenta, se transformaran en algo parecido al odio (y a veces, incluso algo peor). "Thatcheriana", entonces, era el peor apelativo que se podría haber dado a alguien, un lema retórico bastante vacío, que no tenía en realidad necesidad de encontrar fundamento en la sustancia de ninguna idea ni narrativa política. Bastaba el prejuicio.

La señora Thatcher se convirtió en el blanco de burlas y ataques violentos de una nueva generación de teóricos, comentaristas, cómicos, músicos británicos, y sí, de feministas; estas últimas consideraban su dureza como una traición a los valores femeninos (era, decían, un hombre disfrazado). Y, sin embargo, ella no se plegó. De hecho, al menos en público, parecía felizmente consciente del resentimiento, muchas veces de naturaleza personal, que crecía hacia su persona.

Su ataque violento contra el sindicalismo militante, el tratamiento implacable reservado a los mineros en huelga, su insistencia en movilizar masivos recursos militares para defender un minúsculo y olvidado territorio británico en el sur del Atlántico, su aparente insensible indiferencia por la suerte de los exponentes del IRA en las huelgas de hambre - todas estas situaciones alimentaron nuestro sentimiento creciente de que esta mujer era un cúmulo de poder oscuro, carente tanto de calidad como de compasión y ternura, algo normalmente asociado a la feminidad. Pero todo esto que se decía, parecía no afectarle.

Para entender a la Thatcher, tenemos que indagar más allá de los estratos superficiales de la ideología. Era una mujer sobre la cual se había puesto el peso de una gran responsabilidad y que, por naturaleza, se tomaba la responsabilidad tremendamente en serio. Cuando entró en el número 10 de Downing Street por primera vez, en mayo de 1979, se vio cargada con la responsabilidad de salvar Gran Bretaña del umbral de la bancarrota y de la ruina, desgarrada por una década de huelgas; del declive económico y la impotencia política. Gran Bretaña se había paralizado durante dos décadas por un socialismo que cojeaba, por un sindicalismo malsano y por la herencia de políticas de vivienda y bienestar desastrosas. Los ingleses, golpeados por las huelgas y cortes de suministro, después de ver las montañas de basura acumuladas por las calles, se encontraban en el umbral de la desesperación. 

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