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2 DICIEMBRE 2016
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La tempestad y el corazón: aluvión en Buenos Aires

Horacio Morel

Sin embargo, en la madrugada se desató sobre la ciudad un inclemente temporal de lluvia y viento, que rápidamente anegó las calles convirtiéndolas en verdaderos ríos. Muchos barrios de esta gran ciudad que en estos días ha dado un sucesor de Pedro a la Iglesia, quedaron inundados y sin energía eléctrica.

Los datos pluviales hablan de un caudal de lluvia excepcional, pero es cierto que la ciudad quedó bajo agua cuatro veces en los últimos dos años y medio, lo que indica que el cambio climático ha hecho de las suyas en estas latitudes, y que la infraestructura de Buenos Aires, con varios cursos de agua subterráneos que hace muchísimos años fueron entubados para construir grandes avenidas en la superficie, no está preparada para soportar este tipo de tormentas.

Las imágenes de la televisión de las primeras horas de la mañana del martes eran lamentablemente conocidas, por repetidas: autos flotando a la deriva en las calles, casas y comercios invadidos por las aguas, gente llorando y protestando por haberlo perdido todo, noticias aún imprecisas de algún caso fatal por ahogamiento o electrocución.

Entretanto, la impericia y la negligencia de los políticos ofrecían a la población un nuevo capítulo al expresar las excusas del caso por las obras públicas impostergables aún no realizadas.

En horas de la tarde, el temporal avanzó hacia el sur, hacia la ciudad de La Plata, capital de la provincia ubicada a sesenta kilómetros de Buenos Aires. Recogemos el dramático testimonio de Jerónimo, un padre de familia que nos relata descarnadamente en orden cronológico lo que le tocó vivir en las interminables horas en que la tormenta se convirtió en aluvión, pánico y muerte:

"17,30hs. Me levanté de la siesta. Ya llovía. A las 18 la lluvia era sumamente intensa, miraba por la ventana y de la cantidad de agua que caía no veía la casa de enfrente.

18,30hs. El patio de casa no absorbió más y el agua comenzó a entrar. Improvisé para la puerta una barrera para parar el agua con una madera de 30cm. de altura y levanté con dos tacos de madera la mesa de ping pong de mis hijos. Ana, mi esposa, sacaba el agua que alcanzaba a entrar con secador y trapo. La lluvia se hizo más intensa aún y el agua empezó a entrar por adelante, ya teníamos al agua con nosotros dentro de casa. La calle se había convertido en un río, el agua arriba de los zócalos apenas nos daba tiempo para levantar los placares que había construido para la ropa de mis hijos. Los chicos divertidos con la escena armaban barquitos de papel...

19,00 hs. El agua a las rodillas, tirábamos arriba de las cuchetas ropa y demás cosas, los chicos ahora lloraban, ya no había juegos, solo preguntas: "¿Papi estás preocupado?".

19,30hs. Afuera 1m. de agua, adentro 80cm. Tratábamos con mi esposa de salvar cosas. Instintivamente ya pensábamos en salvar algo, supongo lo más valioso para cada uno: Ana la ropa de Ana Clara (40 días); los chicos, Jere (10 años), Mati (8 años) y Luciano (6 años), los tres tenían las mismas prioridades, en primer lugar la playstation (que yo hubiera tirado al agua felizmente), y las guitarras; y yo (avergonzado de mi ranking) no pensé en ninguna herramienta de trabajo, mi orden fue: guitarra, raquetas y cámara fotográfica.

20,00hs. (ya sin energía eléctrica) a las sillas arriba de las cuales estaban parados los chicos ya les daba el agua. Entonces coloqué arriba de otras cuatro sillas la mesa del living y subí a los tres niños, a su madre y a la bebé, que lloraban del miedo. Se hacía difícil circular por la casa, todo flotaba: sillas, libros, papeles, sillones, hasta la heladera. Las preguntas continuaban: "¿Papi nos vamos a morir?" "¿Se va a caer la casa?" Ana propuso rezar, pero una catarata de epítetos herejes del menor de los varones cuestionó: "para qué rezarle a Jesús, si hace lo que nos está haciendo."

20,30hs. Un metro de agua adentro de casa. Llamo a mi suegro y a mi padre, para saber cómo estaban ellos. Fueron los últimos llamados que logré hacer, y fueron providenciales, ya que no logré comunicarme con nadie más. La calle era ya un río caudaloso que arrastraba todo. Los vecinos que podían huían, los que no gritaban pidiendo auxilio. Los niños ahora nos pedían rezar. El agua seguía subiendo. No puedo explicar con palabras lo que sentía en ese momento. Tenía arriba de la mesa del living mi tesoro más valioso y no sabía cómo salvarlo. Hubiese dado absolutamente todo para poder tenerlos en un lugar seco y seguro. En ese momento, no sabíamos si el agua se iba a detener ahí o si iba a llegar a 2 metros, o hasta el techo.

21,00hs. Noche cerrada, la lluvia no paraba. Se me ocurrían cosas descabelladas, como subir de algún modo a toda la familia al techo de casa, pero no tenía escalera. En medio de la desesperación escucho a mi padre que me llama por la ventana con un grito. No sé cómo llegó, porque era prácticamente imposible acercarse a la casa, estaba acompañado por mi primo Ber.

21.30hs. Deliberamos un rato el plan de salvataje ya que la maniobra era sumamente riesgosa. Afuera ahora llovía con mucho viento. Había que cruzar la calle que era un turbulento rio nocturno de 1,2m de altura.

21,45 hs. Primer viaje de una cuadra y media esquivando zanjas, escalones y escombros. Mi primo había hecho un relevamiento del terreno y sabía dónde estaban los principales obstáculos. En el primer viaje fuimos papá, mi primo con Mati a caballito, y Jere a caballito mío. Ana, Luciano y Ana Clara esperarían arriba de la mesa nuestro regreso. Sentí mucho miedo cuando salí, y mucho más cuando tuve que cruzar la calle, el agua empujaba fuerte y apenas podía mantener el equilibrio. Llegamos al auto de mi padre sanos y salvos, dejamos a Jere y Mati que se quedaron con mi papá y volvimos al rescate de los restantes. Ana cuenta que en nuestra interminable ausencia Luciano le pedía rezar, porque temblaba asustado. Entré a la casa esquivando libros, sillas y muebles que flotaban, mi esposa me pasó a bebé, mi primo cargó a Luciano y salimos. Tenía pánico, estaba por cruzar un río caudaloso de 1,2m con lluvia y viento, de noche, con un bebé de 40 días de vida. Crucé con Ana Clara envuelta en toallas y frazadas, abrazándola a la altura de mi cuello para que no se mojara. Imprevistamente, mi mujer Ana trastabilló y casi la arrastra el río, pero mi primo le tendió la mano y pudimos los cinco seguir la travesía. Dimos vuelta la esquina, yo caminaba rápido, Ana Clara dormía; increíble, dormía! Llegamos al auto, mi papá nos estaba esperando. Yo estaba aturdido, no sé que dije, no me acuerdo.

22,30hs. Llegamos a mi casa paterna. Baje primero, golpee la puerta, salió mi mamá. Me abrazo en un abrazo interminable. Lloré sin lágrimas, tenía un nudo en la garganta. Nos abrazamos con mi amadísima esposa. Abracé a mis hijos. Estábamos sanos y salvos. En ese momento no me importaba absolutamente nada ni la casa, ni nada de todo lo que perdimos. No pude dormir, pasé la noche en vela recordando y agradeciendo profundamente a Dios el habernos acompañado y protegido esa noche, hay gente que no pudo pasar de esa noche.

3,30hs. Sonó el teléfono. Mi suegro necesitaba ayuda. No pude usar su camioneta porque el agua le llegaba a las ventanillas. En el camino no dejaba de sorprenderme de la catástrofe que estábamos viviendo. Autos volcados por el agua, gente deambulando por las calles buscando a sus familiares y amigos, familias enteras en la calle caminando con algunas pocas pertenencias, calles llenas de escombros y barro, sin luz. Todo muy desolador.

8,00hs. Volví a mi casa, entré y vi la mesa que nos había servido de refugio el día anterior patas para arriba y lloré, lloré muy angustiado. Supongo que fue largar toda la tensión que tenía contenida de lo vivido el día anterior. La casa estaba toda dada vuelta. Creo que ni intencionalmente se puede armar semejante desastre.

11,00hs. Estaba solo en la casa, hice el duelo por todo lo perdido. A partir de ese momento fue todo sorpresa, emoción y alegría por las muestras de apoyo y solidaridad recibidas de parte de todos. Y agradecí a Dios, que escribe derecho sobre renglones torcidos, por salvarnos y hacernos entender en una tarde-noche lecciones que no aprenderíamos en años".

En efecto, la respuesta solidaria del pueblo fue espontánea y conmovedora. Jorge, otro amigo de La Plata respondió mi llamado con este mensaje: "Gracias querido amigo, nos encontramos bien y con fuerza. Ante el ineficiente, lento y mal intencionado aparato estatal (municipal, provincial y nacional), la disponibilidad de la gente, en especial los jóvenes desde Cáritas, Banco Alimentario, Cruz Roja, parroquias y colegios católicos y algunos centros evangélicos, dieron respuestas humanas ante semejante catástrofe. Como dijo un fiel de mi barrio: el ‘efecto Francisco' sensibilizó nuestros corazones a la acción misericordiosa de Cristo. Un abrazo".

Fue una enorme prueba de solidaridad, y también de subsidiariedad: la ayuda de las organizaciones intermedias superó ampliamente en cantidad y eficacia a la oficial. A más de una semana del aluvión, los políticos aún se pelean entre ellos por la cantidad de muertos (oficialmente 52, pero aparentemente algunos más) y por responsabilizarse recíprocamente por lo sucedido.

Todos debimos hacer limpieza profunda de nuestras casas, desprendernos de lo ya inútil y de lo aún útil para darlo a otros, acompañar a quienes sufrieron más, contemplar de frente la realidad respondiendo a la natural pregunta que surge por el sentido de todo.

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