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4 DICIEMBRE 2016
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>Presentación de los libros `En Él solo la esperanza` (BAC) y `Mente abierta, corazón creyente` (Publicaciones Claretianas)

La vida de Dios en nosotros no es un lujo sino el pan cotidiano

José Luis Restán

Nos decía Francisco que en la historia del pueblo de Dios siempre ha existido la tentación de eliminar una parte de la fe, y a renglón seguido, ejerciendo su ministerio petrino de confirmarnos en la fe, recordaba: "la fe no admite arreglos y componendas, no podemos negociarla ni venderla al mejor postor; la fe es tal como la confesamos en el Credo".

Pues bien, en estos libros encontramos la traza de la fe en un hombre, un cristiano, un obispo, ahora llamado a calzar las sandalias del pescador. Y en este tiempo en que corremos el riesgo (lo corre el pueblo sencillo, quizás lo corremos todos) de relacionarnos más con los fantasmas que construyen los medios, más con un diseño virtual que con la realidad de carne y hueso, aquí se nos ofrece un punto firme para juzgar las imágenes que se nos proponen.

La fe del hombre Jorge Bergoglio, la fe del papa Francisco no es, desde luego, como agua de rosas; tal como podemos seguir su rastro en estas páginas es un vino denso y con cuerpo, o un buen aceite que alimenta y da cuerpo sin empalagar.

La fe se refiere a un Hecho, y ese Hecho es Jesús muerto y resucitado, Jesús tan vivo que en cualquier momento podríamos pensar que va a saltar de estas páginas para interpelarnos y abrazarnos. Es un Hecho de carne y hueso, un hombre que habla y actúa, que inaugura una historia, un surco en la piel de nuestra tierra: eso es la Iglesia.

Nos dice el cardenal Bergoglio que "la mirada de María es combativa en el recordar", y nos pide que miremos con Ella nuestros "principios" y pidamos la gracias de ver allí cómo el Señor nos amó primero". La primacía de Su iniciativa, de su Presencia, de su gracia, ha sido una constante del magisterio de un denso y vertiginoso mes.

Jesús es Quien nos funda, quien nos modela y nos plasma: razón y afecto, inteligencia y voluntad, reclamando siempre dramáticamente nuestra libertad. Por eso la memoria es tan importante en este recorrido.

Memoria del primer encuentro, de que Él nos amó primero; memoria de lo que ha hecho en la historia a la que pertenecemos (la Iglesia): la historia de nuestros mayores, "gloriosa porque es historia de sacrificios, de esperanzas, de lucha cotidiana... historia de una fe que se abrió paso en medio de recursos humanos muy precarios, que en vez de desalentar animaban a nuestros mayores... porque su esperanza era más fuerte que nuestras contradicciones".

Esta memoria a la que nos invita con insistencia "nos fortalecerá el corazón y nos defenderá de dejarnos seducir por doctrinas complicadas y extrañas... Esta memoria nos actualiza en una realidad: nuestra victoria contra el mundo es la fe". Pero es una victoria no según nuestras imágenes: nosotros pedimos "constataciones" de esa victoria, pero lo que se nos da son constataciones del paso del Señor que nos consuela y nos fortalece, pero... no son definitivas; "Él nos deja en nuestra misión de administradores para que nuestra fidelidad lo espere hasta que Él vuelva".  

El Señor nos funda en su Iglesia, la Santa Esposa de Cristo, esa a la que no podemos reducir a una "ONG piadosa". Permítanme ahora que como laico y periodista que se ocupa entre otras cosas de informar sobre la vida de la Iglesia y de analizarla en este momento apasionante, me fije en las páginas dedicadas precisamente a la esposa del Señor, de la que con tanta banalidad y/o pretensión se habla frecuentemente.

"Nuestro amor a la Iglesia es un amor de inserción en un cuerpo, y esto exige disciplina". En eso se juega nuestra vocación a ser santos e inmaculados, y nuestra fecundidad apostólica. Se trata de un "formarse y radicarse en la Iglesia": y dibuja las notas de este proceso en el que el Señor nos va gestando a cada uno y va gestando a su pueblo.

Buscar el alimento en la Palabra de Dios sin sucumbir a las reducciones y esquemas ideológicos. Vivir la dicha de la pertenencia que encierra el misterio de nuestra identidad, evitando así el espíritu de la contestación y del sectarismo. Estar radicados en la Iglesia particular, pero con el horizonte universal de la Católica, reconociendo la variedad de formas y carismas en que Ella se encarnan.  

La fe vivida en la Iglesia introduce en la vida la dimensión del combate: lucha contra el poder sugestivo de los ídolos, contra la incredulidad, contra la desesperación. El papa señala el dramatismo y la magnitud de esta lucha y la ferocidad de los asaltos que debe resistir. Sin estar injertados en el árbol de la Iglesia, sin la experiencia cotidiana de esa amistad vocacional que es la comunidad cristiana, que nos cura, nos abraza y nos reprende... sería imposible. En la Iglesia el Señor lucha codo a codo con nosotros.     

Y aquí deseo introducir otro nudo de la experiencia de Jorge Bergoglio, naturalmente me refiero a la Cruz. ¿Por qué la cruz? Que nos fastidia, que como a Pedro nos gustaría eludir a toda costa. Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad y el pecado del mundo, y lo lava con su sangre. Así ha querido salvar al mundo. Como dijo en el Vía Crucis, "la Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio". Para salvar al mundo la Iglesia no puede seguir otro camino.

En otro momento dice que Nazaret (la relación cercana y familiar con el Señor en Su casa) nos hace cuerpo y miembros de un Cuerpo; nos llama a un trabajo que cimenta historia y no a empleos apostólicos ocasionales y sin raíces. Llegamos así a una nota que mana vibrante de la sinfonía de la Iglesia: la dulce y confortadora alegría de evangelizar.

Intentamos entender lo que significa este núcleo del magisterio del papa Francisco en este primer mes de su pontificado. Anunciar la Buena Nueva de Jesucristo y explicar su conveniencia para cada hombre y mujer; ser canal del don de la gracia: de la reconciliación y del alimento de la Eucaristía. Para fundar así corazones cristianos, arraigados en Cristo... ¡Qué bella expresión! Me parece importante verla conectada con su apremiante invitación a salir de nuestro perímetro acotado para llegar a las periferias del mundo, "no solo las geográficas, sino también las  existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria".

Según el papa Bergoglio, "permanecer fieles implica paradójicamente una salida". La fidelidad es siempre un cambio, un florecimiento, un crecimiento. En una entrevista de 2007, tras la Conferencia de Aparecida, decía que en este momento, para la evangelización son necesarias sobre todo dos cosas: misericordia y valor apostólico, y explicaba este término: "Para mí el valor apostólico es sembrar la Palabra, devolvérsela a ese él y a esa ella para los cuales fue dada. Darles la belleza del Evangelio, el asombro del encuentro con Jesús... y dejar que sea el Espíritu Santo quien haga lo demás". 

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