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4 DICIEMBRE 2016
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>Desde el escaño

Ante la intimidación: jugando con fuego

Eugenio Nasarre

¿A qué se debieron las furibundas críticas, que recorrieron el mundo antes incluso de que el Presidente del Parlamento hubiera terminado su discurso? A que Philipp Jenninger no se limitó a condenar la violencia nazi sino que extendió la crítica a la sociedad alemana, que se dejó "fascinar" -esas fueron sus palabras- por el nazismo hasta que fue demasiado tarde. El profundo y cuidado análisis del político democristiano fue interpretado, en aquellas primeras apresuradas reacciones, como un intento de diluir la responsabilidad del nazismo. Lecturas posteriores más sosegadas, empezando por las de los más acreditados medios judíos, rectificaron aquella primera reacción y Jenninger fue rehabilitado. Porque había emitido un juicio eminentemente moral: el horror del nazismo no habría llegado a consumarse si buena parte de la sociedad alemana no hubiera tenido una actitud pasiva, justificatoria y complaciente, incluso en medios de la judicatura, ante los métodos que los nazis fueron imponiendo en la vida social y política alemana de los años treinta. A los actos de violencia cometidos por las escuadras nazis Goebbels las había llamado "ira popular espontánea".

En España estamos asistiendo a la proliferación de actos de intimidación, violentos en sí mismos, contra representantes políticos del partido que sustenta al gobierno. Han dejado de ser acciones esporádicas para convertirse en sistemáticas. Los instigadores y ejecutores han traspasado una línea sumamente peligrosa: la que marca el espacio de privacidad de cualquier persona. Churchill dijo que la democracia era el régimen en el que, cuando alguien llamaba a tu casa, era el lechero. Eso ya no es así para algunas personas en España.

Pero lo que más nos debe de preocupar no son los actos de intimidación sino el clima de complacencia que ante ellos se está instalando en parte de la sociedad española. La justificación que prolifera responde en el fondo a la misma idea con la que Goebbels defendía la violencia de los años treinta: "ira popular espontánea". El reciente episodio del Congreso de los Diputados en el que una parte de la bancada socialista aplaudía a los invitados en la tribuna que proferían graves imprecaciones a diputados de la Cámara resulta inaudito. Hay que reconocer que Manuel Chaves, en un gesto que le honra, intentó evitar el irresponsable comportamiento de sus compañeros. Nada menos que el exdirector general de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, ha pedido la concesión del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a la plataforma que promueve los actos de intimidación. Las condenas a estos métodos violentos o son tibias o brillan por su ausencia.

No quiero cargar las tintas en las graves circunstancias que vive la sociedad española. Necesitamos todos hacer un ejercicio de autocontención. Pero el desbordamiento de la legalidad es evidente. El derecho de manifestación, como cualquier derecho, tiene sus límites y sus cauces para ejercerlo. La desobediencia a la ley intenta imponerse como conducta socialmente aceptable. Todas estas iniciativas tienen un denominador común: pretenden la deslegitimación de nuestras instituciones democráticas.

Para mañana está convocada una concentración calificada por sus promotores como "asalto" al Congreso hasta "la dimisión del Gobierno y la disolución de las Cortes". El desafío a nuestra democracia no puede ser más claro. Constituye un escalón más en una estrategia desestabilizadora. La crisis está alimentando en diversas partes de Europa la proliferación de fuerzas antisistema. El caso italiano no puede desestimarse. Grillo se ha convertido, tras las últimas elecciones italianas, en una fuerza parlamentaria relevante. Pero eso no le está haciendo cambiar su estrategia, como lo demuestra su comportamiento en la elección del Presidente de la República.

Es imprescindible una decidida y potente acción para defender los valores, principios y reglas de nuestra democracia, para que la opinión pública vea con mayor lucidez hacia dónde conduce este "deslizamiento hacia la anarquía", como alguien lo ha calificado. En las sociedades libres la función de los medios de comunicación es primordial. En buena parte dependemos de su sentido de la responsabilidad. En nuestras sociedades todo lo tendemos a convertir en espectáculo, en nada más que espectáculo. Los espectáculos tienden a producir "fascinación". Por eso los convocantes de mañana invitan a ir con antorchas. Todo esto es jugar con fuego.

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