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3 DICIEMBRE 2016
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Aquella inolvidable Carta, en medio del huracán

José Luis Restán

Esas palabras, dichas con la tersura cristalina que siempre le acompañó, salían también al paso de incomprensiones y truculentas fantasías. Y a buen seguro obligarán a mucha reflexión de canonistas y teólogos en el inmediato futuro. "Amar a la Iglesia significa también tener el valor de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no el de uno mismo". Decisiones difíciles... No se trata, pues, del merecido descanso de un anciano en el límite de sus fuerzas, sino del paso consciente y sacrificado de quien ha entendido que el Señor quería abrir un capítulo nuevo en esta historia en la que siempre fue un sencillo (y sudoroso) trabajador de la viña.    

La verdad es que Joseph Ratzinger siempre ha explicado con paciencia y humildad cada uno de sus pasos sin defenderse tras insignias ni estructuras, pues sabía muy bien que el oficio del Pescador nada tiene que ver con la arbitrariedad o la prepotencia. La forma de este diálogo sereno del último miércoles en la plaza de San Pedro, marcado por un realismo que traspira gratitud y esperanza, me ha hecho pensar en otro diálogo lleno de dramatismo, quizás único en su género en la ya larga historia del papado: me refiero a la carta escrita el 10 de marzo de 2009 a todos los obispos de la Iglesia Católica, con motivo de la remisión de la excomunión de cuatro obispos que habían sido consagrados por el arzobispo francés Marcel Lefebvre en 1988.

Quizás los meses de febrero y marzo de 2009 hayan sido los más amargos de su pontificado. Tras una decisión que pretendía acercar la curación de una herida que supuraba desde hacía más de veinte años, allanando el camino de vuelta a casa para los seguidores de Lefebvre, el papa experimentó en su carne lo que es la soledad última de su ministerio. Pero no sólo: también la soledad fruto de la huída de quienes deberían haberlo protegido, de la cobardía, de la calumnia y del cálculo cicatero de tantos, dentro y fuera de la Iglesia. "También los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, han pensado que debían herirme con una hostilidad dispuesta al ataque". Y en otro momento no duda en evocar el reproche de San Pablo a los Gálatas, cuando les advierte del riesgo de morderse y devorarse mutuamente. Así se expresaba, sin defensas mundanas, el Pastor de la Iglesia universal, clavado por aquellos días en la picota, acusado de malvender el Concilio, de insultar a los judíos y de fracturar esa Iglesia por cuya unidad él siempre estuvo dispuesto a dar la propia vida.        

Su carta a todos los obispos me hizo pensar en la Apología pro vita sua del beato J.H. Newman, claro que el genial converso inglés no se sentaba en la Sede Apostólica. En estas líneas explota toda la potencia de la razón de Ratzinger, pero también su amor apasionado por Cristo y por la Iglesia. "¿Era y es realmente una equivocación salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" y buscar la reconciliación?... ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto?... ¿Debemos realmente dejarlos (a los seguidores de Lefebvre) tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia?... ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?" Sabemos cómo han respondido después estos hermanos... pero esa es otra historia.

La tensión dramática de aquellas páginas escritas en medio del huracán refleja mucho más que un legítimo desahogo o una merecida admonición. Esta carta única en la historia desvela una dimensión que misteriosamente acompaña, antes o después, a quienes reciben el encargo de calzar las sandalias del pescador: la dimensión del martirio. Pedro debe extender las manos para ser ceñido y llevado a donde no hubiera querido ir. Pero sobre todo encontramos aquí una llamada de atención sobre las prioridades de la Iglesia en este comienzo del siglo XXI, cuando en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse y la humanidad se ve afectada por una falta de orientación cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.

No existe otra prioridad por encima de hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios, pero no a uno cualquiera, sino al Dios que se ha revelado en Jesucristo muerto y resucitado. Por esta prioridad se ha entregado y desgastado Benedicto XVI, por esta prioridad permanece escondido para el mundo, atado a la cruz de su Señor en el recinto de San Pedro, con la dulce paz de quien sabe que "Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, también y sobre todo en los momentos difíciles... esa es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo".

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