Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 DICIEMBRE 2016
Búsqueda en los contenidos de la web

>Exposición retrospectiva de la fotografía de Robert Adams

Enemigo jurado del nihilismo

Javier Restán

Se trata de una retrospectiva que abarca 40 años de la obra de Adams, realizada por un equipo de la Yale University Art Gallery, que llega a Madrid después de recorrer otros lugares desde 2010. Diseñada de forma clara y ordenada, contiene una generosa selección de casi 300 fotografías, todas en blanco y negro, con breves textos tomados de sus ensayos o entrevistas.

La fotografía de Robert Adams se centra de manera abrumadora en los paisajes del oeste americano y su evolución a lo largo de cuatro décadas en Colorado, Oregón y California: los cielos inmensos, la luz y el espacio, los árboles, los campos en silencio, la progresiva urbanización del territorio... Lo que impacta al sumergirse en sus fotografías es la desnudez y austeridad de su mirada fotográfica. La elección de sus paisajes fotográficos sorprende por la ausencia de grandiosidad: son de una sencillez sin sombra de esteticismo, capta la belleza sin la mínima concesión a la emotividad. Adams no es un fotógrafo "fácil". Por lo general, selecciona paisajes humildes, poco llamativos; a veces están tomadas desde ángulos que carecen de un interés aparente, no fuerza el ojo del espectador a dirigirse a un lugar determinado. Es lo contrario de Ansel Adams, el gran fotógrafo paisajista norteamericano (con el que nada tiene que ver Robert) cuyas fotografías embriagan por su detalle y sensualidad. Robert Adams no se recrea en la observación minuciosa de los detalles, por preciosos que sean: no intenta reflejar exhaustivamente lo que aparece.

Entonces, ¿qué es lo que cautiva en sus fotografías? Creo que la fuerza de Robert Adams es su capacidad para captar, de golpe, el alma de lo que ve, la belleza última de la realidad. Hay un texto al inicio de la exposición que describe muy agudamente su concepción del paisaje como objeto central de su obra artística. Se pregunta a sí mismo por qué en general no estamos interesados en las llanuras y las consideramos siempre como lo que hay entre otras cosas que sí interesan, como las ciudades, las montañas: "A fin de cuentas, ¿para qué sirven los trigales, los puebluchos y el cielo?" y el propio Adams, respondiendo a esta pregunta que él mismo se formula, nos ofrece una interpretación válida para toda su obra fotográfica: "En este paisaje el misterio es una certidumbre, una certidumbre elocuente. Silencio por todas partes... Escucha". Sí, efectivamente sus fotografías son ventanas abiertas a la verdad.   

Sus paisajes están lejos de cualquier concepción romántica. No exalta una supuesta pureza aún no tocada por el hombre. Al contrario, es el hombre quien da significado al lugar, como reconoce Adams cuando encuentra una lápida en medio de las praderas, en un pueblo casi abandonado: "Clyde Stanley. Keota, mi hogar durante 63 años". Es el hombre, a través de su presencia y su amor a la tierra, quien hace que cada lugar tenga un sentido. La idea misma de "paisaje" para Adams es la descripción de esta relación dramática entre el hombre y la naturaleza. 

Este diálogo del hombre con lo creado es el que testimonia toda su fotografía: llanuras inmensas y, como un punto aparentemente insignificante, una granja perdida; praderas infinitas y, en medio, blancas iglesias de madera; colinas desnudas atravesadas por una carretera desierta; en otras ocasiones es su propia mujer, Kristine, la que aparece discretamente en medio de una visión en profundidad o sentada a los pies de un árbol, casi imperceptible. Este diálogo continúa en su maravillosa serie de fotos de noches de verano, con su fascinante mezcla de luz natural y artificial. Siempre ese diálogo del hombre con la creación. Un diálogo que puede ser fuente de significado o escenario de una degradación irresponsable por parte del hombre, algo que Adams ha denunciado en sus fotografías de modo incansable.

Tal vez uno de los aspectos más bellos de sus motivos fotográficos sean las fotos de pueblos perdidos del oeste americano, que a pesar de su aparente "desorden" y con apenas unos elementos (un árbol, una acera, las fachadas de modestas viviendas, el recodo de un camino de arena prensada...) transmiten una calidez de hogar.

¿A quién recuerda la descripción de esta fotografía desnuda, silenciosa, cálida, a la expectativa del misterio que asoma en la realidad? El propio Adams lo desvela en alguno de sus ensayos: a la pintura de Edward Hopper. Esta cercanía es muy evidente, por ejemplo, en esa fotografía de una casa prefabricada en Colorado Springs, perfecta en su forma elemental, y dentro de ella la silueta de una mujer en sombra en el centro de una ventana. Forma parte de una serie de fotos que querían mostrar la degradante urbanización a la que estaba sometida aquella zona, pero Adams la convierte gracias a la luz, la transparencia y el recurso de las ventanas en un icono de la vida humana, con su aspiración infinita en medio de cualquier circunstancia.  

Las fotografías de Adams se han clasificado entre los llamados "fotógrafos topógrafos", a partir del momento en que participó en 1975 en una exposición sobre la incidencia negativa del hombre sobre el paisaje. Ciertamente su obra escruta permanentemente el territorio y, como hemos visto, es un testimonio del paisaje y su evolución, muchas veces hacia la degradación. La obra de Adams es, en una importante proporción, una denuncia del desarrollismo galopante que él vio con sus propios ojos, especialmente en los años 60 y 70 del pasado siglo. Pero incluso en esa denuncia, la preocupación de Robert Adams no es la de un topógrafo, y menos la de un moralista.

Comentando algunas de sus fotos de bosques arrasados en Oregón,  Adams manifiesta las preguntas que ese hecho le suscita: este paisaje destruido "¿contribuye al nihilismo?". ¡Su preocupación es, por decirlo así, "metafísica"! Y continúa: "¿Por qué nunca me he encontrado en estos lugares a padres paseando con sus hijos? ¿No enseña la violencia?". No son las preguntas de alguien que quiere hacer una taxonomía de la realidad, o una denuncia. Adams busca más a fondo que un topógrafo. Como afirma él mismo en una entrevista, tomando una frase de Dorothea Lange cuando en los años 30 recorría los campos del oeste americano para documentar los efectos devastadores de la gran depresión: no sólo hay que dejar constancia de lo que existe, sino de lo que perdura.

¿Qué busca Adams? Simplemente, responder a estas preguntas: "¿Hay lugares en la vida, ahora mismo, por los que tengamos que estar agradecidos? ¿Hay territorios, ahora y entonces, que hacen posible una sonrisa sin sarcasmo?" Esta es la pregunta de Adams. 

En la obra fotográfica de Robert Adams la figura humana no es un motivo dominante, y sin embargo, en mi opinión, las series de fotografías de la gente normal, del americano medio, como las tomadas en la periferia caótica de Denver, en supermercados, en aparcamientos cerca de una central nuclear... son ejemplos de lo mejor de su obra. No son precisamente escenarios agradables, y sin embargo estas fotografías son un prodigio por su capacidad para captar la vida en toda su fuerza y sencillez: familias, madres con sus hijos en brazos, ancianos que caminan inseguros, padres, hijos... la vida. Muchas de estas fotos fueron tomadas con una cámara escondida en una bolsa de compra, con un gran angular Hasselblad y un dispositivo a distancia. Una práctica que tiene larga data en la gran fotografía americana: sobre todo Walker Evans en el metro de Nueva York, y posteriormente, entre otros, Garry Winogrand con su pequeña Leica por las calles de la misma ciudad. 

Adams quería, con esta técnica, captar la espontaneidad de la vida real, con toda su belleza, en las relaciones elementales, incluso en la debilidad y, además, en lugares que aparentemente no son propicios. Siempre a la expectativa. Esto es lo que el propio Adams dirá al ver el resultado de esta belleza humana extraordinaria: "Cuando nos topamos con la inocencia, la belleza, el afecto, la alegría o la valentía, incluso en los sitios más remotos, ¿no estamos obligados a agradecer estas emociones, desafiando a los irónicos?"

Este es el esfuerzo de Adams: "encontrar una afirmación en todas las circunstancias". Curiosamente, este verdadero "ecologista", que ha constatado y luchado contra la destrucción de la naturaleza, mira más al fondo y presiente el bien último que prevalece en toda circunstancia, en el hombre, en la naturaleza. Apelando a su sólida formación literaria, Adams se reconoce en el poema de la rusa Anna Ajmátova: "lo milagroso se acerca inminente a las sucias casas en ruinas".

Robert Adams: El lugar donde vivimos

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

Hasta el 20 de mayo 2013.

<< volver

La imagen del día

>SÍGUENOS EN

Julián Carrón sobre los desafíos de Europa

Marcados con la N de nazareno

Persecución en Kaduna

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

Ministerio de educación y cultura

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja

>DESCARGA NUESTRA APP