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9 DICIEMBRE 2016
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Fascinados por la independencia

Juan Carlos Hernández

Me parece que hay dos factores principales, sin ánimo de querer dejar la cuestión zanjada, que pueden empezar a explicar todo este proceso.

El primer hecho es que la historia de España no se entiende sin el cristianismo. No porque todos "vayan a misa" sino porque supone una unidad de conciencia y de cultura para afrontar la realidad. Si se suprime este factor de cohesión que es el cristianismo ya no nos sentimos hermanos. La sociedad, una vez descristianizada, busca nuevos dioses como la patria, el dinero,... No es casual que el crecimiento del mito nacionalista y la conciencia cristiana siga una línea inversamente proporcional.

Un segundo factor importante lo expresaba bien Jon Juaristi en su libro El bucle melancólico. El nacimiento de los nacionalismos es una consecuencia directa de la caída del Imperio Español que tiene como máxima expresión "el desastre del 98". Por tanto, a mayor debilidad de España mayor fortaleza de los nacionalismos. Fundamentalmente desde entonces nuestra historia ha estado dominada por una visión negativa, que denunciaba Julián Marías, y es evidentemente que podemos encontrar sombras en ella. ¿Acaso no es así también en la historia de cualquiera de nuestros vecinos europeos?. Pero por una educación sectaria y miope las sombras han parecido ser muy superiores a las luces y esto es injusto.

¿Qué factores son adecuados y cuáles son injustos de una política nacionalista? En un contexto de un mundo globalizado esta supone un anacronismo. Sin embargo, pueden ser legítimos, como dice la Conferencia Episcopal Española (CEE), "dentro los límites de la moral y de la justicia", y además advierte la CEE "que debe evitar un doble peligro: el primero, considerarse a sí misma como la única forma coherente de proponer el amor a la nación; el segundo, defender los propios valores nacionales excluyendo y menospreciando los de otras realidades nacionales o estatales".

Para dar respuesta al nacionalismo se puede caer en la tentación de una política centralista que también presenta algunos riesgos. Por un lado, la unidad no significa homogenización, que supondría perder la riqueza y diversidad de dones de cada región. Por otra parte, la supresión de las autonomías y sus competencias, que algunos proponen, no es la solución. Aunque es cierto que algunas competencias transferidas merecen una reconsideración seria el estado de las autonomías exige una sana corresponsabilidad.

La unidad surge de la conciencia de una historia común, en la que cada uno aporta su idiosincrasia no de un centralismo homogeneizador.

Lo que sí es justo del nacionalismo o del regionalismo es un cierto amor a la patria y a sus tradiciones siempre que no se convierta en una idolatría que produzca la ceguera de concebirse como el ombligo del mundo. Lo que también es aceptable es que los pueblos pidan una justa y efectiva gestión de los recursos pero sin caer en la insolidaridad o en un falso victimismo. En las circunstancias actuales muchos consideran que sería mejor concederles la independencia pero esta posición olvida que así perdemos todos y que supone violentar la historia.

Esta cita de Menéndez Pelayo parece ser escrita por un autor contemporáneo: "Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado por gárrulos sofistas emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia hizo de grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil".

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