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6 DICIEMBRE 2016
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Andreotti, el político que huía del maniqueísmo

Massimo Borghesi

Lo recuerdo, amable y agudo en sus observaciones, con su ironía sutil y al mismo tiempo firme en su fe católica, en los encuentros mensuales que, como director de la revista internacional 30 Giorni, tenía en su estudio romano de la Plaza San Lorenzo en Lucina, en el que el conjunto de las fotos de él con los grandes de la tierra daba la impresión de estar en el centro del mundo. Un encargo, el de 30 Giorni, que había aceptado en los años 90, en el periodo de su desgracia política, por invitación de don Giacomo Tantardini, sacerdote al que le unía una gran amistad y un profundo afecto y que era la verdadera alma teológica de la revista. Como director, desarrollaba su labor con cuidado. Recuerdo sus libretas de apuntes, que llevaba consigo, y sus consejos, siempre preciados. Ponía a disposición su enorme conocimiento de la Iglesia y de las relaciones internacionales, individuaba los contactos adecuados, las personas con las que hablar y a las que entrevistar. En el plano político, en los últimos años le habían hecho justicia.

En 2006, con 87 años, se presentó candidato, bajo propuesta de Perferdinando Casini y Gianni Letta, al puesto de vicepresidente de Estado. Se trataba de una propuesta preocupada por unir, con una figura de prestigio apreciada también por la izquierda, mayoría y oposición. Una perspectiva que no le desagradaba. En una entrevista a La stampa (22/04/06) había querido subrayar dos aclaraciones: "Provengo de Democracia Cristiana: no hay más". Un "no hay más" revindicado, con orgullo, como expresión de una tradición política condenada a la derrota histórica, no a la ideal.

Para Andreotti, el ser democristiano coincidía con asumir la gran lección de su maestro, Alcide de Gasperi. De él había tomado la enseñanza clave para el catolicismo político-democrático: evitar en Italia, en la medida de lo posible, el resurgir del conflicto histórico entre güelfos y gibelinos, clericales y anticlericales. Una lucha que, desde la Unión en adelante, había turbado y dividido la conciencia del país. Para Andreotti, este espíritu unitario se había traducido, a partir de los años 60, en una política externa que, a la par que Fanfani y La Pira, privilegiaba la seguridad de Israel en el cuadro de un diálogo con los países árabes que lindan con el Mediterráneo, atenta a los legítimos derechos del pueblo palestino en el ámbito de una política de paz en Medio Oriente. Después del 89, el mismo espíritu lo había llevado, después de ser presidente del Consejo durante el "compromiso histórico" DC-PCI en 1976, a priorizar una política del bien común fuera de la lógica bipolar, maniquea e ideológica.

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