Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
9 DICIEMBRE 2016
Búsqueda en los contenidos de la web

¿Nos representan los partidos?

Álvaro Delgado Gal

Este deseo, en sí mismo, es absurdo. No se pueden ir todos los políticos al mismo tiempo sin que venga lo que los fascistas denominaban un «antipolítico». En el caso de la Italia de la inmediata posguerra -me refiero a la Gran Guerra-, el antipolítico resultó ser un político puro: Mussolini. Este es el peligro, un peligro que el movimiento internacional de los indignados -sí, puede hablarse ya de una indignación transnacional- enturbia con visiones y esperanzas escatológicas.

«¿Es verdad que los partidos no nos representan?». Mejor todavía: «¿qué diablos queremos decir cuando afirmamos que los partidos no nos representan?».

Beppe Grillo es dialécticamente simple. Es un populista. Los populistas comunican muy bien, pero lo que comunican no es bueno, precisamente porque es simple. El fuerte de los populistas, aparte de la facundia comunicativa, es sentir como casi todo el mundo siente -todos los historiadores reconocen ese mérito a Mussolini-. Y lo que casi todo el mundo siente suele contener una almendra de verdad -al revés de lo que casi todo el mundo argumenta: argumentar es un poco como tocar el violín: una destreza que exige un grado grande de especialización-. Bien, Beppe Grillo, populista, dice muchas tonterías populistas, pero como populista también siente algo que no podemos negar: que esto está a dos dedos del naufragio. No es sólo que no ceje una crisis que es una lata, sino que empezamos a estar por debajo de la línea de flotación, en términos morales o políticos o político-morales. Tres son las grandes cuestiones:

1) Es grave la transformación de la política en un instrumento cuyo objetivo principal es facilitar la carrera profesional de los políticos. A esto Grillo lo llama «endogamia política». A Grillo le ofende grandemente que los políticos coman con los políticos, que se vayan juntos de vacaciones, que empleen un idioma que no pueden entender los que no son políticos. Y concluye, precipitadamente, que la política ha dejado de ser representativa. No, no ha dejado de ser representativa. El problema está, más bien, en que se ha pervertido. Se trata de un problema serio, pero recurrente dentro del sistema parlamentario (y de los demás). Después de un largo período de estabilidad relativa, la maquinaria se oxida, o el ordenador se satura de virus, o lo que fuere, y es necesario que se produzca una gran sacudida para que la democracia recupere sus reflejos y su elasticidad. El caso, considerado aisladamente, es, lo repito, serio, pero no letal. Si fuera letal, ha tiempo que habrían desaparecido las democracias.

2) Se han atascado los mecanismos que engranan a la sociedad con la política. Me refiero, sobre todo, a los medios de comunicación, en particular, la prensa, que sigue siendo insustituible, por maltrecha que esté, para la organización de la opinión pública. Las causas son varias. Por ejemplo, defectos de fábrica, muy evidentes en el caso de España. Políticos democráticos y periodistas se hicieron a la par, y no demasiado bien. Recuerden, los que tienen edad para ello, las columnas políticas de la etapa ucedea. Estaban plagadas de recados, remitidos y nombres propios en negrita. Los nombres propios eran de políticos, autores de los remitidos o de los remitidos de los remitidos. En España apenas si ha habido análisis político digno de tal nombre: un tramo de texto escrito por alguien que pensara por su cuenta y hablase independientemente. Si viene una sana sacudida democrática, también tendrá que cambiar la prensa política. En lo que hace a España, ese cambio sería, más bien, una inauguración. El segundo gran problema de la prensa es económico. Por motivos complejos, de los que la falta de calidad y fiabilidad de la prensa es sólo uno, se venden cada día menos periódicos, y de resultas, la prensa se deteriora aún más y se hace mucho más vulnerable a formas de financiación que reducen su independencia. Con frecuencia (abrumadoramente entre los periódicos no nacionales) la fuente de financiación es la propia Administración. Pero también empresas que ponen publicidad con el propósito de protegerse o de divulgar puntos de vista que consideran favorables a la buena marcha de sus negocios. Desconocemos todavía qué pueden dar de sí los soportes digitales. En España, la televisión, pública o privada, es desastrosa, y la radio acusa de modo mucho más directo todavía que los diarios la presión e intermediación de los partidos. De nuevo, un problema grave, pero no letal. La averiguación, que no dejará de intentarse, de nuevos modelos de negocio, tal vez genere algo útil a tiempo; y la mejora de la política, si llega a tiempo, también mejorará a los medios, y con estos, a la democracia en su conjunto.

Unos prometen más de lo que pueden dar, y otros piden o aceptan más de lo que pueden recibir.

3) El tercer punto es el más importante (siéndolo, y mucho, los dos anteriores). La coyuntura delicadísima en que ahora se encuentra Europa es indisociable de la crisis del Estado de Bienestar. Primero, éste debe ser reconvertido a la baja, porque no se puede pagar. La penuria económica ha acelerado la insolvencia del Estado, desde luego. Pero cualquier economista, desde hace veinte años o más, habría podido anticipar que nuestras democracias caminaban hacia una gran crisis fiscal. Una de las dimensiones más decepcionantes de la política al uso es que nadie se ha ocupado seriamente de nada que quedara un poco más allá de la fecha correspondiente a las siguientes elecciones. Zapatero es una caricatura de este cortoplacismo suicida: mientras sobró el dinero aceleró proporcionalmente el gasto público, incurriendo además en la ilusión boba de que las tasas de crecimiento se prolongarían mecánicamente en el futuro y nos permitirían atrapar primero a Francia y luego a Alemania. Se quedó a medio camino en un recuesto y se marchó a casa, dejando España manga por hombro. Sea como fuere, hay que recortar el Estado de Bienestar, y ello exige valentía, rigor, inteligencia y una conducta personal abnegada e intachable. Empeorar es siempre ingrato, pero se hace insoportable cuando el señor que mete la tijera no disfruta de nuestra confianza o parece que está por encima de las estrecheces que afligen a sus gobernados. Esto nos lleva al segundo punto. No sólo el Estado Benefactor ha crecido por encima de lo financiable; ocurre, de añadidura, que ha contribuido poderosamente a corromper los mecanismos de la política. Asegurar una instrucción pública gratuita en primera y segunda enseñanza, y facilitar mediante un sistema de becas generoso el acceso a la universidad para quien esté dispuesto a hacer el esfuerzo de seguir estudiando; facilitar asistencia sanitaria pública al que esté enfermo; impedir que alguien se muera por dormir al raso; estas cosas y otras por el estilo hay que hacerlas y esto lo hizo muy bien el Estado Benefactor en su etapa funcional.Pero el Estado Benefactor también se ha pervertido. Con el aumento de los recursos, la oferta pública dejó de servir a propósitos razonables y derivó en un instrumento de promoción para los políticos. Puede compendiarse el proceso diciendo que los políticos empezaron a indagar fines con el objeto de dotarse de medios. Medios para ganar las elecciones; medios para aumentar los efectivos humanos que permiten ganar las elecciones; medios para vivir bien ganando las elecciones. Creció cancerosamente, no el número de militantes, sino las clientelas y los cargos que ingresaban en la Administración por la puerta de atrás. El resultado ha sido una colonización de la sociedad por la política profesional. Un fenómeno sustancialmente democrático, no antidemocrático. Debo absolutamente contarles un episodio que ilustra esto a la perfección. A finales o mediados de febrero, en el programa de Carlos Herrera, estaba discutiéndose, casi de refilón, el proyecto de reforma de la Ley de Régimen Local que atarea de un tiempo a esta parte al Gobierno. Una de las consecuencias sería la supresión del sueldo para muchos concejales. Herrera recibió en ese momento un e-mail de un notorio jefe popular de provincias -no dio el nombre- en el que se argumentaba por qué el proyecto constituía un error gigantesco. El razonamiento era éste: si los partidos se quedan sin concejales a sueldo, se quedan sin tropa, y no se pueden ganar las elecciones sólo con los generales y la alta oficialidad. He aquí un resumen perfecto de lo que está ocurriendo. He aquí, también, lo que tiene que dejar de ocurrir. No sólo no se puede continuar asegurando la soldada de tanta tropa, sino que la actitud, el temple moral, las prioridades de los que han de cambiar lo que no puede seguir en pie, son incompatibles con la actitud, el temple y las prioridades de los políticos estándar que tienen vara alta en el país desde hace años.

Termino ya. La consigna de que los partidos no nos representan sugiere que la democracia se ha estropeado porque los partidos se han rebelado contra la sociedad. Se trata de una verdad a medias o, mejor, más de una mentira incompleta que de una verdad incompleta. Es verdad que la clase política ha decaído y se ha hecho endogámica. Pero también es verdad que la corrupción deriva de un trato implícito entre gobernantes y gobernados. Unos prometen más de lo que pueden dar, y otros piden o aceptan más de lo que pueden recibir. Si quieren, la sociedad se ha rebelado contra sí misma, de arriba abajo, y de abajo arriba. El dinero negro que circula por el interior de los partidos, que provoca el enriquecimiento de algunos, a veces un enriquecimiento insultante, es poca cosa en comparación del dinero que se malgasta; el dinero que suman los coches oficiales, los hoteles de cinco estrellas para políticos de campanillas, el dinero de las embajadas autonómicas y otros dislates, es también, agregadamente, peanuts, calderilla. El dinero gordo es el que se lleva la política normal: obras públicas desatentadas, cobro de comisiones para el mantenimiento de la velocidad de crucero de un partido, hospitales redundantes, servicios redundantes. El dinero claramente delictivo, o estúpidamente suntuario, es el spillover, las sobras, del gasto normal. Es indignante, por supuesto, que se robe; pero aún tiene consecuencias más insostenibles que se derroche. En realidad, las dos cosas se producen a la vez, porque se robaría mucho menos si no se pudiera derrochar tanto. Y se derrocha mucho, con el aplauso, ¡ay!, del votante. Decir esto, ahora, es muy duro. Es duro decirlo cuando, en regiones como Cataluña, y las que le sigan, empieza a fallar el Estado Benefactor en lo que tiene de admirable e insustituible. Pero a esta situación intolerable hemos llegado todos juntos. Y no saldremos de ella satanizando sin más a la clase política. Hay que rehacer un montón de cosas, pero con cabeza. Necesitamos políticos mejores, pero necesitamos política. La satanización de los políticos es complementaria y simétrica del angelismo populista. Ellos son los malos y nosotros los buenos. Perdónenme, es un poco más complicado. Lo digo a sabiendas de que la democracia no las ha visto tan gordas en mucho tiempo. O, mejor, no lo digo a pesar de eso; lo digo precisamente por eso.

El artículo completo se puede encontrar en revistadelibros.com. Esta es una versión reducida que publicamos por su interés

<< volver

La imagen del día

>SÍGUENOS EN

Julián Carrón sobre los desafíos de Europa

Marcados con la N de nazareno

Persecución en Kaduna

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

Ministerio de educación y cultura

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja

>DESCARGA NUESTRA APP