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3 DICIEMBRE 2016
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Videla: una muerte, muchas muertes, dos reflexiones

Horacio Morel (Buenos Aires)

Como máxima cabeza del Ejercito y jefe de la Junta Militar que usurpó el poder en marzo de 1976 (con la indispensable complicidad, indiferencia o aceptación pasiva de parte de la sociedad civil agotada del clima de terror impuesto por la guerrilla de signo guevarista y/o pseudo peronista y su represión paramilitar al margen de la ley de la mano de la Triple A y los servicios de inteligencia de las fuerzas armadas y policiales) hizo de la Doctrina de la Seguridad Nacional -nacida en la academia norteamericana de West Point en la década del '60 y condenada por los obispos latinoamericanos reunidos junto a Juan Pablo II en Puebla en 1979- el argumento ideológico en el que apoyar una política criminal a escala.

Quien tenga estómago suficiente, puede leer con paciencia la multitud de testimonios recogidos en el "Nunca más", documento final de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP), jamás redargüido de falsedad y que sirviera de base para el histórico proceso judicial que condenó tempranamente a la Junta Militar antes de ser indultada por el ex-presidente Carlos Menem, y comprender el nivel de crueldad y de ceguera ideológica con los cuales los secuaces de Videla llevaron a cabo su maléfico plan.

El tiempo transcurrido desde entonces hasta ahora, permitiría sin duda un análisis objetivo de los hechos, pero parece que ello está aún lejos de tener lugar.  De parte de los militares del "Proceso", de la inicial negativa de los crímenes se pasó a su justificación política, y de ésta a un discreto y parcial reconocimiento, pero jamás a un arrepentimiento. En el libro-entrevista del prestigioso periodista Ceferino Reato (Disposición final, Ed. Sudamericana, 2012), Videla llego a la confesión y a la antesala del arrepentimiento al expresar: "cada desaparición puede ser entendida ciertamente como el enmascaramiento, el disimulo, de una muerte... no estoy arrepentido de nada, duermo muy tranquilo todas las noches; tengo sí un peso en el alma, pero no estoy arrepentido ni ese peso me saca el sueño".

De parte de los "militantes" de distinto signo que nutrieron las filas de la lucha armada, muchos hoy cobijados por el gobierno K -el que encontró en el revival ideológico de los '70 y en la unción como mártires de los terroristas la fórmula para cautivar a la generación más joven que no vivió ni sufrió la violencia de aquellos años-, tampoco existió jamás una autocrítica que reconozca que su opción de seguir adelante sin incorporarse a la vida democrática durante el último gobierno de Perón fue la causa inmediata para la instauración del Terrorismo de Estado de Videla con su dolorosa secuela de exilio, muerte y saqueo económico sufrida por tantos inocentes, y por el pueblo argentino en su conjunto.

La muerte del dictador, además del juicio histórico cabal aún pendiente del que son deudores quienes protagonizaran los hechos sin distinción de bando, plantea -al menos- dos reflexiones ineludibles.

La primera de ellas, a los cristianos católicos.

Videla siempre se confesó católico, haciendo pública su condición de tal, del mismo modo que lo hacían tantos a los que persiguió y mandó a asesinar.  Es más (y este es el punto) intentó justificar su actuación política y militar en el Evangelio, y hasta deberíamos concederle sinceridad -al menos en mayor medida que otros personajes del "Proceso"- en su convicción de haber librado una lucha contra Satanás, por entonces emparentado o aún identificado con la "amenaza marxista". Videla vivió persuadido de haber librado una guerra justa en términos tomistas, y después de ser un preso político por voluntad divina.

¿Cómo compatibilizar tal convencimiento con los aberrantes crímenes de la dictadura? Se entiende aquí por qué Juan Pablo II desde el inicio de su pontificado, y en particular de su misión en América Latina, siempre insistió en la necesidad que la fe se haga cultura, es decir, criterio de conocimiento y principio de acción de todo el quehacer humano.  Una fe, aún sincera, que no se hace cultura, está en riesgo permanente de ideologización.  Ya no será el hecho más grande que uno mismo con el cual confrontarse y poner en tela de juicio todo lo que uno cree, piensa y hace, sino un mero recurso argumental a medida para justificar cualquier aventura personal o colectiva de carácter fundamentalista.  Una fe reducida a simple devoción, o incluso a mera ética, sin lugar real para el Misterio y divorciada de la segura guía histórica de la Iglesia -el Sucesor de Pedro y los obispos en plena comunión con el-, queda abandonada y a merced de la interpretación y la manipulación.

La segunda es común a todos, y tiene que ver con la justicia, con el sentido de justicia. ¿Satisface la muerte del dictador en prisión la sed de justicia de quien sufrió la tortura o el exilio, o de quien tiene un ser querido "desaparecido", o quien vio durante años adulterada su identidad por haber sido un bebé robado? Categóricamente, no. La exigencia de justicia es infinita e inagotable: ni la muerte del victimario es suficiente, no permite recuperar ni el tiempo ni la vida perdida.  Si Videla, quien terminó admitiendo la comisión de los crímenes de la dictadura, hubiera concluido su itinerario humano con el arrepentimiento público -desconocemos si lo hizo en la intimidad- de su conducta, ¿hubiera alcanzado ello para reparar el daño provocado? Tampoco. El pecado, el mal del que somos capaces, es un drama misterioso e inabarcable, una herida profunda y abierta que no deja de sangrar. No hay justicia, ni perdón, ni reconciliación verdadera si no se parte de esta evidencia incontrastable.
Como sociedad, los argentinos tenemos aún mucho camino por recorrer.

Los procesos conocidos como "juicios de la verdad" que se están llevando adelante en todo el país, y que llevaron a la cárcel entre otros a Videla, son sólo el primer e ineludible paso de ese camino, porque el punto de partida no puede ser otro que la verdad. Pero si la condena judicial, aun la más ajustada a derecho, fuera todo el horizonte del problema, un sabor amargo permanecerá en el paladar de todos, víctimas y victimarios de cualquier signo o facción, y habremos perdido una oportunidad histórica de entender algo de la vida y de la sociedad. Y estaremos listos para repetir errores del pasado, como lo sugieren ciertos discursos oficiales del presente que se adentran en el callejón sin salida de la confrontación radicalizada. 

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