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2 DICIEMBRE 2016
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>Ante la muerte de Videla

No basta gritar contra el monstruo

Luis Vanella (Córdoba, Argentina)

Pero en aquellos años ese horror, esa monstruosidad sistemática contra la persona, no era reconocida y condenada por la mayoría de los argentinos. ¿Cómo fue posible que en nuestro país se produjese una represión de esas dimensiones? ¿Fue por miedo esa complicidad silenciosa? ¿Fue porque ya estaba instalado el desprecio de la vida? ¿Fue porque hace parte de nuestra cultura considerar al otro como enemigo y no como un bien para mí? ¿Es parte de la perenne inmadurez que pretende eliminar el problema eliminando el sujeto?

Nos hemos acostumbrado a vivir desdoblados, como si una parte de sí mismo desconociese lo que hizo la otra parte y, en un acto de locura extrema de esa doble personalidad, impostando otra voz, condenáramos a ese otro yo.

Ese es nuestro problema, el de un yo fragmentado, en un permanente estado de confusión que no va al fondo de las cosas. No es un problema del dictador muerto, del otro. Es un problema nuestro y, para no reconocerlo, gritamos fuerte y juntos todos contra el monstruo, en una acción políticamente correcta, como un acto histérico aparentemente liberatorio, para no tomar consciencia de nuestra responsabilidad.

La dictadura fue posible porque había consenso entre los argentinos para que así fuera. Había consenso de las fuerzas políticas democráticas, hasta del mismo PCA, partido comunista argentino salió con un panfleto con el título "Defendamos a Videla del Pinochetazo".

Hoy conocemos las atrocidades que cometieron mentes mesiánicas desde el poder, poco se conoce de las atrocidades cometidas por otras mentes mesiánicas de signo opuesto y nada conocemos, ni se dice, de esa necesidad enfermiza de una sociedad sedienta de mentes mesiánicas.

Brindar sobre el cadáver de quien fue el máximo responsable público del golpe de Estado de 1976 es no ir al fondo del problema. Es continuar por el mismo camino que nos hizo pasar por la dictadura y hoy nos está hundiendo en la fragmentación y el conflicto.

Concentrarse sobre el análisis comportamental de una persona que ha muerto y no preguntarse cómo es que llegamos al odio, es distraerse y dejarse distraer. Es manifestación acabada de nuestra confusión.

Quien habla del perdón y de la reconciliación es tomado como traidor o cobarde o, simplemente, banal por muchos. Algunos preguntan "¿a quién tenemos que perdonar?" y se contestan "que primero se arrepienta".  Pero cómo es que no nos damos cuenta que esa misma actitud es la generadora de los conflictos que nos hacen estar mal en lo cotidiano. Es con ese esquema que terminamos rompiendo todo, desde la familia hasta el club de fútbol.

Que el otro se arrepienta por las maldades que hizo es un problema suyo y la Justicia tiene que hacer su curso.

En cambio, que yo, consciente de mis límites, pero no definido por ellos sino por la misericordia de Dios, no guarde odio, ni rencor, ni resentimiento, es un problema mío, de cómo me pongo yo en la vida; de cómo quiero vivir, de si quiero ser feliz o no.

La muerte, de quien sea, es una provocación para preguntarme ¿Y yo, quién soy?

Sin esta pregunta, si "ya lo sabemos", la realidad no nos impacta y se nos escapa el significado de las cosas más importantes de la vida.

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