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8 DICIEMBRE 2016
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El fracaso de las primaveras

Bernardo Cervellera

Las revoluciones fueron movimientos internos de colaboración entre las distintas fuerzas, una gestación muy difícil en la que una sociedad sofocada por la dictadura comenzó a abrir los ojos, mover las manos y los pies, para iniciar a construir un mundo un poco más libre. Esta lectura, guiada por las minorías cristianas, me hace venir a la mente un verso de Thomas Eliot: «la Iglesia es dura donde todos serían tolerantes, y es tolerante donde todos serían duros». La tentación es que se haga en Siria lo que se hizo en Libia, pero la Iglesia local frena, invita a prestar atención, a valorar las perspectivas y la manera de garantizar las libertades. Existe este contrapunto entre la opinión pública un poco superficial y la opinión de quien vive y sufre estas situaciones. Este es un hilo conductor importante, por el que dejarse guiar en la lectura de los fenómenos. Precisamente la Iglesia y los cristianos de estos lugares contribuyen a crear un diálogo con el mundo islámico, tratando de encontrar los caminos para la convivencia.

La primavera árabe también ha creado una situación nueva en Oriente. Inicialmente fue una construcción común entre cristianos y musulmanes. La Primavera, privada de significado político en sentido estricto, no unió a los árabes en nombre de las luchas de reivindicación de los palestinos contra Israel, o contra los norteamericanos, como sucedía en el pasado. Fue, en cambio, el intento de construir una convivencia en la cual la pertenencia religiosa tuviese un valor, fuese respetada, reconocida, pero en la que todos son iguales como ciudadanos: este era el proyecto.

La Primavera, sin embargo, también es el fracaso de Occidente que ha mostrado desinterés o, peor todavía, ha buscado sus intereses económicos y estratégicos. Fue evidente con la intervención francesa en Libia: de intervención humanitaria se transformó en el proyecto de eliminar a Gheddafi quien, aunque no fuese un santo, garantizó un desarrollo económico y una convivencia controlada entre las tribus. Eliminado Gheddafi, Libia está recorriendo un camino muy arduo en el cual el componente fundamentalista crea dificultades al Islam, en particular el Islam sufí, que en Libia es muy fuerte, destruyendo cementerios, mausoleos, monumentos y mezquitas. Lo pagan también los cristianos que viven en Libia. La mayoría son extranjeros que desde Egipto y África se trasladan para trabajar, son misioneros y hermanas procedentes de Filipinas.

En cuanto a Siria, la Iglesia local ha puesto algún que otro freno al deseo de eliminar a Assad, aunque no lo defienda, porque reconoce que bajo su gobierno los cristianos han gozado de una cierta libertad, si bien muy controlada. Assad, de hecho, ha mantenido bajo control el fundamentalismo de los Hermanos Musulmanes. Ahora, después de las primeras sacudidas en nombre de la democracia y la libertad, Siria se ha convertido en un tablero de ajedrez en el cual todas las potencias internacionales concurren y en el que se ha creado una polarización entre Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña contra Rusia e Irán por el control de Oriente Medio.

Irán aspira a controlar el mundo islámico al igual que Arabia Saudita y Qatar y todos utilizan los peones sirios para llevar adelante su propia guerra. Algunos analistas dicen que se está llevando a cabo una lucha entre los tres por la construcción de dos gaseoductos-oleoductos. Uno debería llegar hasta Turquía partiendo de Qatar y de Arabia Saudita; el otro debería seguir una línea "chiita": Irán, Irak, Siria y llegar al Mediterráneo europeo. Es triste que ya nadie se interese por el pueblo sirio, las ciudades divididas entre los rebeldes y el ejército, las colas por el pan y la gasolina, los prófugos... El temor es que Siria se convierta en una especie de Irak, en el que podrían nacer pequeños estados confesionales con problemas de convivencia.

Cuando comenzaron las manifestaciones de la Primavera árabe, en mi redacción estábamos asombrados de que estos jóvenes arriesgaran su vida por la libertad y nos preguntábamos si en Occidente alguien estaría dispuesto a arriesgar su vida por un gran ideal. La respuesta suscita un poco de temor, porque en Occidente arriesgar la vida por un ideal es algo outdated, pasado de moda.

Durante la visita a Líbano Benedicto XVI ofreció en su discurso algunos puntos de reflexión sobre cómo puede ser la convivencia islamo-cristiana. Estos puntos de reflexión se pueden resumir en la convivencia pacífica entre las diversas comunidades religiosas, que elimine el fundamentalismo y en un Estado que promueva una laicidad abierta a la religión, no un laicismo enemigo de todo credo. En este discurso se expresa la misma visión que en el discurso de Ratisbona, tan criticado. Ese discurso, considerado por muchos un discurso contra el Islam y responsable de haber destruido las relaciones con esta religión, en realidad era favorable al diálogo con el Islam, sobre todo era un apremio a Occidente a que abriese la razón a comprender también la dimensión religiosa. Aquí está el fracaso de Occidente: en el hecho de reducir la razón al aspecto material, al matemático, a la economía mercantilista. Estos discursos del Papa en Líbano indican un camino de transición que puede ser una ayuda para Oriente Medio, pero también para Occidente. Como sugirió el Papa, Líbano podría ser no sólo un modelo de convivencia islamo-cristiana para Oriente Medio, sino también un modelo de vida para la comunidad internacional.     

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