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4 DICIEMBRE 2016
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Reforma educativa: menos intervencionismo

Vicente Morro López

En efecto, es un proyecto magnífico si miramos el punto de partida, dada la postración en que había sumido a nuestro sistema educativo una legislación marcadamente ideologizada e ineficaz. Pero es deficiente si miramos hacia el futuro. Es una propuesta que se queda corta en algunos aspectos, lo que no obsta para hacer una valoración general positiva. Además, tras la mejora del texto que desde la sociedad civil deberemos impulsar, urgiendo a los parlamentarios, siempre quedarán los reglamentos, como señalaba el Conde de Romanones. En resumen no ha terminado nada, sino que acaba de empezar, y debemos seguir trabajando para mejorar nuestra educación.

Ciertamente, hubiera sido mejor derogar la legislación vigente y hacer una nueva, y buena, ley. Pero no ha sido esa la «técnica normativa» elegida por el legislador -craso error, pues lo que era necesario no era sólo «dar respuesta a problemas concretos», sino cambiar radicalmente la concepción general del mismo-. Necesitábamos una revolución y nos hemos quedado en retoques. Con esto podemos encontrarnos con una ley con "aluminosis", es decir, con una lesión en su propia estructura haciendo que lo positivo que pudiera tener quede sepultado por la debilidad, la falta de firmeza, la ‘porosidad', de los elementos LOGSE/LOE que conserva. Y el problema es que la estructura educativa podría, a pesar de las buenas intenciones, colapsar y quedar en nada, o sea, seguir como estamos.

Esto nos conduce a una nueva consideración: suele decirse que desde 1985 se han hecho en España siete leyes de educación, pero no es cierto. En España se ha hecho una única ley: el complejo LODE/LOGSE/LOE, elaborado por los sucesivos gobiernos del PSOE. Ha habido una única ley, porque nunca se ha rectificado -aunque se haya tenido que corregir muchas veces, y con escaso éxito, lo que demuestra una concepción errónea-. En efecto, las sucesivas leyes han ido incidiendo en lo peor de su programa y ahondando en el fracaso, llegando al paroxismo con la LOE, que desenmascaró un proyecto adoctrinador y estatalista. Por añadidura, el único y tímido intento de empezar a cambiar las cosas fue bloqueado de forma torticera -legal, pero injustamente- por el Señor Rodríguez Zapatero.

Esto nos lleva a otra consideración: algo, aunque no lo suficiente, cambia en la naturaleza del proyecto. Sigue teniendo cierto componente estatalista, pero es menos intervencionista que hasta ahora, pues propone mayor autonomía para casi todos los sectores, menos para las familias, desgraciadamente. Desaparece la imposición ideológica de un pensamiento único políticamente correcto y de una especie de ‘pedagogismo' para iniciados que saben lo que nos conviene a todos. Y esto no sólo por la eliminación de Educación para la Ciudadanía, gracias a la presión de más de cincuenta mil familias objetoras que nos tomamos en serio la defensa de la educación de nuestros hijos, sino porque ha desaparecido también la utilización ideológicamente correcta -aunque gramaticalmente no lo sea- del lenguaje: nos hemos librado de las interminables reiteraciones de alumnos/alumnas, padres/madres, profesores/profesoras. Esto no es una cuestión menor, pues revela una concepción antropológica diferente a la anteriormente impuesta. Tan artificiosa y antinatural era esa imposición que hasta sus más aplicados defensores terminaban abandonando los desdobles si el discurso, o el documento, era medianamente extenso.

Efectuadas estas consideraciones previas, en un próximo artículo analizaremos algunos aspectos concretos del articulado.

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