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2 DICIEMBRE 2016
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Actualidad del Maurismo

Eugenio Nasarre

Noviembre de 1912 es el asesinato de Canalejas en la Puerta del Sol. La historiografía coincide en que aquel magnicidio propició la descomposición, fragmentación y falta de rumbo del partido liberal, heredero del fusionismo de Sagasta, pero incapaz de adaptarse a las nuevas realidades que los cambios sociales demandaban. La profunda división de sus dos principales facciones, lideradas por el conde de Romanones y Manuel García Prieto, marcó su trayectoria hasta el colapso de la Restauración. Su papel de "izquierda dinástica" -que había dado sus frutos en los primeros veinticinco años del régimen bipartidista diseñado por Cánovas (véase, por citar un solo ejemplo, la labor modernizadora de Alonso Martínez en el ámbito jurídico) - quedó agostada.

Octubre de 1913 es el momento de la crisis de la unidad y del proyecto renovado del partido conservador, cuando, llegado el "turno" (tras cuatro años de gobierno de los liberales), Alfonso XIII opta por Dato en lugar de Maura. La preferencia del monarca es la consagración del "Maura no", desatado en la España convulsa de 1909. El partido conservador se divide irreversiblemente entre los "idóneos" (que siguen a Dato) y los que se identifican con la posición de Maura. Las consecuencias de este divorcio son dramáticas para el liberal-conservadurismo español y van a conducir, como uno de los factores fundamentales, a la crisis del sistema canovista y, tras la dictadura de Primo de Rivera, a la caída de la monarquía alfonsina.

El horizonte remoto de este episodio crucial de la España de la Restauración es "el 98". La liquidación del imperio ultramarino provoca en España una crisis de la conciencia nacional de enormes proporciones. Es el origen del surgimiento de las corrientes nacionalistas en Cataluña y el País Vasco. Es el comienzo de una nueva meditación sobre el ser y el porvenir de España. Y es el momento en el que todas las carencias del sistema canovista (con un cuarto de siglo ya a sus espaldas) salen a la luz. Es en este contexto de depresión nacional cuando adquiere fuerza el regeneracionismo, que no es un proyecto político propio sino una etiqueta que engloba diversas propuestas, con elementos contradictorios entre sí, pero que recogen un clima de opinión que anhela la reforma del sistema político de la Restauración.

Maura, siguiendo el rumbo incoado por Silvela, era consciente de que el sistema tenía que ser reformado y modernizado y que había que construir una respuesta política desde dentro del mismo a los anhelos regeneracionistas. El "descuaje del caciquismo", el gran cáncer del sistema político de la Restauración, se convirtió en su objetivo político central y es elemento medular de su pretendida reforma del régimen local. En su "gobierno largo" (1907-09) impulsó políticas reformadoras en diversos aspectos de la vida nacional (administración, mundo agrario, fomento de la industria, marina, reformas sociales, etc.).

Maura no ponía en cuestión el modelo político canovista de monarquía constitucional basada en la "doble confianza". Pero, a la manera de lo que había sucedido en otras monarquías del continente, su visión era que el sistema debería evolucionar hacia rasgos del modelo demonarquía parlamentaria, en el que el rey debería limitar en su ejercicio los amplios poderes que le confería la Constitución, respetando el resultado de las urnas y sin interferir en la vida de los partidos. Claro está que para esa evolución era imprescindible la concurrencia de dos factores: la pureza de las urnas y la existencia de partidos fuertes, que no fueran meros agregados de facciones. Estas condiciones no se produjeron, lo que incluso incrementó el protagonismo del rey en la vida política. Precisamente los "idóneos" eran los que renunciaban a impulsar esa evolución de la monarquía constitucional (que habría sido su salvación).

A partir de los impulsos reformadores de su "gobierno largo" (logrados unos y fracasados otros), y tras su retraimiento de la vida política activa, Maura, sin embargo, con su capacidad de liderazgo, logró articular un verdadero "discurso nacional", para hacer frente a los problemas que habían surgido en la España del siglo XX (la cuestión social, la cuestión territorial, la cuestión religiosa y la cuestión militar, amén de la regeneración de su sistema político). Y eso le convirtió tanto un punto de referencia para la España conservadora como un "líder carismático", que apelaba a la opinión pública directamente sin el intermediario de los partidos. Y aquí se produce el problema y la anomalía que significó Maura y el maurismo, que, al no encontrar solución, acabó siendo un desastre para el mundo conservador y factor decisivo para el fracaso del régimen de la Restauración. Maura, en definitiva, se quedó con bases políticas muy menguadas (los parlamentarios se decantaron, naturalmente, por los "idóneos"), pero con amplias bases sociales que le apoyaban: los que, sin otro nombre que llevarse a la boca, acabaron llamándose mauristas.

La importancia de esta escisión en el mundo liberal- conservador español, estriba en que iba mucho más allá de la rivalidad entre personas para ejercer el liderazgo del partido. Era un divorcio mucho más de fondo que lamentablemente no se pudo resolver. Lo que estaba en juego era la razón de ser y el proyecto de un partido, el heredero de Cánovas, que tenía que hacer frente a unas nuevas exigencias que le demandaban los tiempos nuevos y que le obligaban a elaborar y articular un proyecto reformador de carácter nacional y de largo alcance. Había rasgos esenciales del sistema canovista que había que preservar y darles mayor autenticidad (régimen parlamentario, supremacía del poder civil sin injerencias del mundo castrense, sistema de libertades, independencia judicial, etc.), pero había, sobre todo a partir del 98, que impulsar un proyecto con visión nacional que, fiel a lo valores del liberal-conservadurismo, fuera capaz de abordar eficazmente los graves problemas que se habían hecho presentes en la realidad nacional.

El drama para el liberal-conservadurismo español fue que ni los idóneos ni Maura y los mauristas podían por separado dar respuesta a las necesidades de reforma del sistema incluso para su supervivencia misma. Ambos, sin el otro, quedaban cojos o mancos.

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