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3 DICIEMBRE 2016
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Los turcos rechazan la 'solución turca'

Fernando de Haro

Algunos hablan ya de un rebrote de la primavera árabe que se estaría trasladando en este momento a Turquía. Si se confirma sería llamativo. El régimen de islamismo moderado de Erdogan se había señalado como posible referente para los países de mayoría musulmana que quieren modernizarse. El islamismo de Erdogan, a pesar de no respetar la libertad religiosa, según algunas interpretaciones, podría ser el modelo de todo lo democrático que puede llegar a ser un país de mayoría musulmana. Erdogan ha roto con el laicismo de Kemal Ataturk, ideología que sirvió para fundar la república de Turquía. El propio Obama en su visita al país en 2009 lo puso como referencia. Pero las protestas parecen poner en cuestión que la actual Turquía sea un buen modelo.

En mi libro Cristianos y Leones (Planeta) explico las que pueden ser las claves de lo que está sucediendo. Desde que Erdogan llegó al poder en 2002 ha mantenido una lucha frontal contra los jueces y contra el ejército. En la milicia y en la magistratura se han hecho fuertes los restos del kemalismo. El kemalismo fue un sistema laicista sui generis que impuso Atatürk tan pronto como se hizo con la presidencia de la nueva Turquía en 1923, tras la desaparición del Imperio Otomano. La palabra kemalista, de hecho, deriva del segundo nombre de Mustafá Kemal Atatürk. Occidente hasta no hace mucho apoyaba el kemalismo porque le parecía un buen instrumento para frenar el avance del radicalismo en una zona tan estratégica. Pero muchos en Europa y en Estados Unidos han empezado a cambiar.

Solución Erdogan

El islamismo del Partido Justicia y Desarrollo (PJD) de Erdogan, al que se le tuvo mucho miedo, se comienza a considerar una buena solución. Desde luego eso es lo que sugirió Obama en su discurso del 6 de abril de 2009, pronunciado durante una visita muy significativa al país. El presidente de Estados Unidos apostó entonces por el liderazgo de Turquía en la zona. Rehacía así la tradicional amistad turco-estadounidense que había quedado algo resquebrajada después de que Bush no pudiera utilizar el país como base para los ataques a Iraq. Erdogan se siente fuerte, sabe que la seguridad energética de Europa está en sus manos. El gas y el petróleo que llegan al Viejo Continente desde Asia Central dependen de Turquía.

El primer ministro turco se tomó en serio la invitación del inquilino de la Casa Blanca y, en septiembre de 2011, cuando todavía estaba por aclararse cómo iba a concluir la primavera árabe, viajó a Egipto, a Libia, y a Túnez. Fue recibido con admiración. "La tournée del primer ministro turco Erdogan por el Norte de África se dirigía sobre todo a la población y a la opinión pública de estos países, más que a los gobiernos transitorios -explica Aclimandos Tewfik, egipcio, investigador asociado a la Cátedra de Historia contemporánea del mundo árabe en el Collège de France-. La política exterior turca, que ciertamente es demasiado sutil y creativa para poderla resumir en pocas frases, apunta a ´estabilizar la región´, disminuir las tensiones y multiplicar las cooperaciones, crear un gran mercado común". El viaje de Erdogan respondía a la estrategia de construir la nueva Turquía que ha sido teorizada por su ministro de Asuntos Exteriores, Almet Davutoglu. El ministro es un ideólogo del islam político, padre de lo que algunos llaman el neo-otomanismo. En su libro Stratejik Derinlik (Profundidad estratégica) teoriza la necesidad de no olvidar el gran pasado del Imperio Otomano, justo lo opuesto de lo sostenido por Atatürk. El modelo de desarrollo de Almet Davutoglu se fundamenta en una democracia parlamentaria y una expansión económica que esté protagonizada por la burguesía islámica. A la nueva Turquía ya no le interesa desempeñar el papel de estado-frontera entre Occidente y Oriente. Lo que propone Davutoglu es que Turquía sea un estado-líder del mundo árabe. La opinión pública apoya la idea. Un sondeo de la German Marshall Fund, instituto con sede en Alemania, reflejaba a finales de 2011 que el 43 por ciento de la población turca considera más importantes las relaciones económicas y políticas con los países árabes que con los europeos y los americanos.

Turquía admirada

La inclinación hacia el mundo árabe es correspondida. A Erdogan le admiran sus vecinos por varias razones. La política exterior, sobre todo la política hacia Israel, genera muchos seguidores y el desarrollo económico, envidia. La nueva Turquía consigue crecer a tasas del 9 por ciento anual y posee grandes reservas de hidrocarburos. Es un país que puede romper los usos diplomáticos tradicionales. De hecho, Erdogan, en 2009, durante el Foro de Davos, se enfrentó a Simon Peres, presidente del Estado judío. El gesto le dio muchos puntos. Y lo de Davos no fue un hecho aislado. En la que se conoció como "flotilla de Gaza", la que en 2010 intentó romper el bloque que sufría la franja, viajaban muchos turcos. El asalto del Ejército israelí a los barcos que la integraban acabó con nueve de ellos muertos. La ONU hizo público un informe en el que se aseguraba que el Estado de Israel había utilizado la fuerza de forma excesiva. Erdogan expulsó al embajador israelí en Turquía. Fue entonces cuando, a los ojos de algunos, se convirtió en un héroe. 2012 ha estado marcado por las fricciones con el régimen sirio de Bacher el Assad. La guerra civil que Siria sufre en los últimos meses ha provocado la llegada de una ola de refugiados a Turquía y una tensión creciente. La actitud de Erdogan en este conflicto ha servido para aumentar su peso en la zona.

La política religiosa y la política hacia la minoría cristiana del nuevo héroe de Oriente Próximo siguen suscitando muchos interrogantes, a pesar de que ya está en su tercer mandato. En junio de 2011 Erdogan obtuvo su tercera victoria electoral. No consiguió los 330 representantes necesarios para sacar adelante la reforma constitucional que había prometido. Se quedaba en el 49,9 por ciento de los votos, porcentaje que suponía un respaldo muy amplio para consolidar su proyecto. El PJD era un partido perfectamente desconocido en 2002, cuando ganó por primera vez las elecciones. Sólo tenía experiencia en los gobiernos locales. Erdogan no era su candidato. En el 98 un tribunal lo había apartado de la vida política por incitar al odio religioso. Había citado los versos de un poeta que llamaban a la beligerancia islámica. "Los minaretes serán nuestras bayonetas y los fieles, nuestros soldados", decían aquellas rimas. Hubo que cambiar una ley para que pudiera volver a hacer política. Aquel radicalismo parece haberse quedado atrás. Pero Erdogan ha llevado a gala estar al frente de un gobierno musulmán. De hecho, algunos explican su éxito por la capacidad que tiene de dar voz al sentimiento de pertenencia al islam, por haber sabido superar el viejo laicismo. Ese sentimiento no tendría por qué estar contra la democracia. "El PJD se ha convertido en la voz de los musulmanes que fueron olvidados del proceso de modernización de Turquía", asegura Robert Koptas, director de Agos, el semanario de lengua armenia de Estambul. "El partido de Erdogan quiere demostrar que los musulmanes pueden ser, de verdad, democráticos", añade. Alper Dede, analista político de la Universidad de Zirve en Gaziantep, sostiene que los cuadros del partido son comparables a los de la democracia cristiana: "cuando nació el PJD, en 2001, confluyeron diferentes fuerzas. En el vértice del partido había gente como la de la democracia cristiana. Había políticos de centro-derecha, pero no solo. También había gente de tradición islamista y de matriz laica".

Antes de certificar que Erdogan ha conseguido superar el laicismo de Atatürk y construir una verdadera democracia en un país de mayoría musulmana hay que tener en cuenta muchos otros factores. En lo que se refiere al laicismo Luigi Padovese, obispo asesinado en el país en 2010, explicaba que nada es exactamente lo que parece. Ni Atatürk fue tan laico como dicen ni Erdogan ha supuesto una ruptura. "La laicidad turca es la base del Estado turco, ha dado su fisonomía a Turquía -explicaba Padovese-. Con otras palabras - y este es el mérito de Atatürk - ha creado una Turquía sin las rémoras del pasado y, por tanto, muy distinta de la situación precedente en la que existía un desmesurado poder religioso, un control de la vida religiosa de la sociedad, pues el sultán era también el califa, es decir, la máxima autoridad religiosa". Atatürk habría deseado un laicismo como el francés. Pero "la laicidad turca es sui generis porque, en el fondo, la orientación suní en la que se reconoce el 75 por ciento de los turcos está bajo el control directo del Estado. El culto está vinculado al Estado, todos los responsables de las comunidades - los muftíes - son empleados estatales y, por ello, reciben su sueldo del Estado. Esta es la situación de Turquía, en la cual laicidad significa control de la religión por parte del Estado", añadía Padovese. Erdogan, como se hacía en los tiempos del kemalismo, sigue interfiriendo en el gobierno del islam turco. Y ese esquema es el que también se aplica, con frecuencia, a la relación con los cristianos. De momento no se cumple lo que pidió el Papa. Uno de los primeros viajes de Benedicto XVI, a finales de 2006, tuvo como destino Turquía. En varias de las intervenciones que pronunció en Estambul reclamó una libertad religiosa plena para el país y una colaboración leal entre cristianos y musulmanes.

Un informe publicado en el verano de 2010 por la Agencia Forum 18 certifica esas injerencias. El gobierno turco se inmiscuye en la elección de los patriarcas de la comunidad cristiano greco-ortodoxa, en la vida de la comunidad armenia y en la vida de la comunidad judía. En el caso de los suníes elige directamente al presidente del Diyanet, la Oficina de Asuntos Religiosos, que es la máxima autoridad en la materia. Ha habido algunos indicios de cambio, pero "el camino es muy largo, sobre todo hay que ver si las palabras corresponden con los hechos -añadía Padovese-. En Turquía es importante no fiarse tanto de las palabras como de los hechos. Entiendo que la situación es difícil, que el Gobierno tiene que tener en cuenta a los adversarios políticos que siempre intentarán instrumentalizar cualquier gesto, un gesto como la cesión de una iglesia a los cristianos, pero me pregunto: ¿cómo es posible que un gobierno elegido democráticamente, con mayoría en el Parlamento, no sea capaz de hacer gestos simbólicos hacia las minorías?".

Los cristianos perseguidos de Turquía, como los jóvenes que salen ahora a la calle, saben que Erdogan no es una buena solución.

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