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20 OCTUBRE 2017
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Dos películas que hay que ver

José Andrés Gallego

Para engañarse a sí mismos, hay también que tener arte. Y me refiero ahora a los engaños colectivos, aquellos que compartimos como el pueblo que somos. Hay pueblos cuyas gentes se engañan de una manera y otros de otra. En general, los europeos y los americanos sufren de alienación en su respectiva “nación”, a la que atribuyen acciones propias de personas. La mayoría de los españoles es una excepción a esa regla (aunque no la única). Nuestro sentimiento nacional es bastante débil y no somos ejemplo de patriotismo. Para presentarnos como patriotas, tenemos que alienarnos –también– en los sitios de Zaragoza y atribuirnos los méritos de aquellos que lucharon en ellos hace casi doscientos años. Pero la verdad es que nosotros no luchamos; no estábamos allí.

Tampoco estábamos allí, en Barbastro, en 1936, cuando mataron al medio centenar de claretianos que estudiaban o enseñaban teología –la mayoría la estudiaba; eran jóvenes, catalanes bastantes de ellos, a juzgar por los apellidos– en el convento de la calle del Conde. De ellos y de los días que precedieron a esos fusilamientos da cuenta la película Un Dios prohibido, que ha tenido el valor de dirigir Pablo Moreno. Lo singular es que dirigir películas como ésa requiera valor. Hace muy poco tiempo, se estrenó también en España una película norteamericana sobre la guerra mexicana de los cristeros y ha pasado sin pena ni gloria. También su director había tenido valor. Las dos son –a mi juicio– sendas obras de arte en sí mismas, como películas, sin más. Pero, ante el recuerdo de nuestro propio pasado, somos demasiados los españoles que preferimos mirar para otro lado y hasta dejar de ir al cine para que no nos agüen la fiesta. Por eso les aviso de que andan por ahí esas dos películas y que no debería perdérselas nadie.

La virtud de las dos es que se ha logrado, con ellas, medir exactamente los recursos del arte cinematográfico de manera que lo que se percibe es, simplemente, lo real. Y lo real nos interpela (sobre todo, cuando son los nuestros los asesinos o los asesinados). No son películas para regodearse en el mal, sino para percibir el bien –enorme– que es capaz de sesgar el mal, pero que, aun así, lo trasciende. Son películas trágicamente constructivas. Muy constructivas. La de los cristeros trata de la guerra que sufrieron los mexicanos diez años antes –exactamente diez– de que sufrieran los españoles la suya. Dicho de forma demasiado sencilla, los gobernantes mexicanos intentaron que sus compatriotas dejaran de ir a misa, y bastantes de sus compatriotas optaron por defender el derecho de todos, buenos y malos. El mejor y más aleccionador realismo de la película no está, con todo, en lo que relata, sino en los sentimientos que refleja; sentimientos encontradísimos, de odio y de valor, de venganza y perdón, de valentía y cobardía, de sadismo y entrega, expresados a veces en matices muy leves. No hay buenos y malos. Los “buenos” tienen que confesarse (hablo del sacramento) cuando prevén la muerte. No se consideran libres de culpa ni héroes, ni aun mártires (aunque lo sean). La película de los cristeros me conmocionó realmente porque me pareció que reflejaba exactamente los mismos sentimientos que separaron y que unieron a los españoles entre 1936 y 1939. Pensé que era una película que todos debíamos ver, para comprender nuestra propia historia y ser conscientes de lo que, realmente, debe constituir el meollo de la memoria histórica. En ella no se cuentan los muertos, a ver quién mató más; se expresan actitudes humanas y punto. Y no se oculta que, mientras unos católicos mexicanos se defendían como podían, en la curia romana se buscaba la forma de llegar a un acuerdo con el Gobierno mexicano. No se oculta nada. Pero nadie se ensaña con nadie ni con nada. Basta la realidad.

La película de los mártires de Barbastro –porque fueron mártires, claro– expresa otro aspecto de esas tragedias: el de la juventud naciente sesgada por la muerte en la guerra española de 1936. También basta la realidad: desfila la ilusión, la alegría, la preocupación, incluso el afán de ser mártires; respira juventud. Por eso es más elocuente el sonido que conlleva su muerte. Una de las cosas que los historiadores no hemos estudiado como haría falta es la preparación para el martirio –expresamente contemplado así, como una posibilidad real y próxima– que se hizo en comunidades religiosas y seglares de distintos lugares de España en la primavera de 1936, cuando se preveía lo que podía suceder. Cuesta entender que algunos de esos jóvenes estudiantes de Barbastro lo esperasen con ilusión. Y el caso es que lo hemos documentado en muy diferentes personas. Hubo obispos (Gomá, Eijo Garay…) que se libraron de la muerte porque estaban fuera de la diócesis en julio de aquel año y, en la correspondencia privada de los días siguientes, declaran la vergüenza que sienten por no haber estado junto a sus curas y haber muerto como ellos.

Y no es que cueste menos comprender las razones que tenían los carceleros de esos jóvenes de Barbastro cuando les decían –según el testimonio de uno de los estudiantes que, por ser argentinos, se salvaron– que no les odiaban a ellos, sino su profesión (se supone que religiosa), su hábito negro, su sotana. “Nos lo repetían constantemente”, dice. Y el odio, ciertamente, no nace de la nada. Quiero decir con ello que tampoco los católicos que se sientan solidarios con aquellos mártires pueden rehuir la realidad y dejar de sentirse interpelados. Les adelanto que la respuesta que nos demos puede tener mil formas, pero que todas ellas –salvo juicio mejor– tienen que coincidir –necesariamente– en un punto: no tenemos otra que hacer el bien, incluso a cambio de que nos cuenten la historia de otro modo y nos parezca que no sucedió así. En realidad, sucedió de muchas maneras y ni la grandeza ni la mezquindad tuvieron un solo color. Ahora tampoco.

Quien no le tenga miedo a lo real, debe ver esas dos películas, y mejor si lee además el libro de otro superviviente de aquello de Barbastro: Plácido María Gil Imirizaldu, Un adolescente en la retaguardia: Memorias de la guerra civil 1936-1939 (Ediciones Encuentro). Vale la pena.

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