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8 DICIEMBRE 2016
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Siria: cristianos atrapados

Martino Diez

Mientras los analistas sopesan las fuerzas sobre el terreno en Siria, en un conflicto que ya es regional, se corre el grave riesgo de olvidarse, entre un expediente y otro, de que no se trata de fuerzas anónimas, sino de personas. Como el amigo que me contactó esta mañana por skype por primera vez después de meses. Está atrapado en Alepo y esperó toda la noche para poder contármelo. Antes de la guerra trabajaba en una empresa franco-siria dedicada a la exportación, especialmente de jabón y productos típicos orientales. Una casa como otras, en un barrio bastante acomodado. Después de que estallaran las hostilidades siguieron exportando los productos por avión, más tarde se bloqueó todo y desde hace seis meses está sin trabajo. Mientras tanto el cambio del euro pasó de 60 a 195 liras sirias, el del dólar se ha cuadruplicado, el pan ha subido de 5-10 liras a 100. Sami —el nombre es inventado— es cristiano. No quiere juzgar a quién corresponde la responsabilidad (en cualquier caso, no lo haría por skype), pero recuerda que la situación humanitaria es muy dura, sobre todo ahora que se perfilan en el horizonte nuevos enfrentamientos en la zona, y pide ayuda explícitamente.

A nivel internacional, la prueba segura de que el conflicto sirio ha entrado en una nueva fase la tenemos en los comentarios, rencorosos es decir poco, de los Estados del Golfo tras la admisión de parte de Hezbollah de su implicación directa en la batalla de Qusayr. Después de las derrotas de los últimos meses, las tropas de Asad ganan de nuevo terreno, pero lo hacen sobre todo gracias al apoyo de los milicianos libaneses chiítas y el apoyo creciente de Irán y Rusia. Los Estados Unidos están valorando el suministro de armas a los rebeldes. Sobre todo esto, planea el espectro de las armas químicas, mientras la conferencia de paz se posterga hasta después de junio.

Los paralelismos con el caso libanés (en el período de la guerra civil 1975-1990) son impresionantes. También en ese caso la implicación de las fuerzas regionales fue creciendo cada vez más, en un gigantesco «juego destructivo cuya suma era cero» (la expresión es de Georges Corm, en su libro sobre la historia del Líbano contemporáneo) que en su momento más cruento había implicado además de a las facciones libanesas y a los palestinos, a Israel, Siria, Estados Unidos y fuerzas multinacionales de interposición. Aunque el paralelismo tiene su fundamento, se puede considerar que un alejamiento de Asad no cambiaría por sí solo la situación sobre el terreno, como en Líbano tampoco fueron los asesinos políticos quienes determinaron el fin del conflicto, sino el agotamiento gradual de las partes implicadas.

El tono de Sami es sereno y amable (al final se atreve a decir “espero que volvamos a tener paz para que podáis venir de nuevo a visitarnos”), pero con su simple testimonio te hace sentir brutalmente el peso de una guerra civil en carne y hueso, en la que se corre el riesgo de quedar atrapados entre dos fuegos, bloqueados en el propio barrio mirando al techo. Precisamente por esto, como ha recordado el Papa Francisco interviniendo en una reunión de coordinación sobre Siria promovida por Cor Unum, «ayudar a la población siria, más allá de las diferencias étnicas o religiosas, es el modo más directo de contribuir a la pacificación y edificación de una sociedad abierta a todos sus componentes».

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