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24 MAYO 2017
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Las manchas verdes de Afganistán

Antonio Picasso

Beis. Este es el color predominante en Afganistán. Sobrevolando el país en helicóptero, con las Fuerzas armadas italianas, se asiste al espectáculo de una naturaleza primordial. El desierto infinito se alterna con las encrespaduras de montañas antiguas. Los ríos son raros. Todavía más las huellas de vida humana.

Sin embargo, de improviso, aparecen ante nuestros ojos manchas de verde intenso. Se trata de una vegetación luminosa, que emana una voluptuosidad que contrasta con la nada que la rodea. «Son todas cultivaciones de opio», grita al interfono el oficial que está a mi lado. «No hay ni una sola plantación o pequeña parcela donde no se cultiven adormideras».

Afganistán es un narco-Estado. Son muchos ya los que lo definen así. La UNODC, la oficina de Naciones Unidas contra la droga y el delito, ha llegado a la misma conclusión. El reino de los talibanes, el refugio de al-Qaeda, el ring de los enfrentamientos entre Occidente y las corrientes más fanáticas del Islam — todo esto a juicio de la mayoría y quizá de manera aproximada — hoy está cambiando identidad. El país de las cometas está tomando una deriva alejada de las ideologías. El enfrentamiento entre religiones y civilizaciones ya no es la base explicativa de su condición de guerra constante. Al contrario, en el origen de la inestabilidad están los centenares de millones de dólares que constituyen el volumen de negocios del tráfico internacional de heroína.

Eran 700 millones de dólares hace dos años. Para 2013 se prevén unos beneficios de un millardo para los narcotraficantes que gestionan la producción de opio en Afganistán. El año pasado, el país proveyó al 75% de la demanda mundial de heroína. Se calcula que este porcentaje subirá hasta el 90% para finales de 2013. Cifras de estas dimensiones inducen a hablar del sector de manera estrictamente económica. Como si se tratase de un producto comercial cualquiera.

Pero la adormidera de opio mata. Tanto en Occidente como en Afganistán. Según el Departamento de Estado de EEUU, el uso de sustancias estupefacientes afecta al menos a 1,3 millones de ciudadanos afganos.

El opio está en la base de la refinación de la heroína y de todos sus derivados de laboratorio. Drogas sintéticas que se venden en parques y discotecas de las ciudades occidentales. Estupefacientes que cosechan víctimas en las generaciones más jóvenes de nuestras sociedades. Todo esto es verdad. Pero también es verdad que el opio sigue siendo la fuente de supervivencia de una buena parte de la comunidad rural afgana. En el país de las cometas se calcula que los señores de la droga cultivan y controlan entre 100 y 154 mil hectáreas. Desde los grandes latifundios a las parcelas unifamiliares, donde las adormideras crecen al lado de las hortalizas comunes.

La planta no necesita grandes atenciones ni una tecnología especializada. La siembra es rápida. El crecimiento de los brotes inicia con la llegada de la primavera. En estos meses, el paisaje del país cambia radicalmente. Sus valles, poco antes nevados, y las orillas de sus flacos ríos se tiñen de verde centelleante. La primera cosecha se obtiene al cabo de unos tres meses. Pocas nociones de agronomía, que cualquier campesino conoce, poca agua — por tanto, ni siquiera la necesidad de realizar sistemas de irrigación importantes — y el beneficio está asegurado. Antes de que la flor se abra, el bulbo se corta con un cuchillo. La herida, en los días sucesivos, segrega una resina que se saca a mano. En la recolecta del opio en bruto participan familias enteras de agricultores: ancianos, mujeres, niños. Como en una vendimia.

Es difícil reprobar a los cultivadores. En el pasado se intentó sustituir el opio con otros productos: maíz y patatas, incluso con el azafrán, tan estimado. Las naciones Unidas, representadas en Afganistán por la UNODOC y la misión UNAMA, se habían hecho cargo de costosos proyectos para la recualificación de la economía nacional. Estaban convencidas de que los bulldózers, utilizados para arrancar el opio de los campos, iban a extirpar también el fanatismo talibán.

La operación era sensata sobre el papel. Los “estudiantes coránicos” siempre han manifestado un interés utilitarista por el narcotráfico. Vender opio en bruto significa conseguir dinero en efectivo para comprar armas y proseguir con su propaganda. Cerrar este grifo económico habría sido incluso más eficaz que una intervención armada.

El plan, sin embargo, topó con la condición social del país. De los 31 millones de ciudadanos afganos, apenas el 28% sabe leer y escribir. Es difícil intentar una conversión económica en este contexto. Es difícil esperar que el campesino medio afgano disponga del know how profesional para renunciar al opio y pasar al azafrán, cuyas exigencias agronómicas son altísimas. O simplemente a la cultivación de la patata, para la cual se requiere un terreno muy húmedo y no las arenas de Asia central. Pero es suficiente una comparación de precios para entender por qué motivo el destino de Afganistán es ser un narco-Estado. En los mercados de Kabul, Farah, Kandahar, 4 kilos de maíz se venden a 2 dólares. Con 4 kilos de opio en bruto, en cambio, el beneficio es de 100 dólares.

El narcotráfico no es sólo una cuestión talibana. Está claro que para los señores de la guerra, tribus rebeldes, delincuentes comunes y talibanes el opio es su fuente de conflicto. Previa coerción, imponen a muchas familias campesinas la cultivación de la adormidera. Además, corrompiendo el establishment político de Kabul tienen un control completo del país. Sin embargo, el problema no se limita a su enriquecimiento. Afganistán es un narco-Estado porque la supervivencia económica de los campesinos afganos reside en el narcotráfico.

No faltan operaciones de contraste. La policía afgana trabaja en todo el territorio nacional para arrancar las plantas, que precisamente en estas semanas comienzan a brotar. En Herat y Farah, donde está desplegado el contingente militar italiano, las intervenciones han llevado a resultados concretos. Aquí se prevé detener la producción durante el año en curso. En contra de la tendencia del aumento calculable para el resto del país. Sin embargo, cerca de 10 mil hectáreas de cultivos destruidos en 2012 no bastan para atreverse a hacer previsiones optimistas.

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