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5 DICIEMBRE 2016
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El espejismo de la migración

Diego I. Rosales Meana, Centro de Investigación Social Avanzada, México

Estados Unidos está por votar una reforma en sus políticas migratorias. La iniciativa de reforma, promovida sobre todo por una importante sección del Partido Republicano, quiere aumentar y reforzar las medidas policiales en contra de los migrantes lo que, por supuesto, ha desatado fuerte polémicas entre los miembros del Partido Demócrata y los defensores de los derechos humanos.

Esta reforma no es una reforma como cualquier otra, sino que su carácter eminentemente internacional afecta a otros actores fuera de Estados Unidos y, en especial, a lo migrantes latinoamericanos, que ponen en verdadero riesgo sus vidas para poder cruzar el Río Bravo y aspirar a mejores oportunidades de trabajo, mejores oportunidades económicas y, con todo ello, sin embargo, también a una fractura identitaria en las comunidades que abandonan.

La vida del migrante, y del migrante latinoamericano a Estados Unidos es siempre una vida nutrida y alimentada por el drama de la desesperación. Simone Weil sostenía que echar raíces es una de las necesidades más profundas del alma humana. Sin caer en los absurdos racistas o nacionalistas que llevan a pensar que la migración es, de suyo, un mal, hay que entender que la vida de una persona que ha de abandonarlo todo, su familia, su lengua y sus tradiciones, se presenta ya como una vida especialmente dura. Es una necesidad humana contar con un suelo, con una casa que haga del mundo un sitio habitable. Y eso no lo otorga la ciudad por sí misma, sino la red de relaciones humanas que hacen que la ciudad en la que se habita haya un trasfondo de sentido y de significado, que permitan que lo  propiamente humano de la vida humana pueda desplegarse.

Por otra lado, además, no podemos olvidar que, desde el punto de vista histórico, el ser humano ha sido migrante desde siempre. Las más maravillosas eclosiones culturales de la historia del ser humano han tenido lugar gracias a movimientos migratorios. Y ya no solamente en términos culturales, sino que el fenómeno migratorio ha representado un factor positivo para el crecimiento de la economía. La migración no es para nada en sí misma un mal, sino al contrario: el intercambio cultural y económico saca al ser humano de un posible anquilosamiento. Pero para que no se convierta en un tránsito que pulveriza la personalidad del migrante, ha de realizarse bajo condiciones dignas, en primer lugar, olvidarse de la idea de que el migrante ilegal es en sí mismo un criminal.

La migración ha salvado economías e inventado culturas. Pero si  ésta es interpretada desde los símbolos de la legalidad vacua y el ostracismo cultural, entonces se convierte en un terror, tanto para el migrante como para la comunidad a la que llega. Mientras las leyes escleroticen las fronteras y tapen los sanos poros por los que las culturas se empapan de alteridad, seguiremos navegando hacia una barbarie racista con cara de civilización legalizada.

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