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6 DICIEMBRE 2016
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¿Educación pública o libertad en acto?

Francisco Medina

“Educ@ción Públic@ para todos y tod@s”, el lema del eterno retorno. Una letanía ideológica que se muerde la cola. Y una defensa cerrada a ultranza del statu quo frente a una realidad de fracaso escolar y de falta de compromiso en la Universidad. El tema no pasaría de una simple página si no fuera porque el sistema actual de enseñanza ha venido experimentando, en los últimos años, una preocupante radicalización partidista en la defensa de lo “público” frente a las últimas reformas.

En esta ocasión, el pretexto ha sido la entrega de premios fin de carrera en el Auditorio Nacional, donde algunos estudiantes, debidamente instruidos en la ideología, han mostrado sin reparo los frutos de esta educ@ción públic@ que la izquierda social defiende: instrumento al servicio del poder. ¿Qué está pasando en nuestro país?

La realidad se impone: la OCDE ya nos dice que estamos en la cola de Europa en el sistema educativo. Pero hay que ir aún más allá. Por encima de las cifras, más dramático resulta el hecho de la radicalización ideológica del sistema educativo de nuestros días, donde el profesorado de los colegios públicos se ha convertido en un instrumento corporativo al servicio de intereses políticos y funcionariales. Ello se traslada a la relación con el alumno, condicionada por la influencia e, incluso, el chantaje educativo e ideológico al que se ven sometidos muchos maestros y alumnos (ya no es raro que haya casos de profesores que suspenden a alumnos por el hecho de que algunos hayan hecho expresión pública de sus creencias en las clases; o de profesores marginados por el hecho de expresar públicamente las convicciones). Años de gobierno socialista y- lo que es más incisivo aún- de activismo ideológico y sindical han convertido a la escuela y a la Universidad en laboratorios ideológicos y corporativos que asfixian, cada vez más, la libertad de expresión y el marco de convivencia.

¿Por qué se ha impuesto la izquierda en el ámbito educativo?. A mi juicio, por dos razones: La primera, por su capacidad de movilización y de generar cultura. Con todo lo ideológica que se quiera, esta cultura política (o anti-política, si se quiere) que han generado ha sido una inversión a largo plazo que ha jugado como un elemento erosionador del sustrato católico cultural que teníamos. La segunda, porque su labor se ha visto facilitada por el agotamiento creativo de muchas escuelas del ámbito católico, que aún estaban ancladas en modelos sesentayochescos, centrados exclusivamente en lo participativo y en la dinámica de grupo). La movilización política de la izquierda también se ha visto facilitada por la rendición en el ámbito familiar. Se ha cedido mucho a la tentación de que “al niño no le falte de nada”. La visión ideológica de la razón instrumental e ideológica ha cundido demasiado en muchos jóvenes que buscan y no acaban de encontrar claves para un camino: que el hecho de colgar vídeos en YouTube para exhibir las pulsiones primarias y conseguir el éxito fácil como modo de ganarse la vida entre los estudiantes está empezando a ser demasiado frecuente y es síntoma de una fragilidad y un narcisismo preocupantes. En esto, los adultos tenemos la mayor parte de la responsabilidad: nos hemos aburguesado, dificultando, en muchas ocasiones, que las preguntas de nuestros hijos tuviesen un ámbito donde ser respondidas….y ellos lo han encontrado en la ideología. Por ello, movimientos como el 15-M o las agrupaciones de izquierda surgen del encuentro entre estudiantes que siguen sin verse respondidos y buscan un significado. La cuestión es si esto es una respuesta real a las exigencias del corazón. El testimonio de muchos jóvenes que han encontrado un significado más profundo y verdadero que la ideología muestra que no.

El punto de partida

De lo que no cabe duda es de que los cristianos tenemos una gran tarea: volver a partir de cero, con la persona como el punto de referencia. Preocuparnos por el nº de alumnos que vienen a nuestros colegios, o por el éxito que tienen a la hora de aprobar la selectividad (que es importante), no lo es todo. Generar personas que se dejen interpelar por lo que sucede, y crezca en ellos una inteligencia nueva, es el principal reto. Y esto no lo hemos cuidado demasiado. Bien está ser presencia en los órganos públicos de decisión. El problema es si estamos generando cultura.

Conviene tener claro que nuestro tejido social se ha debilitado enormemente: la visión ideológica de la igualdad de género, del intercambio sexual sin compromiso y del consumo irresponsable impuesto desde las cátedras, las Consejerías y los Ministerios y el nihilismo festivo, han tenido su cosecha en el abucheo de los estudiantes al ministro en el Auditorio Nacional y no nos deja más alternativa que la de construir obras educativas de verdad si queremos cambiar algo. Algunas ya están empezando a aflorar con esta conciencia. Otras iniciativas necesitarán depurarse. En cualquier caso, como nos decía el Papa Francisco recientemente, hay que salir de nuestras seguridades y de nuestros guetos y proponer la relación educativa nueva que surge de la experiencia de un encuentro. Una obra en la que los padres sean los principales protagonistas y el colegio y la Universidad sean puntos de diálogo para buscar la verdad. Sólo partiendo del origen, podremos generar cultura y, lo que es más importante, una sociedad viva, que respete la riqueza de la diferencia.

Mucha altura de miras habrá que tener también desde la política. Hay que tener mucho coraje para abandonar el dogma del estatalismo y empezar a ver otros caminos. El dogma de la educación pública ya no se sostiene frente a la realidad de nuestra enseñanza: las Universidades y los institutos son, con frecuencia, escenarios de disputas políticas entre departamentos, y el corporativismo funcionarial es un cáncer. Estar defendiendo siempre una concepción de educación pública igualitaria, neutra y maniquea es abonar el campo para una sociedad tecnocrática (donde el poder lo tienen los expertos y los técnicos, con el peligro inmenso que eso supone). Bienvenida sea una Ley donde se empiecen a corregir los excesos que hemos padecido, aunque sea tímidamente. Pero no podemos olvidar que la verdadera tarea que nos espera está en otro nivel: si queremos libertad educativa, tenemos que vivirla. Tenemos que hacer presente la subsidiariedad.

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