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26 MARZO 2019
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En defensa del pensamiento

Álvaro Delgado-Gal

¿Dónde están los intelectuales? Esta pregunta se ha hecho frecuente en tertulias y diarios, y más que una pregunta, es una interpelación. El interpelado, por supuesto, es el supuesto intelectual, a quien se reprocha permanecer silente y como escondido en un momento de tribulación nacional. Las instituciones se tambalean, las creencias han entrado en cuarto menguante, el personal anda como azogado. Y miren ustedes por dónde, el que tendría que dar un paso adelante y menudear diagnósticos e ideas, y abrir caminos, y ponerse al frente, no dice «esta boca es mía».

Me confieso genuinamente perplejo ante esta petición de socorro, mitad indignada y mitad inspirada por una especie de piedad filial. En efecto, los intelectuales no saben/no contestan… desde hace un cuarto de siglo por lo menos, tirando por bajo. Nadie, de añadidura, los ha echado en falta. Pensemos en la Transición española, nuestro gran momento de transformación colectiva. ¿Qué papel desempeñaron los intelectuales? Ninguno que yo recuerde. La Constitución se ventiló bajo la tutela de Abril Martorell y Alfonso Guerra, dos hombres de partido. El primero se hallaba rigurosamente intonso en materia de lecturas, y el segundo era un aspirante a aspirante a aspirante… (reiteren la cláusula dilatoria todas las veces que les venga en gana) de intelectual. Por allí brujulearon los nacionalistas, y varios expertos en Derecho Constitucional. Se introdujeron artículos que respondían a intereses corporativos o territoriales, y salió lo que salió, no es cuestión ahora de precisar si bien o mal. El caso es que no hubo debate intelectual, ni lo ha habido más adelante. Se trató de un proceso controlado desde arriba por los protagonistas en ciernes de la nueva era política. Ésta se ha ido consumando (y consumiendo) al compás de los acontecimientos, sin que un solo remolino ideológico conmoviera la superficie de las cosas. El resumen más impresionante de esta época que raya ya con lo crepuscular, nos lo ha dispensado Rajoy hace unas semanas, en su visita al papa. Rajoy, en su doble condición de católico y presidente del Gobierno, ha entregado a Francisco I un cachivache simbólico. ¿Cuál era el símbolo? ¿Un recuerdo histórico? ¿Un texto? No, una camiseta de la selección española de fútbol. Cuando nuestro presidente se pone lírico, mejor, espiritual, tremola una camiseta de fútbol. En este panorama, hacer un llamamiento a los intelectuales suena raro: es como implorar un sacerdote en los pasillos de IKEA o mientras se hace cola ante la ITV.

Cuando nuestro presidente se pone lírico, mejor, espiritual, tremola una camiseta de fútbol. En este panorama, hacer un llamamiento a los intelectuales suena raro

Vuelvo a nuestra Transición. ¿Por qué no han dado palotada los intelectuales? Pensemos, a modo de contraste, en otras coyunturas históricas de carácter intersticial. El orden civil inglés es inimaginable sin el debate de ideas que anuda (y opone) a Hobbes con Locke; la Constitución americana debe mucho al fermento literario de los federalistas en 1787-1788; en los salones aristocráticos, y por medio de publicaciones incesantes, se preparó la Revolución francesa durante los reinados de Luis XV y Luis XVI; la intelligentsia rusa contribuyó decisivamente a crear el clima de opinión que derribaría al zarismo; Mussolini había leído a Pareto y Nietzsche y Le Bon; D’Annunzio, además de poeta (e histrión), fue un héroe nacional; incluso en España, tan adversa a la ideas desde mediados del siglo XVII, asistimos a debates encendidos entre integristas y liberales antes y después de la Revolución del 68. ¿Cómo es que se ha pasado del franquismo al posfranquismo sin asistir a la redacción de obras políticas dignas de nota, quitando tal cual excepción? Existe una respuesta correcta, aunque parcial: en España no hubo contraste de ideas porque todo el mundo estaba de acuerdo sobre lo que había que hacer. Había que asimilarse a Europa, había que potenciar el Estado de bienestar, y había que asentar la democracia. Ni siquiera los comunistas discutieron que lo pertinente era traer la democracia. Sobre esta unanimidad de fondo, sólo resaltaron discrepancias menores, impulsadas por la estrategia nacionalista o el oportunismo electoral. Las pequeñas cosas generan con frecuencia, con el correr del tiempo, grandes efectos, y discrepancias menores han terminado por minar el orden aún vigente. Pero las pretensiones nacionalistas, o el modo de contar los votos, son caza menor, si por «mayor» entendemos los ejercicios venatorios en que se han empleado los europeos en innúmeras ocasiones a lo largo de los últimos siglos. No olvido, claro, el montón de muertes acaecidas al amparo de las consignas cerriles, sórdidas, salvajes, revenidas, de ETA. Ahora bien, los cadáveres no son conceptos. Éstos brotan bajo la presión de la desavenencia intelectual, y en lo gordo, lo básico, quitando algunas voces periféricas, estábamos avenidos por entero.

Contorno del intelectual

Pero no podemos, lo reitero, conformarnos con esta explicación. Los intelectuales han perdido presencia e importancia en todas las democracias occidentales. Lo último no significa que al mundo se le haya secado el cerebro de improviso y como por arte de magia. Han sucedido fenómenos más complejos, e íntimamente relacionados con la economía interna de la democracia. Sea como fuere, así están las cosas: no hay intelectuales, o son escasos y no forman masa crítica. Reparemos en Rawls, un hombre que ha influido poderosamente en el pensamiento académico desde, más o menos, la muerte de Franco (A Theory of Justice se publicó en 1971). ¿Qué le falta a Rawls para ser un intelectual? Proyección pública. Rawls, al revés que John Dewey, no ha sido nunca una figura popular, o mejor, un maestro popular. A Theory of Justice es un libro prolijo, que no cabe recorrer con provecho sin entrar en matices técnicos de inserción imposible en una conversación entre no iniciados. Se trata de un producto universitario, con lo bueno y lo malo que ello entraña. Tomemos a Isaiah Berlin. ¿Es un intelectual? Sí, un intelectual… reticente. ¿Fue más listo que Bernard Shaw? Sin duda. Pero nunca habló desde el púlpito. Nunca se autorizó a decir a sus contemporáneos dónde estaban el bien y el mal. ¿Y Bobbio? Tira más a profesor que a intelectual. ¿Y qué decir de Francia, nicho ecológico, por antonomasia, de los intelectuales? El episodio francés es significativo. Tony Judt, uno de los últimos intelectuales, hizo en Past Imperfect un recorrido literalmente tremebundo por las vilezas y tonterías perpetradas por la clase intelectual francesa durante la posguerra. En mi opinión, es difícil salir de ese libro sin experimentar la sensación de que Sartre, percibido en su momento como un súmmum moral, ha constituido, sin embargo, vistas las cosas con perspectiva, una de las expresiones más bajas de que es susceptible la naturaleza humana. Pero ser intelectual no equivale a tener razón, o, tan siquiera, a ser intrínsecamente decente. Ser intelectual significa desempeñar un rol… y ser aceptado en tanto que ejecutor de ese rol. Sartre infundía un respeto sacral, y él mismo se sentía a sus anchas envuelto en ese aura trascendente. A su lado, Bernard-Henri Lévy, incluso Finkielkraut, representan poco más que fenómenos mediáticos. Aparecen en televisión, dicen esto o lo de más allá, y tornan a evaporarse en la nada. Entre Sartre y estas anécdotas del pensamiento, nos encontramos con Foucault, un intelectual genuino que no me inspira especial simpatía, y con Derrida, un hierofante antes que un intelectual. No conviene, con todo, perder el sentido de las proporciones. A diferencia de Sartre, novelista, dramaturgo, amigo de chansonnières y muy comprometido con las tácticas de un partido importante (el PCF), Foucault impartió doctrina a través de la universidad, sobre todo, de la americana. No fue, exactamente, un agente social, y por lo mismo no fue un intelectual con todos los requilorios que exige la cosa. ¿Es posible infundir en eso que acabo de llamar «la cosa» un poco más de precisión? Sí, creo que sí. Y creo que el procedimiento histórico nos viene aquí de perlas.

El término «intelectuales», cuya autoría se atribuye a Clemenceau, fue acuñado en realidad por Maurice Barrès en 1898, al filo del caso Dreyfus. Como bien se sabe, Dreyfus, un militar judío, fue acusado de filtrar secretos al enemigo alemán. La acusación era infame, y el proceso se amañó con pruebas falsas. Pero la derecha reaccionaria francesa (un lío legitimista, nacionalista y católico) necesitaba una plataforma desde la cual expresar sus sentimientos hostiles a la Tercera República, y transcurrido un poco de tiempo, importó menos lo que hubiera hecho Dreyfus que los alegatos a que daba pie su presunta felonía. De manera que Francia se dividió en dreyfusards, y antidreyfusards (los lectores de En busca del tiempo perdido de Proust, judío y dreyfusard, saben bien a qué me refiero). Émile Zola abrazó la causa dreyfusarde y publicó en 1898, en L’Aurore, su artículo célebre “J’accuse…!”. Proliferaron manifiestos y peticiones de firmas, entre otras, una promovida por Léon Blum, quien solicitó su apoyo a Barrès. Barrès contestó que nones y adornó a Zola, Blum y compañía con el epíteto que se haría pronto famoso. Barrès era un reaccionario, o, quizá, un protofascista: en 1899 pronunciaría un discurso («La terre et les morts») que se anticipa al lema «Blut und Boden» («La sangre y la tierra») de Walther Darré, nazi de mucho provecho (la expresión había pasado antes por las manos de Spengler). Bref, repito que Francia se dividió en dos, y como el drama de la vida no se separa demasiado del drama del teatro, y es irresistible la tendencia a comprimirse en papeles asegurados por la tradición (se es Aquiles o Héctor, Antígona o Creonte, don Quijote o Sancho), unos se pusieron de parte de la tierra sagrada y la iglesia y la Francia vulnerada por la vesania revolucionaria, y otros se identificaron con las luces y los principios emancipatorios que a la revolución iban asociados. Que los intelectuales fueran los campeones de la causa ilustrada no significa que sus antagonistas no supieran hacer la «o» con un canuto. Cézanne, Renoir, Degas, Rodin, Paul Valéry, Julio Verne, formaron en las filas de los antidreyfusards. Lo importante es que había que elegir entre una categoría o su opuesta, y que elegir una categoría era lo mismo que asumir una tradición. Un intelectual propendía a declararse heredero de Voltaire y Rousseau y la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. Un antidreyfusard elaborado prefería remontarse a de Bonald o de Maistre. Esto, desde la perspectiva asumida por los actores del drama. Desde fuera, o desde una atalaya escuetamente sociológica, se observan una serie de puntos altamente significativos:

1) La existencia de medios de comunicación de masas (los diarios). Esas masas están culturalmente muy por encima de las clases rurales del Antiguo Régimen, aunque también por debajo del «mundo de los lectores» a que alude Kant en su opúsculo sobre la Ilustración. Y es que, a lo largo del XIX, Europa se industrializa, urbaniza y alfabetiza, pero no logra universalizar los estándares que habían prosperado en el XVIII entre las minorías selectas. Me refiero a los salones en la Francia de Voltaire, o, dos generaciones más tarde y en clave burguesa, al tipo de sociedad literaria en que echó pelo el propio Kant.

2) La existencia de discursos normativos fuertes. Por el lado de los dreyfusards, un discurso progresista. Por el lado opuesto, un discurso antiprogresista.

3) El reconocimiento social de autoridades. Maurras, Barrès, el arzobispo de París, eran autoridades. Zola, Anatole France, Henri Poincaré, también lo eran.

4) Una correlación estrecha entre discurso y autoridad. Las autoridades se expresaban a través de un discurso aceptado, ya de un signo, ya de otro. En particular, las autoridades chocaban porque chocaban los discursos.

Resumiendo: la Francia del affaire Dreyfus era una sociedad democrática, plural, desacordada sobre los principios que habían de orientarla, y sensible aún a las jerarquías, en un doble sentido: se admitían valores superiores, y se admitían hombres moralmente superiores. No todos los perfiles que en Francia adoptó la disputa son útiles para entender al intelectual como tipo históricamente emergente. En particular conviene, a fines analíticos, rehuir la identificación mecánica entre intelectual y progresista. Funcionalmente, esto es, contenidos aparte, Barrès o Maurras desempeñaron el mismo papel que Zola. Fueron, pues, intelectuales puros, por mucho que defendieran visiones reaccionarias1. Lo que aconteció en Francia, volvería a suceder en España o Italia. Giovanni Gentile, Curzio Malaparte o Giuseppe Bottai fueron fascistas, aunque se desempeñaron como intelectuales en no menor medida que Gramsci o Benedetto Croce. En 1931, en España, la Agrupación al Servicio de la República encarnaba una posición, por así llamarla, progresista. Pero los colaboradores de la contemporánea Acción Española (Maeztu, Ledesma Ramos, etc.) tienen el mismo derecho a reclamar el título de «intelectuales» que Ortega o Machado o Pérez de Ayala. La situación se complica un poco cuando introducimos una nueva variable: el poder. Se diría que el intelectual florece de modo más natural cuando se pronuncia contra el poder, que cuando lo defiende. En el segundo caso, deriva o se atenúa en intelectual orgánico. Durante elaffaire Dreyfus, Zola se pronunció contra los poderes constituidos de la Iglesia y el Ejército, con la resulta de que no le quedó más remedio que exiliarse a Inglaterra a fin de evitar el año de prisión a que lo habían condenado los tribunales. Zola fue un progresista mártir (ejem, no tanto). ¿Es posible ser un mártir antiprogresista? También: cambia el escenario, y se invierten inmediatamente los signos. Solzhenitsyn fue intelectual y enemigo del comunismo, y un tipo muy poco popular entre los compañeros de viaje del PC hasta después de la caída del muro. Para que el intelectual colme su categoría, para que llene el escenario, basta con que se oponga a un paradigma oficialmente dominante, venga el viento por barlovento, o por sotavento. Lo último me lleva a recuperar una figura que me he dejado en el tintero y que ha movido mucho las ideas hasta hace aproximadamente veinticinco años: la del liberal. Von Mises o Hayek han sido intelectuales indudables (e importantes), no meramente porque tuvieran cosas notables que decir, sino por el contexto histórico en que las dijeron (el arco que se abre entre los años veinte del siglo pasado y el ascenso de la Thatcher en Gran Bretaña). 

En efecto, nos encontramos por aquellas calendas con una vigencia cuasi hegemónica de los modelos keynesianos en economía y del socialismo o la socialdemocracia en política. Mises y Hayek elaboran una filosofía adversativa a la que muy pocos se sumaron en un comienzo. Hacia mil novecientos cincuenta y tantos, o, incluso, mil novecientos sesenta y tantos, los dos austríacos encajan más en la estampa de Jeremías y sus profecías lúgubres, que en la del intelectual reglamentario. Rayando los setenta sobreviene el éxito, propiciado por la calamidad comunista y el impasse socialdemócrata, y los viejos liberales amplían portentosamente el círculo de sus devotos. Tenemos ya al intelectual ad usum: el discurso es reconocible e imponente, y se esgrime contra un poder adherido a recetas del pasado. De ahí el tono oracular, el prestigio de quien amonesta y predica lo que los peces gordos no se atreven todavía a pensar. Hasta donde se me alcanza, los austríacos (entre los que habría que incluir a Popper, tardíamente incorporado al liberalismo económico, aunque anticomunista precoz) han representado la última gran irrupción de la casta intelectual en la vida pública. La adopción por los gobiernos de varias de las recomendaciones de Hayek y compañía, y, más adelante, los desórdenes anejos a la desregulación financiera, terminarían por hurtar su magia a la revolución liberal. Greenspan ha sido al liberalismo ideológico… lo que el ministerio Villèle al legitimismo borbónico.

Para que haya intelectuales, basta con que exista «opinión», y la opinión, como fenómeno político, antecede a la democracia.

¿Es agible introducir una nueva laxitud en la foto fija que nos proporciona el esquema dreyfusard? Formulado con mayor exactitud: ¿es útil o sensato indagar intelectuales en momentos históricos anteriores a la consolidación de la democracia? Sí y no, o, si se prefiere, sí… hasta cierto punto. Para que haya intelectuales, basta con que exista lo que los tratadistas clásicos llamaban «opinión», y la opinión, como fenómeno político, antecede a la democracia. La opinión se da en aquellos casos en que la estabilidad y orientación de los gobiernos es sensible o vulnerable a ideas ampliamente divulgadas en el cuerpo social2. En sentido lato, ha habido siempre opinión. Había opinión en tiempos de Lutero; la hubo en la Inglaterra de Hobbes; la hubo durante los reinados de Luis XV y XVI. Pero los intelectuales de entonces lo son sólo por aproximación. Prueba de ello es que los revoltosos escribían por lo general en latín (incluso Hobbes redactó en latín De Cive; no así Leviathan), esto es, se dirigían esencialmente a los doctos o iniciados. Es cierto que los radicales franceses usan ya la lengua vernácula, prueba de que estaba apuntando algo parecido a la opinión moderna. Pese a todo, afirmar que Voltaire, insuperablemente dotado para ser un intelectual, haya operado, de hecho, como un intelectual, supone estirar demasiado las cosas. No imaginamos a un intelectual moderno eligiendo, a modo de interlocutor privilegiado, a un monarca absoluto. Que es lo que era Federico II de Prusia, el más aprovechado y diligente de los lectores de Mr Arouet. Ocurrida la enorme convulsión revolucionaria del 89, los gobiernos, incluso en contextos conservadores, van sucesivamente abriéndose a formas de parlamentarismo cada vez más abiertas. El censo limita el número de electores y las elecciones están trucadas, pero no se pueden ganar sin entrar en debates que comunican la Cámara Baja con lo que se defiende o fustiga en los periódicos. Los que se hayan entretenido leyendo a los liberales doctrinarios, enormemente esquivos a la universalización del censo, podrán confirmar que se concede al pueblo, si no representación política estricta, sí al menos el derecho de influir en el curso de las cosas a través de lo que Guizot llamaba la publicité. Eso es la «opinión»: una forma admitida de poder cuya expresión son las ideas. Y ahí el intelectual se hace presente en una acepción que no es sólo aproximativa. Esta nueva suerte de poder, un poder que, como he recordado, no tiene por qué traducirse en escaños o carteras ministeriales, imprimió movimiento y atrajo a todos los elementos pensantes del Estado liberal predemocrático, sin excluir a los que estaban sentimentalmente en contra de la propia libertad política. En España, junto a Sanz del Río y su escuela, fértil en elementos progresistas, tropezamos a numerosos apologistas católicos, a reaccionarios puros, a tradicionalistas y neocatólicos. En Europa hemos causado más sensación gracias a los segundos, que a los primeros. Guizot, en el prefacio a la sexta edición de Historia de la civilización en Europa, menciona sólo a tres de sus críticos, entre los cuales constan Donoso Cortés y M. l’abbé Balmès [sic]. Ambos ejercieron el periodismo, pese a que Donoso Cortés lo condena a las llamas y al palo en Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo. Donoso fue, en esencia, un político profesional, por mucho que su integrismo radical de última hora le llevara a fulminar también la política. 

Otro tanto cabe decir de Menéndez Pelayo, diputado neocatólico a la par que enemigo declarado de todas las manifestaciones de la política moderna. Y es que el órgano crea la función, y apenas la libertad abre horizontes o dispensa medios para promover fines, se valen de ella unos y otros, tanto para exaltarla como para destruirla. Resumiendo: no fue preciso que España ingresara en una democracia de veras para que algunos escritores se revistieran con las pompas y los atalajes bélicos del intelectual. La democracia dio un impulso mayor, hizo más visible, al intelectual. Pero no lo inventó. No lo inventó, si por «inventar» entendemos un proceso estricto de causa/efecto. Otra cosa es que el intelectual haya surgido a lo largo de un movimiento que apuntaba hacia la democracia. Opino, en efecto, que la fuerza que está detrás de los intelectuales es una fuerza cuya conclusión lógica es la democracia. Guizot y compañía, intelectuales donde los haya, confiaron en congelar las formas políticas subsiguientes a la caída del Antiguo Régimen en fórmulas intermedias: parlamentarismo con prerrogativa regia; libertad económica compatible con la estabilidad de una nueva casta de notables, las famosas –y restringidas– classes moyennes de Guizot; voto, pero censitario; libertad de cultos con predominio espiritual del cristianismo. El proyecto doctrinario gozó de vitalidad hasta la revolución del 48. La crecida histórica atropelló a continuación con todo y el papel del intelectual se hizo más arriscado, más emocionante, para lo bueno y para lo malo.

Este artículo es un resumen el publicado por el autor en su blog con el título ¿Dónde están los intelectuales?

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En defensa del pensamiento

Fernando de Haro

CESAL es una de las ONG españolas más consolidadas en España de las que se dedican a la cooperación internacional. paginasdigital.es conversa con Pablo Llano, su director general, sobre el valor de su experiencia para la construcción de una sociedad en la que sea cada vez más frecuente un diálogo real, sobre la relación más adecuada entre Estado y sociedad civil. Abordamos también el reto de la migración y le pedimos que nos defina el mejor Gobierno para su labor.

CESAL es una ONG que desde hace más de 30 años viene trabajando en el campo de la cooperación internacional y de la intervención social. ¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho en este tiempo?

La historia de CESAL se ha ido construyendo a través de personas apasionadas por la realidad del hombre y por el mundo. Desde la humildad de saber que no tenemos respuestas para todo pero con la certeza de tener una hipótesis que poner en juego y a través de la cual podemos afrontar el desafío de responder juntos a las necesidades y aspiraciones de tantas personas que no cuentan con oportunidades ni nadie que los acompañe en el camino.

De esta forma, nos hemos ido encontrando con personas, con iniciativas, con experiencias que nos han ayudado a conocer y a adentrarnos más en el corazón del desarrollo. Y también hemos ido tejiendo una red de relaciones que nos han mostrado la posibilidad de construir con cualquiera, siempre que se esté dispuesto a un diálogo abierto y sincero que no parta de prejuicios sino de un mismo deseo de aprender, de construir, de generar respuestas que responden a problemas reales de las personas. De esta forma, se han dado relaciones y alianzas inimaginables con personas e instituciones que desde orígenes y presupuestos diferentes comparten una misma pasión y un mismo interés

De esta experiencia, ¿qué puede tener valor como método y como contenido para el conjunto de la sociedad española?

En primer lugar, el diálogo sobre problemas reales que afectan a personas con un rostro identificable. No porque renunciemos a incidir en políticas públicas, al contrario, pero si el diálogo no parte de la realidad es fácil abstraer y reducir el diálogo a un debate ideológico.

En segundo lugar, hay un aspecto de método muy arraigado en la forma de trabajar de CESAL que considero que sería un bien en los debates sociales y políticos y es el “partir de lo positivo”. Existe un valor y una riqueza muy grande de la que partir, hay múltiples iniciativas que ya tratan de responder con creatividad y entusiasmo a los problemas que nos afectan. Y, en última instancia, la propia persona encierra un potencial muy grande que hay que ayudar a desvelar y desarrollar.

Si en lugar de amenazas viéramos oportunidades, provocaciones que nos ayudan a crecer y ser mejores, se generaría una cultura del encuentro más creativa y constructiva.

'Un Gobierno abierto a la sociedad civil, no ideológico y con sensibilidad social'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  8 votos
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En defensa del pensamiento

Juan Carlos Hernández

Analizamos en profundidad con Daniel Innerarity el momento de la campaña electoral. Para el catedrático de Filosofía Política, existe una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político.

En las campañas electorales se producen situaciones de polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido. ¿Exageramos cuando aseguramos que se disuelve el “nosotros compartido? ¿Hay alguna relación entre esta disolución y la aparición de cordones sanitarios a izquierda y derecha?

Me da la impresión de que hay estrategias de los partidos, de unos más que de otros, que han puesto en marcha dinámicas que luego son difíciles de parar. En términos estructurales me parece que se podría hablar de una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político. ¿En qué se caracteriza una campaña? En que polariza y se critica al adversario (a veces en exceso). El problema es que luego hay que pactar con él y aquellas estrategias que sirvieron para ganar dificultan posteriormente la acción de gobierno, cuando se requiere la colaboración del adversario.

¿La polarización política es un falso espejo de la vida social? ¿En nuestro espacio público hay sujetos que se narran, hay relaciones interpersonales y relaciones entre entidades sociales más sanas de las que se dan en la política de partidos?

Es normal que en la política haya una dramatización de los antagonismos que no tiene por qué coincidir con el que hay en la vida real. En la política hay siempre esos dos elementos (antagonización y escenificación) y los ciudadanos tendríamos que aprender a descodificar un poco lo que observamos en la esfera política. Lo que ocurre es que a veces en la vida los personajes que interpretamos terminan devorando a la persona que somos.

Los estudios sociológicos reflejan un interés sostenido por lo político, pero una desafección hacia los líderes políticos. Parece imposible pensar en la política como una vocación animada por un ideal. ¿Qué nos ha pasado? ¿Tenemos graves carencias culturales y educativas?

En mi último libro “Comprender la democracia” analizo un problema que me preocupa desde hace tiempo. Hablamos de una ciudadanía que decide y controla, pero lo cierto es que carecemos de las capacidades necesarias para ello por falta de conocimiento político, por estar sobrecargados, incapaces de procesar la información cacofónica o simplemente desinteresados. El origen de nuestros problemas políticos reside en el hecho de que la democracia necesita unos actores que ella misma es incapaz de producir. Una opinión pública que no entienda la política y que no sea capaz de juzgarla puede ser fácilmente manipulable.

'El entrelazamiento de los destinos colectivos impide definir nuestro bien como el reverso del mal de otros'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  11 votos
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En defensa del pensamiento

P.D.

Entrevista a Juan Sánchez Corzo, presidente de la Compañía de las Obras, una asociación que engloba a iniciativas empresariales y sin ánimo de lucro en toda España.

La CdO es una realidad que agrupa desde hace ya algunos años a empresas y entidades no lucrativas. ¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho en este tiempo?

La CdO es un lugar de encuentro entre personas y realidades de muy distintos ámbitos. Es un lugar en el que las distintas realidades se acompañan entre sí, se hace networking, se comparten experiencias, se producen encuentros, se imparte formación, nos ayudamos mutuamente... se amplían los horizontes, se recupera la ilusión por los quehaceres cotidianos. Uno de sus elementos originales, en efecto, es que entidades con y sin ánimo de lucro comparten el mismo patio, un mismo lugar común.

Son las obras asociadas las que sostienen en primer lugar esa tarea de construcción social, ya sea generando empleo y riqueza o ayudando a los menos desfavorecidos. En la CdO nos ocupamos de las obras asociadas o de quienes las promueven. ¿Cómo? Te pongo un ejemplo. Uno de los grandes déficits de la pyme española es la gestión, motivada en gran medida por la falta de experiencia y de conocimientos del pequeño y mediano empresario. Pues bien, desde hace algún tiempo venimos teniendo sesiones periódicas en las que un grupo de empresarios –en este caso del sector servicios–, compartiendo experiencias y necesidades y poniéndolas delante de un consultor de empresas, tratan de mejorar determinados aspectos de la gestión de la empresa (recursos humanos, tecnología, marketing, proyectos, internacionalización...). En el ámbito de las obras sociales, se encuentran con una cierta periodicidad para trabajar aspectos de su vida cotidiana, tales como, por ejemplo, el trabajo con voluntarios o la financiación de proyectos.

De esta experiencia, ¿qué crees que tiene un valor para el conjunto de la sociedad española?

Siempre que tenemos oportunidad, compartimos experiencias, incluso negativas, enriquece muchísimo y genera confianza. ¡Qué pocas veces nos ponemos realmente en juego con los demás y qué formalistas solemos ser! 

'Voto a quien creo que me garantiza un mayor grado de libertad'

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En defensa del pensamiento

Fernando de Haro

Alberto López Basaguren es catedrático de Derecho Constitucional y se mueve en el entorno de los socialistas del País Vasco. Conversa con paginasdigital.es sobre el 40 aniversario de la Constitución y defiende una reforma de la Carta Magna. Se muestra convencido de la posibilidad de fraguar una mayoría no independentista en Cataluña y de un federalismo que, por fuerza, tiene que ser asimétrico.

¿Hemos conmemorado de modo adecuado los 40 años de la Constitución? ¿Qué es lo que debe quedar tras esta conmemoración?

La conmemoración del aniversario de la Constitución debía tener, necesariamente, un amplio aspecto de celebración, de reconocimiento laudatorio de su significado absolutamente excepcional en nuestra historia como sistema político democrático. Los elogios a la Constitución son absolutamente merecidos y es difícil excederse al hacerlos. Nada que objetar a ello. Es la primera Constitución plenamente democrática, en total sintonía con las de los sistemas democráticos más sólidos de Europa, que es integradora –y no de un partido– y que pervive durante cuarenta años. La combinación de estas características es única en nuestra historia, por lo que los elogios son merecidos. Pero he tenido la impresión de que, en muchos casos, los elogios eran una forma de auto-convencimiento, de encerramiento, de tratar de alejar cualquier otra consideración que no fuese la simplemente adulatoria, de tratar de que no se escuchase ninguna otra consideración. En mi opinión, se trata de alabanzas que, en el mejor de los casos, solo miran al pasado, de forma estéril, sin tratar de extraer ninguna enseñanza, sin mirar al futuro. Sin plantearse qué y cómo debemos hacer para que la Constitución, nuestro sistema democrático, tenga una más larga vida. Me gustaría que tras esta conmemoración quedase la convicción de que la Constitución, qué y cómo se hizo, es una fuente de enseñanza para ver cómo somos capaces de que, dentro de diez años, podamos conmemorar los cincuenta años de la Constitución; y de que las generaciones que nos siguen puedan llegar a conmemorar su primer centenario. Y estoy absolutamente convencido de que eso no se logrará sobre la base de declamaciones laudatorias puramente autocomplacientes, defensivas, atrincheradas en el inmovilismo, que se niegan a afrontar los retos que tenemos frente a nosotros, creyendo que esas declamaciones son una concha defensiva inexpugnable.

'Hay que advertir a los políticos de que es urgente la reforma de la Constitución'

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En defensa del pensamiento

P.D.

paginasdigital.es conversa con Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, sobre los retos de fondo que emergen en la campaña electoral. Levy responde a preguntas que no se le plantean habitualmente.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido.

Tenemos que asumir que España ha pasado de apostar por un sistema bipartidista que, a pesar de sus imperfecciones, otorgaba una estabilidad evidente al país, a un sistema pluripartidista con múltiples actores políticos donde se dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos y llegar a consensos debido a la multiplicidad de vetos cruzados.

Esto, además, es un balón de oxígeno para la izquierda, puesto que la dispersión del voto del centro derecha minimiza las opciones de gobierno. Lo vimos en 2015 en la ciudad de Madrid donde, a pesar de que el Partido Popular fue la fuerza más votada y preferida por los madrileños, los votos a VOX impidieron que tuviésemos la mayoría. Ahora, en el escenario electoral en el que nos encontramos, muchos advierten de la posibilidad de volver a vivir un escenario en el que el centro derecha tenga mayoría en votos pero cuya fragmentación disminuiría las opciones de una clara mayoría.

¿La opción por un determinado partido a la hora de votar tiene que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

Las campañas electorales son más importantes que nunca. El ciudadano cada vez elige más tarde su voto por lo que los partidos nos vemos obligados a presentar los mejores proyectos posibles, los más viables y los más beneficiosos. Si algo ha cambiado en las últimas décadas es la infinidad de canales de comunicación existentes a través de los cuales cualquier ciudadano, con independencia de donde viva, puede tener acceso a toda la información sobre qué pensamos cada uno. En ese sentido, el Partido Popular tiene una clara ventaja: somos conocidos, reconocibles y previsibles. El ciudadano sabe que cuando gobierna el Partido Popular se crea empleo, se mejoran las condiciones de vida de la gente y se aumentan las oportunidades. Nos presentamos a las elecciones con un programa electoral atractivo para cumplirlo. Que nadie busque frases grandilocuentes disfrazadas de propuestas, porque lo que van a encontrar es soluciones reales a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, no eslóganes vacíos.

'Hay que huir del enfrentamiento y del revanchismo'

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En defensa del pensamiento

P.D.

La Casa Estela de Cometa nació hace dos años, creada por un grupo de personas que hacen voluntariado de acompañamiento a niños y jóvenes tutelados que viven en residencias de la Comunidad de Madrid. La Casa se ocupa de acoger a jóvenes que han finalizado la tutela. Su directora, Meri Gómez, reflexiona con paginasdigital.es sobre el valor político de esta experiencia.

¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho desde que se fundara vuestra casa?

Construcción social se podría llamar a todo lo que hacemos. La casa se crea con la idea de construir un entorno en el que las chicas extuteladas puedan disfrutar de un lugar que les permita crecer como personas, formarse y poder participar de una vida activa dentro de la sociedad. Entendemos que para construir la sociedad hacen falta sujetos con una base firme en la vida y creemos que la casa es una experiencia de construcción social muy potente. Personas firmes en la vida son las que son capaces de construir dentro de la sociedad. En cuanto a participación ciudadana, en la casa hemos visto cómo hay un lenguaje que todo el mundo entiende y sabe hablar, basta tener un interlocutor, es el lenguaje de la caridad, hemos visto cómo gente, amigos cercanos, familiares, amigos de amigos, incluso desconocidos que han oído la existencia de la casa, nos han ayudado y nos ayudan diariamente, de muchas formas: con el mantenimiento de la casa, económicamente, con gestiones de cualquier índole y sobre todo siendo nuestros amigos. Hemos visto así que hay un punto común en el hombre más allá de condiciones sociales e ideologías en el que es posible el diálogo.

'Necesitamos un Gobierno que piense un futuro común para todos'

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>Entrevista a Daniel Gascón

En defensa del pensamiento

Juan Carlos Hernández

Entrevistamos a Daniel Gascón, es escritor, traductor y editor de la edición española de la revista Letras Libres. “A pesar de las circunstancias actuales, de una conversación pública irresponsable y propensa al antagonismo, las instituciones de la democracia liberal resisten”, afirma el articulista del periódico El País.

En un editorial de este periódico se afirmaba que “la democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido”. ¿Qué le sugiere esta afirmación?

Me parece que se produce una especie de rechazo a ciertos impulsos disgregadores: social y culturalmente rompen algunos vínculos; económicamente estamos en una situación más inestable e individualista. El mundo del trabajo ya no es como antes, una cierta idea de identidad que tenía que ver con la clase, con lo que eras y hacías, se debilita. El Estado-nación tampoco sirve para muchos de esos problemas. No hay otro modelo económico viable que la economía de mercado desde el 89, pero este tiene fallos y produce injusticias. Creo que son factores que influyen en una percepción de la identidad amenazada, y que eso tiene que ver con el rebrote de los nacionalismos, del repliegue. Defiendes algo que crees que corre peligro de desaparecer.

Muchos grupos tienden a intentar defender sus intereses particulares, que pueden ser legítimos, pero que a veces pueden caer en una estigmatización del que piensa distinto. Mark Lilla habla de una “política de la identidad”. ¿Podría ayudar el juicio de Lilla a explicar lo que está ocurriendo?

Estamos en un tiempo de subjetivismo y polarización. Es más importante el elemento expresivo, nuestra visión sobre el mundo, que lo que sucede fuera. Lilla dice que el énfasis en la identidad por parte de los progresistas ha sido contraproducente, porque debilita la unión que permitiría la victoria de la izquierda. Para él, tienes que ganar para defender los derechos de las minorías, tienes que buscar un discurso que unifique para luego implementar tu programa. Un problema de esa idea es que a lo mejor estás hablando de un mundo que ya no puede ser. El discurso encajaba en una comunidad más homogénea y afianzaba una coalición de votantes que ahora parece más complicada por muchos factores. Otros dirían que ese universalismo, que se presenta teñido de nostalgia, no dejaba de ser un particularismo, y que lo que se presentaba como algo para todos era menos inclusivo de lo que pensamos.

¿Cómo se pueden traducir sus ideas a la realidad española?

'Existe una percepción de la identidad amenazada, y es por los nacionalismos'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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>Entrevista a Francisco Igea

En defensa del pensamiento

F.H.

Francisco Igea es médico, entró en política como diputado nacional de Ciudadanos tras las elecciones que hubo que repetir. Acaba de ganar las primarias de su partido en Castilla y León.

La polarización ha aumentado mucho en el último tiempo y parece que se ha disuelto la percepción del “nosotros” como país.

En los tiempos del miedo y la incertidumbre en que vivimos, que son tiempos de incertidumbre económica y política, lo que está triunfando en gran parte es el mensaje del egoísmo. El mensaje nacionalista no es más que un mensaje egoísta, es el egoísmo elevado a categoría política. Siempre he dicho que es un mensaje egoísta y adolescente que se mira a sí mismo. Y el mensaje populista también es un mensaje egoísta, de que el culpable es otro, hay un enemigo responsable, se huye de la responsabilidad. Y todo eso hace que se diluya el “nosotros”, que se diluya la capacidad de pensar que nosotros somos responsables, que todos y cada uno somos responsables de las cosas, que todos y cada uno participamos de esto, pues siempre es más fácil buscar un enemigo que buscar una solución o asumir una responsabilidad.

Tenemos una participación electoral en torno al 70%, pero la participación ciudadana en España es del 20%. ¿Hay desconexión entre la vida política y la actividad social?

Hay mucha desconexión porque los partidos son estructuras muy cerradas y la gente piensa que el mundo es lo que pasa en twitter. Nos pasa a todos que se nos olvida llegar a casa y abrir la ventana, salir y hablar con la gente, y ver que a la mayoría de la población la política no le ocupa casi nada de su tiempo, le ocupa su familia, la enfermedad, el trabajo, las cosas importantes. A veces los políticos somos incapaces de hablarle a la gente de esas cosas, de escucharles y dejar un rato de hablar de política, de ser humanos, que es una de las cosas que a veces uno pierde cuando se mete en esa burbuja.

¿Cree que hay una burbuja, que la vida social va por otro lado, que las relaciones interpersonales son más sanas que las que se viven en el ámbito de los partidos?

Creo que afortunadamente sí, aunque hay sitios de España donde desafortunadamente eso no es real y donde se vive una polarización social potente, por ejemplo en Cataluña, donde se vive un grado de enfrentamiento civil real, pero la mayoría de la población en España sigue compartiendo amigos de uno y otro lado, tiene una vida normal, y eso es lo que hay que intentar, que la división política no se convierta en división social. Siempre ha sido una de mis obsesiones acabar con el frentismo, luchar contra esa manera de entender la política tan del Madrid y del Barça que a veces tiene este país.

'Es necesaria una política que vuelva a ser servicio al ciudadano'

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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>Entrevista a Manuel Reyes Mate, filósofo

En defensa del pensamiento

Fernando de Haro

Manuel Reyes Mate posiblemente es el pensador español que más esfuerzo ha dedicado a reflexionar sobre la condición de las víctimas. paginasdigital.es conversa con Reyes Mate sobre el reto de la globalización, la crisis migratoria, las identidades excluyentes, el nacionalismo y otras cuestiones que marcan la actualidad.

Usted ha asegurado que “la pregunta que se hiciera Hannah Arendt en su ensayo de 1943 ‘We refugees’ sobre la significación política del refugiado sigue teniendo actualidad en pleno siglo XXI”. ¿Por qué?

Para Arendt los refugiados son la vanguardia de los pueblos –y no la retaguardia o un efecto secundario– porque lo que se hizo con ellos, el poder lo puede hacer con cualquiera. “Ellos” eran el pueblo judío alemán, alemanes por los cuatro costados, que habían luchado por Alemania en la I Guerra Mundial, que se sentían totalmente asimilados, y que, de repente, son señalados como “otros”, privados de su nacionalidad, es decir, desnaturalizados. Son devueltos a su estado natural de meros seres humanos. Y ellos descubren que eso es ser menos que nada, porque lo importante son los papeles. Bueno, pues su tesis es que lo que el Estado hitleriano ha hecho con ellos, los judíos, porque son de otra sangre aunque compartan la misma tierra, lo pueden hacer mañana con los gitanos, con los enfermos mentales, con los improductivos o con los viejos. De poco sirve decir que “todos nacemos iguales y libres” si el Estado se arroga la facultad de decir quiénes son los sujetos de los derechos políticos y sociales. Ese era un problema que tenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Hay que tomarse en serio los derechos del hombre. No hay que admitir la distinción entre “nacionales” y “nacionalizados”. Y hay que exigir que el ser humano sea siempre un ciudadano.

¿Qué desvela sobre Occidente la reacción a los refugiados y a las migraciones?

'Nos hemos acostumbrado a marcar nuestras señas de identidad excluyendo'

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Juan José Laborda saludado por Su Majestad el Rey de España vista rápida >
>Entrevista a Juan José Laborda, expresidente del Senado

En defensa del pensamiento

Fernando de Haro

Juan José Laborda, socialista, fue una de las referencias en el Senado, donde tuvo escaño desde 1977 hasta 2004. Miembro del Consejo de Estado, analiza con www.paginasdigital.es los 40 años de la Constitución, el momento por el que pasa España y los retos del independentismo catalán.

Comienza el juicio por el proceso de secesión. ¿Además de una respuesta jurídica habría que dar otra política? ¿En qué términos?

La Justicia actúa de acuerdo con la ley, es independiente. Pero los que no acatan la Constitución dirán que el juicio es político. La respuesta política que los demócratas pueden dar es defender al Tribunal que juzga los delitos que presuntamente cometieron Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los demás procesados. Sería necesario que en este asunto hubiera una actitud común por parte de los partidos constitucionales, pero me temo que eso será imposible, lo cual me parece estúpido, además de negativo para la calidad de nuestra democracia.

¿Cómo sería posible volver a encuadrar a la mitad de los catalanes que apuestan por la independencia en el marco constitucional? ¿Es posible? ¿Qué sería necesario?

Para integrar a los catalanes que ahora no están dentro del marco constitucional, habrá que pensar primero en los catalanes que sí se sienten dentro de la Constitución Española. Y para eso es necesario argumentar en qué están equivocados los nacionalistas catalanes. Sin complejos, y con la verdad. No se puede ganar el juego de la integración sin rechazar la aceptación resignada de las ideas de los nacionalistas sobre el Estado y España. El Estado constitucional no es una jaula de nacionalidades, sino la norma que las ha reconocido por primera vez. Cataluña votó la Constitución el 6 de diciembre de 1978 con más porcentaje de votos afirmativos que la mayor parte de los territorios de España. El proceso de reintegración mayoritaria de los catalanes en un marco común requiere tiempo, y un consenso entre los constitucionalistas que dure todo ese tiempo. Y cuando hablo de consenso, no me refiero solo a los partidos. Existe una sociedad civil que espera un signo de la política para ponerse en marcha en ese proyecto, que podríamos calificar de patriotismo constitucional.

'La democracia es incompatible con la noción de enemigo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  23 votos
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>Entrevista a Joseba Arregi

En defensa del pensamiento

Juan Carlos Hernández

Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

'El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo'

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>Entrevista a Tulio Álvarez

En defensa del pensamiento

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Tulio Álvarez, reconocido activista por los derechos humanos en Venezuela. Condenado por el régimen de Maduro, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos suspendió la sentencia condenatoria.

¿Cómo es la situación social hoy en día en Venezuela? Se ha hablado en los últimos días incluso de detenciones masivas y arbitrarias.

El rumor de que están llevándose jóvenes en las calles indiscriminadamente para una especie de reclutamiento forzado es falso. Creo que incluso está sembrado por el propio régimen. Lo que ha pasado es que muchachos jóvenes que han participado, como están participando todos los venezolanos, en la protesta han sido retenidos y detenidos, llevados a tribunales como si fueran adultos y condenados, y en este momento están retenidos varias decenas de niños y con órdenes de tribunales. Tenemos el testimonio de una juez que ha tomado esa decisión porque se ha visto forzado, lo cual no hace que esa decisión siga siendo aberrante, pero es una prueba irrefutable de la manipulación. Yo tengo conocimiento de tres jueces que han dictado medidas de detención de estos niños, son aproximadamente entre 70 y 100 niños. Estamos hablando de niños de 14-15 años, en realidad son niños que tienen conciencia política.

¿Cómo es la situación actual de abastecimiento de productos de primera necesidad?

Es imposible que yo te narre el drama social por el tema de la hambruna y la falta de medicinas que se vive en Venezuela. Si yo tratara de llevar esto al máximo grado de perversión que se pueda narrar, yo no tendría la capacidad de mostrar la situación límite en que está Venezuela. Es una situación de hambruna, donde no hay asistencia social, no hay medicinas. Todo enfermo de cualquier enfermedad que necesite un tratamiento está en riesgo de muerte. Las muertes en los hospitales son constantes. Tenemos una situación en la que no hay equipos médicos. Yo trabajo con empresas de equipos médicos que son las que prestan mantenimiento y no los hay. El 90% de los equipos médicos de los hospitales públicos en Venezuela están paralizados. No hay posibilidad de tratamiento de ningún tipo, no hay posibilidad de hacer exámenes básicos de hemodinamia, rayos X, radioterapia… ninguna posibilidad. Y las medicinas, cualquier ciudadano español que tenga una farmacia sabe que diariamente le llegan personas tratando de comprar medicinas para mandarlas a Venezuela. No hay ni las medicinas más básicas, ni para dolor de cabeza, ni antigripales… Es una situación desesperada.

Con la irrupción de Juan Guaidó, ¿se ha podido conseguir por fin la deseada unidad de la oposición en Venezuela?

En Venezuela no hay oposición. Oposición hay en un país que tiene democracia. En Venezuela hay factores democráticos activados y está unánimemente activado todo el factor democrático en contra de la dictadura.

¿Sería más correcto hablar de disidencia?

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