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3 DICIEMBRE 2016
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Todo se hace más claro

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  82 votos
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El incipiente verano del hemisferio norte, preludio del tórrido ferragosto romano, no arredra al Papa llegado de casi el fin del mundo. La última semana de junio y la primera de julio han sido pródigas en anuncios y decisiones: la nueva Comisión para el IOR, el anuncio de la encíclica Lumen Fidei y del viaje a la isla de Lampedusa, donde rezará el próximo lunes junto a los inmigrantes allí retenidos. En estos días se multiplican además los coloquios con obispos de todo el mundo con vistas a la reforma de la Curia pero también a la provisión de importantes sedes episcopales, y no hay que olvidar que se acerca también el primer viaje de su pontificado rumbo a un Brasil en ebullición, donde le esperan millones de jóvenes. Y todo ello sin abandonar la predicación diaria en Santa Marta, ya que Francisco piensa que la situación requiere una presencia directa, constante e incisiva del Papa.

El pasado sábado presidió por primera vez la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. Siguiendo caminos muy diversos la Providencia quiso que los dos llegaran a Roma y allí derramaran su sangre por la fe. Y el Papa ha recordado que por esta razón “la Iglesia de Roma se convirtió, inmediata y espontáneamente, en el punto de referencia para todas las Iglesias esparcidas en el mundo. ¡No por el poder del Imperio, sino por la fuerza del martirio, del testimonio dado a Cristo! En el fondo, es siempre y sólo el amor de Cristo el que genera la fe y el que impulsa hacia adelante a la Iglesia”. Este es un surco en el que Francisco ha metido la reja y no piensa sacarla sin ahondar todo lo necesario. De nuevo la advertencia frente a la tentación de buscar apoyo y consistencia en construcciones auxiliares, o mucho peor, en ídolos diversos. También Pedro y Pablo debieron aprender esto, como lo tenemos que aprender nosotros hoy. Por ejemplo, Pedro hubo de sufrir la dura reprimenda del Señor cuando pretendía impedir que subiera a Jerusalén para ser crucificado. “Cuando dejamos que prevalezcan nuestras ideas, nuestros sentimientos, la lógica del poder humano, y no nos dejamos instruir y guiar por la fe, por Dios, nos convertimos en piedras de tropiezo”, recordaba Francisco, por eso la Iglesia no puede apoyarse en otra cosa más que en la fe. La Comisión para el IOR responde también a esa convicción. Así lo explica el propio pontífice en el documento con el que quedaba establecida: “siguiendo la invitación de nuestro predecesor Benedicto XVI de consentir a los principios del Evangelio permear también las actividades de naturaleza económica y financiera… y a la luz de la necesidad de introducir reformas en las Instituciones que auxilian a la Sede apostólica, hemos decidido instituir una Comisión Referente del Instituto para las Obras de Religión que recoja informaciones puntuales sobre la posición jurídica y sobre las diversas actividades del Instituto a fin de consentir, cuando sea necesario, una mejor armonización del mismo con la misión universal de la Sede apostólica”. Así que cuando Francisco afirmó que la Santa Sede necesita un instituto financiero “sólo hasta cierto punto”, no hacía un brindis al sol. Ahora veremos cómo y de qué manera conviene tenerlo, para que sirva exclusivamente a la única misión de la Iglesia.

La labor de purificación iniciada en tantos campos por Benedicto XVI encuentra ahora confirmación y aceleración, con el estilo franco y expeditivo de Francisco. Y no puede ser casualidad que pocos días antes de que salga a la luz la encíclica  Lumen Fidei, que el Papa Francisco ha completado y rubricado asumiendo el “documento fuerte” legado por su predecesor, haya querido rendirle un significativo homenaje durante el rezo del Ángelus: “... el Papa Benedicto XVI nos ha dado este gran ejemplo. Cuando el Señor en la oración, le ha hecho comprender cuál era el paso que debía dar. Ha seguido, con gran sentido de discernimiento y valor, su conciencia, o sea la voluntad de Dios que hablaba a su corazón. Y este ejemplo de nuestro Padre nos hace mucho bien a todos nosotros, como un ejemplo que debemos seguir”.

Nos viene a la mente aquel latigazo del 11 de febrero: “en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu…” Hacía falta una plenitud de vigor que ahora vemos en acto. Y parece que todo se hace más claro.

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