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10 DICIEMBRE 2016
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Testimoniar la fe

Julián Carrón | 0 comentarios valoración: 3  153 votos
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Eugenio Scalfari ha percibido con agudeza que el tema de la encíclica del papa Francisco es «el punto central de la doctrina cristiana: qué es la fe», concluyendo su editorial del domingo con una pregunta: «¿Cuál es la respuesta, reverendísimo papa?» (la Repubblica, 7 julio 2013). Releyendo la encíclica Lumen fidei espoleado por estas palabras, no he podido evitar volver con la mente a esta imagen con la que Jesús describe la misión de sus seguidores en el mundo: «No se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa» (Mt 5,15).

¿Qué mejor cosa podrían haber hecho el papa Benedicto y el papa Francisco para responder a esa percepción tan difundida que asocia la fe a la oscuridad, o bien a «una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás como luz objetiva y común para alumbrar el camino», y que acaba siendo considerada como «un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego» (3)?

A una objeción semejante no se puede responder sólo con un razonamiento. No se derrota la oscuridad “hablando” de la luz, sino encendiendo una lámpara. Sólo se puede derrotar la oscuridad con la luz. El testimonio luminoso de la fe que ilumina la vida de quien la acoge es lo único que puede responder a tal objeción.

Así es como nació la fe cristiana. Los que se encontraron con Jesús quedaron impresionados por la luz que Él arrojaba sobre la realidad en la que estaban inmersos. Hasta tal punto que uno de ellos, el evangelista Mateo, describe el significado de la presencia de Jesús en la historia con estas palabras, retomando una profecía de Isaías: «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló» (Mt 4,16). Para quien quiera iluminar, no hay otro camino posible más que “brillar”. El mismo Jesús se concebía así: «Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas» (Jn 12,46).

El desafío ante el que se encuentra hoy la fe cristiana no es distinto del de ayer. El hombre contemporáneo – como nos recuerda Eliot – trata afanosamente de «escapar / de las tinieblas de fuera y de dentro / a fuerza de soñar sistemas tan perfectos que nadie necesitará ser bueno». Por ello es difícil encontrar una imagen más adecuada que la de la lámpara: el acontecimiento de Cristo se propone, aquí y ahora, como respuesta única e imprevisible a la profunda oscuridad en la que el hombre de hoy se debate impotente.

Frente al testimonio de los dos Pontífices contenido en estas páginas, cada uno podrá juzgar si la fe cristiana rebaja, como sostenía Nietzsche, «la existencia humana», impidiéndole al hombre «seguir la audacia del saber» (2), su capacidad de búsqueda de la verdad, o bien si «la fe enriquece la existencia humana en todas sus dimensiones» (6), haciendo de ella una aventura verdaderamente humana, personal y apasionante, mostrando que «cuando el hombre se acerca a Él [Cristo], la luz humana no se disuelve en la inmensidad luminosa de Dios, como una estrella que desaparece al alba, sino que se hace más brillante cuanto más próxima está del fuego originario, como espejo que refleja su esplendor» (35). Es cierto que para aceptar el desafío que representa el testimonio de ambos Papas se necesita una apertura de la razón, que sólo se cumple en el amor, por un afecto auténtico a sí mismo. De hecho, sólo quien es amado y, por tanto, se ama verdaderamente a sí mismo, puede estar interesado en la verdad y experimenta un sobresalto cuando intercepta algún rayo de su luz en el camino de la vida.

Con su testimonio, Benedicto XVI y el papa Francisco nos reclaman a todos los que hemos recibido el don de la fe a la tarea que se nos ha confiado en el mundo: hacer resplandecer la luz de Cristo en nuestros rostros: «La fe se transmite… de persona a persona, como una llama enciende otra llama» (37). Todos comprendemos la responsabilidad que implica una tarea como esta: sólo seremos capaces de llevarla a cabo si aceptamos, nosotros en primer lugar, dejarnos iluminar constantemente por la luz de Cristo. Por eso, «la Iglesia nunca presupone la fe como algo descontado, sino que sabe que este don de Dios tiene que ser alimentado y robustecido para que siga guiando su camino» (6).

Cada uno de nosotros necesita dejarse transformar por el Amor, «al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo». Al aceptar participar en el “nosotros” de la comunión de la Iglesia, «el “yo” del creyente se ensancha para ser habitado por Otro, para vivir en Otro, y así su vida se hace más grande en el Amor» (21).

Los hombres de nuestro tiempo podrán volver a interesarse por Cristo y por la fe sólo si encuentran en su camino personas que, gracias a la fe, son capaces de estar en pie ante los desafíos de la vida, sólo si pueden ver a través de ellas la pertinencia de la fe a las exigencias de la vida, es decir, su profunda razonabilidad. Porque verán que lo que hace que los cristianos sean tan distintos no es una fábula o un sentimiento bonito (cf. 24), sino un hecho que lleva en sí mismo las razones de lo humano. Sólo la provocación de este testimonio luminoso y concreto puede ser capaz de tocar a «la persona en su centro, en el corazón» (40), lo único capaz de estar a la altura de sus exigencias fundamentales de verdad, belleza, justicia y felicidad. Sí, ayer como hoy, «la fe nace de un encuentro que se produce en la historia e ilumina el camino a lo largo del tiempo» (38).

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