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8 DICIEMBRE 2016
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El fracaso de Obama

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 3  78 votos
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Después de poco más de cuatro años desde que el 4 de junio de 2009 se pronunciara ante un público de estudiantes de las principales universidades del Cairo, ¿qué queda del discurso de Barack Obama y de las esperanzas que quiso suscitar en particular con la frase "Estoy aquí para buscar un nuevo inicio entre los EEUU y los musulmanes del mundo, basado en el mutuo interés y el mutuo respeto"? Desgraciadamente queda bastante poco, por no decir nada.

El gesto fue clamoroso, y sin duda bien preparado y gestionado desde el punto de vista mediático. Sin embargo, una vez más ha sido al mismo tiempo otro signo del malintencionado entramado de gran fuerza mediática (y militar) y de gran debilidad cultural que, desde hace mucho, caracteriza la política exterior americana. Una debilidad más relevante que nunca cuando la superpotencia se encuentra con una situación tan compleja como la de Oriente Medio y Próximo.

En último caso, EEUU no es diferente de nosotros, europeos, ya que juntos constituimos el grueso de Occidente. En el mundo globalizado en que vivimos, estamos, ahora más que nunca, en la misma barca. A fin de cuentas, sus derrotas acaban por ser también las nuestras. Por lo tanto, no podemos no lamentarnos de este fracaso, y mejor aún, debemos preguntarnos qué habríamos podido hacer y qué podemos aún hacer para ofrecer una contribución positiva a la solución de los problemas clave de la política internacional de nuestro tiempo, entre otros y en primer lugar el conflicto entre Occidente y el Islam.

"América e Islam no tendrían que competir", ya que "comparten principios comunes, de justicia y progreso, de tolerancia y dignidad de todos los seres humanos": de estas palabras del discurso de Obama, que iban inmediatamente después de la frase citada más arriba, emerge con claridad el tremendo límite de la idea que se hace el presidente americano de tal conflicto. Islam y EEUU son dos realidades entre ellas incomparables: el primero es una fe y una cultura, el segundo una potencia política. El gran problema para el Islam no es el conflicto con EEUU. Es el conflicto con Occidente y con la cultura contemporánea en cuanto está profundamente fundada en la cultura occidental. En este contexto, los EEUU son sólo la mayor potencia occidental del momento, pero el problema es más grande que ellos, desde cualquier punto de vista. No tiene que ver sólo con Washington, y no tiene que ver sólo con la esfera político-militar. Tiene muchas más dimensiones que implican a Occidente en su conjunto, y todos sus primados, sobre todo los científicos, culturales, sociales.

Todos estos primados tienen sus raíces en un Occidente cuyas raíces en la actualidad se prefiere ignorar pero que, al que mirar desde fuera, son evidentísimas: se trata de las raíces cristianas. Es, por lo tanto, gracias a tales raíces que en Occidente se han dado las condiciones (uno de los motores principales es el principio de laicidad, típica de las raíces cristianas) que han hecho posible su extraordinario desarrollo cultural, científico y social. Después de tal ventaja, Occidente ha abusado, pero este es otro problema.

Se asiste, por tanto, a esta clamorosa contradicción: mientras, por ejemplo, Barack Obama se esfuerza en establecer el final del conflicto con los valores fundacionales de los EEUU en su versión secularizada (por lo tanto bastante alejada de la original), el islam terrorista toma como punto de mira a Occidente en su conjunto, denunciando y yendo en contra de sus raíces cristianas. Paradójicamente, el islamismo terrorista acaba así mostrando, a su modo, precisamente aquello que el orden constituido de Occidente contemporáneo pretende negar.

Sería también ingenioso cargar sólo a Barack Obama de los actuales fracasos de la política americana en Oriente. Obama nos ha puesto, por su parte, ante ese horizonte cultural radicalmente débil del que hablamos. Llegados a este límite se añade, sin embargo, algo que no es particularmente suyo pero que pertenece a la cultura estadounidense como tal: se trata de la dificultad para desenvolverse en situaciones donde la línea entre los "amigos" y los "enemigos" no está clara, o no se puede marcar establemente con fuerza. A todo esto se añade, al final, un hecho: aun siendo sin rival posible la única superpotencia a escala planetaria, los EEUU ya no están en la fase áurea, sino en la edad de plata de su supremacía global. No pueden contarse ya, por así decirlo, en la cima de los escenarios estratégicos del mundo. Teniendo que elegir, han elegido presidir por encima de todo el Pacífico y el Lejano Oriente, y reducir, por otro lado, su presencia en otros lugares; en particular, en el Mediterráneo.

Con los límites mencionados y, además, estando en (relativa pero real) retirada, incluso para un brillante presidente como Obama, ser brillante se hace muy difícil. Sería necesario, por tanto, digámoslo otra vez, retomar el papel de Europa, pero para esto sería necesaria una Unión Europea que no se redujese, como sucede hoy, a ser solamente un club de solteronas.

Traducido por María Borrero

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