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8 DICIEMBRE 2016
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El cambio en Turquía

Michele Brignone | 0 comentarios valoración: 3  77 votos
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La explosión de las manifestaciones de Estambul y la contestación contra el gobierno turco están transformando rápidamente la imagen que el Partito de la Justicia y el Desarrollo (AKP) había logrado dar de sí mismo en los últimos diez años, acreditándose internacionalmente como ejemplo de interlocución equilibrada y eficaz entre Islam y democracia. Por tanto, ¿nos encontramos frente a la degeneración de un modelo potencialmente capaz de producir una “laicidad islámica” o asistimos más bien al aflorar de tendencias autoritarias y proyectos de islamización de la sociedad genéticamente presentes en la formación de Recep Erdogan? Para intentar dar una respuesta hay que tomar en consideración el contexto en el cual surgió el AKP.

Es bien sabido que Turquía representa uno de los casos más emblemáticos de secularización de un país islámico. En efecto, después de la primera guerra mundial, el padre fundador del Estado turco, Mustafa Kemal Atatürk, hizo del desarraigo del Islam uno de los puntos básicos de su proyecto de modernización: abolió las jurisdicciones de la Sharía, desmanteló la enseñanza islámica tradicional y golpeó muy duramente a las hermandades sufíes.

El Islam, sin embargo, siguió representando una presencia significativa, hasta dar vida a experiencias de fuerte compenetración entre religión y vida social, como el movimiento Nurcu (movimiento de la luz), nacido de la reflexión del reformista y teólogo Said Nursi (1877-1960), y la hermandad Naqshbandi.

Desde el punto de vista político, el elemento religioso comenzó a asomarse de nuevo en el escenario turco después de la liberalización política de los años 50 y la apertura al multipartidismo. Los tiempos del renacimiento público del Islam turco estuvieron dominados por Nacmettin Arbakan, el cual entre los años 70 y 90 desempeñó un papel de primer plano en la formación de nada menos que cuatro partidos políticos de inspiración islámica: el Partido del Orden Nacional, el Partido de Salvación nacional, el Partido del Bienestar (Refah) y el Partido de la Virtud. Fue precisamente después de una escisión del Refah que Erdogan dio vida al AKP, logrando tres victorias electorales consecutivas: 2002, 2007, 2011. A diferencia de otras formaciones islámicas, in primis los Hermanos Musulmanes en Egipto, los partidos islámicos turcos prefirieron actuar dentro del sistema político en lugar de contestar directamente la legitimidad del Estado. Además, evitaron algunas reivindicaciones clásicas de los movimientos islamistas, como la aplicación de la Sharía y su recepción en el ordenamiento jurídico del Estado o la edificación Estado islámico.

En realidad, esta prudencia no bastó para asegurar su integración efectiva en el sistema político. Aunque pudieron participar por un cierto tiempo en la vida política turca, al final el Tribunal Constitucional (pilar, junto al ejército, del ordenamiento laico que quiso Atatürk) prohibió todos los partidos fundados por Arbakan, con la motivación de que pretendían introducir la ley islámica, considerada «incompatible con el régimen democrático del Estado». Consciente de esta dificultad, Erdogan transformó ulteriormente la retórica política de su partido, evitando las referencias al Islam e insistiendo más bien en su carácter social y moralmente conservador y económicamente liberal.

Los temas explícitamente islámicos, ausentes del discurso político público, en cambio están presentes en la vida social y económica. En los mismos años en que daba vida a sus formaciones políticas, Arbakan iba organizando una red de pequeños y medios empresarios de origen anatólico que se institucionalizaría en el Müsiad, una asociación de hombres de negocios orgullosos de ser musulmanes, creada en 1990 para hacer la competencia a los empresarios kemalistas y laicistas. El Müsiad, una realidad económica influyente (controla el 12% de la economía truca) y cercana a las posiciones del AKP, expresa en su discurso oficial lo que el estudioso suizo Patrick Haenni definió una «teología de la prosperidad», basada sobre la idea de que la acumulación de riquezas, no sólo se alienta en el Corán, sino que además hay que perseguir este objetivo en una lógica de rivalidad con Occidente.

Al respecto es emblemático lo que escribía el primer presidente del Müsiad, Erol Yarar, en la revista oficial de la asociación: «debemos llegar a ser ricos, tenemos que trabajar todavía más y llegar a ser todavía más ricos para ser más fuertes que los profanos». Probablemente esta ideología de la prosperidad fue una de las claves del éxito electoral de Erdoğan, quien recogió el consenso tanto de quienes no toleran el laicismo agresivo de matriz kemalista como de una clase media deseosa de enriquecerse participando de los beneficios de la liberalización turca.

Con la fuerza de esta inspiración y de las reformas llevadas a cabo en los primeros años después del 2000, los resultados económicos de los gobiernos Erdogan han sido sorprendentes, y han registrado tasas de crecimiento del PIB entre las más altas del mundo: +9,2% en 2010 y +8,5% en 2011, con un déficit y una deuda pública respectivamente del 1% y del 39%. Así, en la retórica del AKP, el leitmotiv del éxito económico ha acabado por convertirse en un estimulante sucedáneo de ese “Estado islámico” que tradicionalmente alimenta el ideal político de otros movimientos islamistas y por cubrir, incluso justificar, los déficits democráticos del régimen.

Las preocupaciones sobre las derivas autoritarias del AKP sin duda se justifican, como demuestran los numerosos informes, de variada proveniencia, que denuncian desde hace años graves violaciones de las libertades fundamentales y, en particular, de la libertad de expresión. Pero la conmixtión entre Islam y búsqueda alocada del éxito económico, que simboliza bien la combinación mezquita-centro comercial prevista para el tristemente célebre proyecto de la Plaza Taksim, indica que las lecturas de una Turquía partida en dos entre fuerzas progresistas y secularizadas (los kemalistas) y fuerzas reaccionarias son totalmente inadecuadas. La idea de que «la laicidad [entendida como laïcité] es un modo civilizado de vida, que acaba con el dogmatismo del medievo y constituye la piedra miliar del racionalismo y de la ciencia», por citar la sentencia con la cual el Tribunal Constitucional turco abolió el Refah, hoy suena totalmente anacrónica. Desde hace al menos un siglo a esta parte, en efecto, en el pensamiento político islámico se traspasan, más o menos conscientemente, dos rasgos distintivos de la modernidad —la mundanización de la fe y el primado de la praxis—, produciendo híbridos ideológicos a veces más amenazadores (el yihadismo), a veces aparentemente más tranquilizadores (la teología de la prosperidad), pero en cualquier caso siempre hijos de la secularización.

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