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9 DICIEMBRE 2016
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Javier Prades: La fe es un don que "necesita" de los hombres

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«El Tú de Dios, y esta es la genialidad del catolicismo, nos llega a través de un “tú” humano». Esto es el porqué de que se pueda aprender la fe de nuestra abuela, como le ha sucedido al Papa Francisco. «Todos tenemos necesidad de un testigo, uno que viviendo en primera persona la fe ha hecho posible para nosotros la adhesión personal al don de Dios». La fe es una luz que no viene de nosotros, sino que ha entrado en la historia de los hombres y se transmite de persona a persona, como una llama, dice la nueva encíclica Lumen fidei. Una “llama” que no quita nada a nuestra libertad de hombres. Habla Javier Prades, teólogo de la Facultad San Dámaso de Madrid.

La nueva encíclica del Papa Francisco explica la fe con la metáfora de la luz. ¿Por qué?

En occidente la metáfora de la luz para indicar el conocimiento de la verdad tiene una larga tradición que nace de Platón y es retomada posteriormente por Aristóteles. Por esto, podemos decir que el hombre que consigue comprender la realidad “ve”, gracias a la “luz” de la razón. Esta tradición se encuentra con la riqueza de la Santa Escritura donde San Juan y San Pablo presentan a Jesús como Aquel que es la luz y viene a traer la luz definitiva al mundo.

“Quien cree, ve; ve con una luz que ilumina todo el recorrido del camino” dice la encíclica, precisamente porque no es una luz humana. Entonces, el que no cree ¿qué ve?

No es exacto decir que la luz de la fe no es humana. Mejor sería decir que es una luz que no viene de nosotros, aunque ciertamente coincide con aquello que más deseamos. Es luz de Dios y como tal no es producto de nuestras propias fuerzas; por esto, el que cree es potenciado y ayudado a comprender la realidad del mundo y de sí mismo hasta su origen último y fundamental, que es Dios mismo. ¿Qué ve el que no cree? Me preguntaba usted. Ve muchas cosas, porque el hombre está dotado de una razón que es luz para ver. Gracias a la ciencia, a la filosofía y a todas las modalidades de conocimiento, los hombres ven muchas cosas. Pero quedan aún dos cuestiones abiertas: como la luz de la razón se ha oscurecido por el pecado, es muy frecuente que los hombres vivan en la confusión o en la apariencia: por otra parte, la razón no consigue conocer todo hasta el fondo, sino que siempre es empujada a un más allá al que no puede llegar sola.

Parece que la fe, como don de Dios, implica dos aspectos: la iniciativa de otro y nuestra respuesta a ella, como adhesión a algo o alguien. ¿Prevalece Dios o nuestra elección?

Si nos fijamos bien, la alternativa contenida en su pregunta es extraña a la experiencia cristiana. Es el fruto de un separación de fe y razón que se ha consumado en occidente en lo últimos siglos, por la cuál, son concebidas extrañas la una a la otra. La fe viene siempre de otro: la iniciativa es Dios, pero también nuestra respuesta es posible por este don, por su presencia en nosotros, que suscita nuestra respuesta.

¿Nos podría explicar mejor este punto?

No es una proporción inversa –más don, menos libertad-, sino una proporción directa: la sobreabundancia de don hace posible y más fácil la respuesta libre. Se podría documentar por analogía también en el plano de la experiencia elemental del hombre: cuanto más intenso es el amor, inesperado, conmovedor, más somos capaces de procurarle una respuesta. ¡Su iniciativa nos precede siempre y hace posible la nuestra! No por casualidad la encíclica pone al lado la fe tanto a la verdad como al amor.

En la encíclica, aparece 23 veces la palabra “corazón”. ¿Qué significado tiene este término a propósito de la fe?

La encíclica es precisa en el usar el término “corazón” en sentido bíblico, que no tiene nada que ver con una reducción sentimental del corazón como normalmente se suele hacer en la literatura o en el sentido coloquial del término. Corazón es el yo humano en su totalidad y en la unidad de todos sus dinamismos afectivos, volitivos y cognitivos. El corazón es la verdadera sede del don de Dios, que toca la profundidad del hombre interesando a toda su persona.

En la introducción se lee que la cultura contemporánea ha relegado la fe a la “oscuridad”, contraria a la fe de la razón. “Nuestra cultura ha perdido la percepción de esta presencia concreta de dios, de su acción en el mundo”. ¿Existe un camino para redescubrir la fe hoy?

Sí. Ya que la fe es un don, el camino para redescubrirla es adentrarse en un encuentro gratuito con una Persona, en un acontecimiento. La fe no es producto de factores antecedentes sino don de Dios en el sentido “puro”: el hombre no puede, por decirlo así, construir una escalera que poco a poco lo lleve hasta la posesión del Dios vivo y verdadero. Hasta que Cristo no se dona, haciéndose presencia humana para el hombre en la comunidad cristiana, no hay camino alternativo que haga posible la fe cristiana.

Pero existe una disposición del hombre a la verdad.

En el hombre hay un conjunto de exigencias y de evidencias que hacen más fácil reconocer y acoger el don en su verdadera envergadura.  Si hay un camino a la fe, es el de adentrarse en el encuentro con Jesús con la sencillez del Evangelio, con un corazón de niño.

En la Vigilia de Pentecostés (18 de mayo) al que le preguntaba cómo había podido alcanzar en su vida “la certeza de la fe”, Francisco le respondió “fue sobretodo mi abuela (…) que marcó mi camino de fe”. Hay otros que también la han recibido de esta manera y luego la han perdido.

Al ser algo que viene de fuera de mí, la fe está intrínsecamente ligada a una relación, porque es en una relación donde se da el don entre personas. El Tú de Dios –y esta es la genialidad del catolicismo- nos llega a través de los “tú” humanos. El ejemplo del Papa es claro porque demuestra que todos necesitamos un testigo, uno que viviendo en primera persona la fe ha hecho posible para nosotros la adhesión personal al don de Dios. Este entramado de relaciones que constituyen el mundo de la vida es el cauce por el que llegan tantos bienes, tantos conocimientos, tantos beneficios para nuestra vida, y Dios se ha querido plegar a este método para comunicarse, a través de testigos. Con el gran escándalo de muchos; y, sin embargo, es el método que ha elegido Dios.

¿Por qué María es “el icono perfecto de la fe”?

Porque en María se realizan en plenitud todas las dimensiones de la fe. Por ejemplo, la dimensión histórica: es hija de Sión, es decir, se introduce en la tradición de “los justos de Israel”, aquellos que esperan el cumplimiento de la promesa de Dios; o la dimensión existencial, porque ella ha acogido el don del Altísimo en la plenitud de su humanidad, como ningún otro puede hacer. Ha sido gasta tal punto agraciada por el don divino, que en ella la libertad como adhesión ha sido pura.

¿Qué quiere decir?

Que en ella don y libertad se cumplen recíprocamente. Es aquí donde se ve la superación de es contraposición de la que hablábamos antes. La Virgen es quien ha recibido el mayor de los dones, superior a cualquier otro, el Don más alto que se pueda recibir. Por esto, es quien ha sido capaz de dar la respuesta más personal que se pueda imaginar en el mundo y la más integralmente humana a Dios.

¿Dónde está la novedad de esta primera encíclica del Papa Francisco?

Es una bellísima síntesis sobre la fe, que da valor a cuanto se ha propuesto en los documentos del Concilio y en las encíclicas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Ahora, por primera vez, tenemos una enseñanza sistemática del magisterio sobre la fe. En segundo lugar, está clara la elección por privilegiar la dimensión de acceso a la verdad propia de la fe, frente a lo que a veces se subraya sobre la oscuridad de la fe o el no ver. En la encíclica, la fe es sobretodo un ver, es ella misma un luz que ilumina la razón haciendo posible conocer la realidad. Esto tiene, en tercer lugar, un desarrollo sacramental y eclesial, con las consecuencias decisivas para la vida personal y social, pero este es un tema que requeriría más profundidad.

Traducción: María Borrero

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