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8 DICIEMBRE 2016
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Torcer las urnas

P. D. | 0 comentarios valoración: 3  874 votos
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España está inmersa en la tormenta política perfecta a cuentas del caso Bárcenas. El que fue tesorero del PP ha conseguido su objetivo: vengarse del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, por no haberle evitado la cárcel. Bárcenas esperaba conseguir la impunidad jurídica respecto a los cerca de 50 millones de euros que llegó a tener acumulados en Suiza, de forma irregular. Como no la ha conseguido ha provocado una crisis en uno de los gobiernos que podría haber sido más estables de la reciente democracia española.

La publicación de los “papeles”, reales o fabricados por el tesorero, en los que se recoge financiación irregular del PP y sobresueldos ha provocado que algunos empiecen ya ha hablar, en serio, de la necesidad de cambiar de presidente en el Ejecutivo.

Al afán de venganza del tesorero se han unido dos elementos más para provocar la gran turbulencia. Pedro J. Ramírez, director del El Mundo, se ha convertido en un altavoz de la intención de Bárcenas. No solo publica sus papeles, también los dosifica, los interpreta y los magnifica. Ramírez, buen conocedor de la revolución francesa, cree que su “sagrado deber democrático” es que la “verdad” se conozca. En realidad esa verdad está difundida de un modo que facilita la crisis política. Ya hubo otra época en la que intentó que Rajoy perdiera la presidencia del PP. Estamos ante un caso parecido al que se produjo en los años 90 con “manos limpias” en Italia. Esta vez no hay jueces “puros” que destruyen un sistema, hay periodistas mesiánicos.

Y el tercer elemento es el propio Rajoy. Que ha gestionado con torpeza el caso, negándose a dar explicaciones. Lo ha hecho pocas veces y de forma nada convincente. Según las encuestas la mayoría de los españoles está convencida de que hubo financiación ilegal y sobresueldos. Es muy probable que hubiera las dos cosas. Pero hubiera sido menos nocivo reconocer el error, en el caso de que efectivamente se haya producido, que no hablar.

La financiación irregular y los sobresueldos de los políticos, con incumplimientos fiscales serios, son un problema. Pero, y esto escandaliza a muchos, es un problema que se ha sobrevalorado en nombre de una pureza institucional que se utiliza como arma ideológica en un momento en el que la gente está muy descontenta. Es poco edificante que en la borrachera del boom inmobiliario se financiara a los partidos de forma irregular o que los políticos cobraran complementos salariales en negro. Pero mucho más grave es alimentar un mensaje cínico de desprestigio de la política para provocar cambios en un Gobierno.

El principio fundamental para valorar una democracia y a sus líderes es su capacidad de generar un bien real para el pueblo. Eso no significa que todos los medios sean lícitos. No se trata de relativizar ninguna exigencia ética. Sólo constatar que quizás el mayor mal que ha destapado el caso Bárcenas, del que hablan pocos, es la partitocracia. Los partidos españoles han adquirido una inercia que los aleja de la gente y por eso acaban criando manzanas muy podridas.

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